Guerra de desinformación: cómo los vídeos generados por IA pervierten la percepción del conflicto en Oriente Medio

Cuando la tecnología crea imágenes de guerra, la verdad queda en riesgo: tácticas estatales, campañas alineadas y la pérdida de voces locales agravan una crisis informativa

La reciente oleada de vídeos que muestran edificios incendiados, misiles impactando ciudades y columnas de humo en países del Golfo ha puesto de manifiesto una realidad inquietante: no todo lo que circula en redes durante un conflicto bélico es real. Tras los ataques entre Estados Unidos, Israel e Irán, apareció un clip que mostraba a una multitud observando escombros y fuego en lo alto de un rascacielos supuestamente en Baréin. El material fue amplificado por cuentas vinculadas al gobierno iraní, pero los expertos que lo analizaron identificaron artefactos propios de la generación sintética: coches aparentemente fundidos entre sí, movimientos humanos que atraviesan objetos y otros errores de continuidad.

Por qué importa que estos vídeos sean falsos

En tiempos de guerra, las imágenes son moneda de legitimidad. Un vídeo convincente puede vender la narrativa de que un bando domina el terreno, que las bajas son elevadas o que la derrota del adversario es inminente. Cuando esas imágenes son fabricadas mediante inteligencia artificial (IA) o reutilizan material histórico fuera de contexto, el efecto es una distorsión deliberada de la percepción pública. La información deja de ser un espejo de la realidad para convertirse en un arma psicológica.

Melanie Smith, directora sénior de política e investigación en operaciones de información en el Institute for Strategic Dialogue, lo describe así: “El contenido que viene de actores estatales suele estar mejor dirigido. Tienen una estructura narrativa muy clara y los vídeos se utilizan para apoyar una afirmación sobre el conflicto y la situación geopolítica en general.” Esta estrategia no solo busca convencer; busca moldear comportamientos y sentimientos en audiencias locales y lejanas.

Tres mecanismos que facilitan la difusión de falsedades

  1. Producción con IA cada vez más accesible: Hoy existen herramientas que generan secuencias visuales y de audio con realismo creciente. Eso reduce la barrera técnica para fabricar escenas de ataques o catástrofes.
  2. Amplificación por cuentas estatales y redes alineadas: Los estados y actores geopolíticos utilizan canales oficiales y no oficiales para lanzar narrativas; cuando servicios automatizados y redes de cuentas replican estos mensajes, la percepción de veracidad aumenta.
  3. Censura y apagones informativos en el terreno: En países donde internet ha sido cortado o fuertemente regulado, como ha ocurrido en distintas fases del conflicto iraní, desaparece la posibilidad de que testimonios locales y verificación ciudadana contrarresten el material fabricado.

La escala del problema: ejemplos y operaciones identificadas

No es un fenómeno nuevo, pero su intensidad y sofisticación han crecido. Grupos alineados con Rusia, por ejemplo, han perpetrado operaciones de influencia—conocidas por nombres como Operation Overload o Matryoshka—que se han dedicado a suplantar a agencias de inteligencia o medios y a difundir alertas falsas con el fin de sembrar pánico o confusión. El Atlantic Council y su Digital Forensic Research Lab han documentado campañas de ese tipo, que apuntan a subvertir la confianza pública en fuentes creíbles y en la seguridad cotidiana.

Además, actores pro-Irán han promovido narrativas que magnifican destrucción y víctimas, apoyándose en medios estatales y redes sociales para multiplicar ese mensaje. Cuando se combina la capacidad técnica de producir imágenes falsas con una maquinaria de amplificación organizada, el resultado es un torrente de desinformación difícil de contener.

Consecuencias prácticas: más allá de la confusión informativa

La desinformación en conflicto no solo distorsiona la verdad; tiene efectos concretos en la política, la economía y la seguridad:

  • Movilización de opiniones públicas y presiones sobre gobiernos para escalar o negociar.
  • Impacto en los mercados: la incertidumbre sobre la estabilidad regional puede disparar precios de commodities —petróleo, flete marítimo— y alterar cadenas de suministro.
  • Pánico social: avisos falsos o vídeos sensacionalistas pueden provocar evacuaciones, colas en estaciones de servicio o demandas de protección.

En el frente económico, por ejemplo, vimos cómo la escalada de combates en el Golfo llevó a una subida abrupta del precio del petróleo: en momentos de alta tensión, los mercados reaccionan a la percepción de riesgo y a la posibilidad de interrupciones en el estrecho de Ormuz, una vía clave para el transporte del crudo mundial.

¿Qué están haciendo las plataformas y por qué no es suficiente?

Frente al auge de contenidos sintéticos, algunas plataformas han comenzado a tomar medidas. X (antes Twitter) anunció sanciones económicas para cuentas que publiquen contenido generado por IA sobre combates sin la divulgación adecuada: suspensiones temporales de programas de monetización y, ante reincidencias, expulsión permanente. Es una señal de que las empresas reconocen su responsabilidad, pero hay limitaciones prácticas.

Emerson Brooking, de Atlantic Council, advierte que las plataformas se han convertido en frentes más del conflicto: “Hay actores en todos los bandos que intentan difundir propaganda y desinformación para convencerte de cosas que no son verdad. Tus ojos y tu atención son un activo.” La moderación automatizada choca con el volumen inmenso de publicaciones y con la sofisticación de las falsificaciones, que muchas veces eluden los filtros iniciales.

Herramientas y prácticas para identificar vídeos sospechosos

Como usuarios, hay criterios sencillos pero efectivos para sospechar de un vídeo:

  • Errores físicos o de continuidad (personas que atraviesan objetos, sombras incoherentes, elementos duplicados).
  • Metadatos ausentes o desplazados: archivos sin información de cámara, fecha o ubicación clara.
  • Desfase entre audio y vídeo, o voces que parecen generadas artificialmente.
  • Proveniencia dudosa: cuentas nuevas que de repente publican material explosivo y que son amplificadas por redes de cuentas similares.

Herramientas de verificación digital como la búsqueda inversa de imágenes, el análisis de fotogramas en motores especializados y la revisión de cuentas que primero compartieron el material son pasos básicos. Organizaciones de verificación y laboratorios forenses digitales ofrecen guías prácticas para periodistas y ciudadanos.

Lecciones de conflictos previos

La experiencia reciente demuestra que la sociedad pierde cuando la voz local desaparece. En la guerra de Ucrania, la abundancia de testimonios y documentación ciudadana permitió contrapesar muchas falsedades y alineó, en gran medida, la narrativa pública internacional con la experiencia de la población afectada. En el caso iraní, los cortes de internet y la censura han limitado ese contrapunto, permitiendo que narrativas estatales o de redes alineadas definan la percepción exterior.

Todd Helmus, científico sénior en RAND, subraya la diferencia: en Ucrania, “el mensaje fue tan contundente que cambió la dinámica del conflicto” al permitir que la comunidad internacional viera la resiliencia y la escala del sufrimiento. Donde esa voz falta, la arena informativa se vuelve un campo de batalla dominado por actores con capacidad técnica y recursos para producir y diseminar contenido fabricado.

Qué pueden hacer los gobiernos, las plataformas y los ciudadanos

Las respuestas deben ser multilaterales:

  • Gobiernos: apoyar infraestructuras de verificación independientes, promover transparencia en redes sociales y proteger el acceso a internet en zonas de conflicto para que existan voces locales.
  • Plataformas: mejorar la detección técnica de deepfakes y exigir divulgaciones claras cuando se usa IA en contenidos relacionados con conflictos armados; además, colaborar con verificadores y académicos.
  • Ciudadanos: aplicar una rutina crítica antes de compartir —verificar fuente, buscar confirmación en medios confiables, desconfiar de material que apela exclusivamente a emociones— y apoyar organizaciones de fact-checking.

La batalla por la verdad en la era de la IA no se gana solo con algoritmos: se gana con cultura informativa, inversión en verificación y voluntad política para garantizar que las voces locales no sean silenciadas por apagones o por una avalancha de contenido sintético.

En última instancia, reconocer que las imágenes pueden ser fabricadas es el primer paso para recuperar el control sobre la narrativa. Cuando la tecnología crea guerras que no ocurrieron en video, la responsabilidad de discernir recae en todos: plataformas, instituciones y, sobre todo, en la audiencia crítica que decide qué creer y qué compartir.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press