Purim bajo tierra: cómo los israelíes celebraron en refugios ante la amenaza iraní
Entre disfraces y sirenas, la tradición de alegría se adapta a tiempos de guerra
Tel Aviv — En un aparcamiento subterráneo que funciona también como refugio antiaéreo, familias ataviadas con disfraces de colores —conejitos, piratas, trajes brillantes y plumas— se reunieron para celebrar Purim. Lo hicieron con la misma alegría decidida de siempre, pero ahora acompañada por la tensión de las alarmas, la proximidad de las zonas seguras y la realidad de un conflicto que vuelve a enfrentar a Israel con líderes contemporáneos de Irán.
La festividad que se rehace
Purim es una de esas fiestas judías que combina ritos religiosos, carnavalesco desenfreno y memoria histórica. La narrativa esencial procede del Libro de Ester: Haman, consejero del rey Asuero (Ahashverosh), trama la aniquilación de los judíos en Susa; la reina Ester y su primo Mardoqueo frustran ese plan y la comunidad se salva. El triunfo se celebra con lectura pública del texto (la meguilá), obsequios a amigos, caridad a los necesitados y banquetes festivos. (Para un repaso histórico y cultural del origen de Purim, ver Britannica: Purim.)
Este año, sin embargo, la forma del festejo se vio alterada por la escalada bélica: en lugar de plazas y calles abiertas, los actos se trasladaron a espacios protegidos. Con un público que entró y salió en función de la posibilidad de tener que ponerse a resguardo, las celebraciones se ajustaron a la lógica de la nación en estado de alerta.
Elegir la alegría como acto de resistencia
“Se trata de elegir la felicidad, de decidir estar alegres sin importar lo demás”, describió una vecina de Tel Aviv que montó una tienda junto a su pareja y su bebé en el garaje-refugio. El acto de vestirse y salir, aún en circunstancias adversas, funciona como reafirmación comunitaria: la fiesta no se suspende, se transforma. La meguilá se leyó con el ruido característico del público que abuchea el nombre de Haman, e incluso el llanto de sirenas fue producto de una cotidianeidad a la que muchos se han adaptado.
Esta modalidad no es nueva en la historia de festividades en territorios en conflicto. Festividades colectivas que persisten en medio de la guerra cumplen una doble función: conservación identitaria y gestión emocional. Celebrar en refugios es un intento de mantener ritmos comunitarios frente a la incertidumbre y el miedo. En palabras de una participante: “Se siente bíblico en proporciones, lo que está pasando, y hacemos lo poco que podemos: mantener la calma, quedarnos alegres”.
Rituales adaptados: lectura, disfraces y música bajo fluorescentes
La meguilá, central en Purim, se adaptó a la geografía del refugio. Tras la lectura vino música en vivo y baile: cientos de personas se movieron entre colchonetas, carpas y bolsas con provisiones, mientras se cuidaba el acceso rápido a la salida en caso de alarma. Niños con disfraces corrían y comían las tradicionales orejas de Hamán (triángulos de masa rellena), y adultos compartían los recipientes con comida y bebida con los que suelen acompañarse las festividades.
La experiencia vivida en Tel Aviv muestra cómo rituales que combinan solemnidad y jolgorio se reajustan para preservar la esencia del día: la conmemoración de la salvación comunitaria y la afirmación de vida ante la amenaza. Celebrar en condiciones difíciles no es mera obstinación; es un acto profundamente simbólico.
El fenómeno social: convivir con la vulnerabilidad
Vivir celebraciones en refugios revela otras capas de la vida social en tiempos de conflicto. Familias que instalan tiendas por días, trabajadores que transforman gimnasios o estacionamientos en espacios comunitarios, y mascotas que se adaptan a dormir en colchonetas muestran la capacidad de resiliencia colectiva. La logística de mantener un evento seguro —acceso a rutas de evacuación, señales audibles, equipos médicos y provisiones— forma parte ahora del tejido comunitario.
Psicólogos sociales han señalado que las celebraciones colectivas ayudan a amortiguar el estrés y el trauma compartido: rituales, canciones y el simple hecho de reunirse generan sensación de control y pertenencia. En contextos donde la amenaza externa es impredecible, la rutina ritual ayuda a contener la ansiedad y a reforzar redes de apoyo informal.
Memoria histórica, actualidad y simbolismo
Purim recuerda un intento de exterminio antiguo y la salvación posterior; celebrarlo mientras suena la amenaza contemporánea lleva implícito un eco simbólico: la historia vuelve a ser relevante. Como explica la tradición, la fiesta remarca que los destinos colectivos pueden cambiar por la intervención humana y el coraje de algunos. Esa narrativa es poderosa cuando la comunidad siente que su continuidad está en juego.
La conexión entre la història bíblica y la actualidad no debe simplificarse: los paralelismos simbólicos sirven para sostener la moral, pero la geopolítica contemporánea es compleja y distinta. Aun así, el gesto de celebrar Purim en refugios actúa como un recordatorio de que la identidad, los ritos y la memoria se convierten en recursos para enfrentar lo incierto.
El valor social de la festividad en tiempos de guerra
- Continuidad cultural: Mantener la tradición transmite la sensación de que la vida colectiva persiste más allá de la violencia.
- Soporte emocional: Reunirse y festejar refuerza la resiliencia y amortigua el impacto psicológico del estrés prolongado.
- Redes prácticas: Eventos organizados en refugios suelen coordinar ayuda mutua, atención básica y distribución de recursos.
Estas funciones muestran por qué comunidades en conflicto frecuentemente priorizan el mantenimiento de festividades: la simbología es parte de la respuesta social a la crisis.
Refugios que se convierten en plazas públicas
En la práctica, transformar un espacio diseñado para protección en un lugar de encuentro implica desafíos: ventilación, higiene, privacidad y seguridad estructural deben considerarse. Pero también abre oportunidades logísticas para que organizaciones comunitarias, centros religiosos y autoridades locales colaboren. La coordinación entre voluntarios y organismos sociales facilita que eventos como Purim sean sostenibles aún en condiciones reducidas.
El resultado es una escena inusual: música, comida y baile bajo la iluminación fría de fluorescentes en un subsuelo. Lo que antes era la calle, el salón comunitario o la sinagoga, se reubica temporalmente donde la protección es posible. Eso genera imágenes poderosas: la vida que persiste en los intersticios del peligro.
Reflexiones finales
Celebrar Purim en refugios es más que adaptar una tradición: es evidenciar la manera en que las comunidades recrean normalidad ante la adversidad. La fiesta no pierde su esencia; simplemente se reubica. En ese desplazamiento se revela la determinación colectiva de sostener la memoria, la alegría y la solidaridad. En tiempos de alarma constante, ponerse el disfraz, cantar y compartir comida se transforma en un gesto de resistencia simbólica que reafirma la continuidad comunitaria.
Para quienes participaron —padres que buscan proteger la niñez, jóvenes que desean mantener los festejos y ancianos que reclaman la preservación de las costumbres— Purim bajo tierra simboliza que la tradición puede ser, a la vez, refugio físico y refugio emocional.
