Entre la retórica y el beneficio: cómo la guerra en Irán redesena alianzas y calcula ganancias geopolíticas

Análisis de la reacción rusa, el impacto regional y las consecuencias estratégicas para Medio Oriente y la guerra en Ucrania

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Palabra clave: Analysis

La escena: bombardeos, reproches y cálculo estratégico

Mientras misiles y bombas de Estados Unidos e Israel caen sobre objetivos en Irán, Moscú ha respondido con condenas verbales pero sin desplegar una acción militar visible que respalde a su ahora aliado estratégico. Esa distancia práctica —más retórica que ayuda tangible— refleja una decisión deliberada del Kremlin: mantener la prioridad en Ucrania, al tiempo que sacar provecho de la convulsión en el Golfo Pérsico.

El presidente ruso Vladímir Putin declaró condolencias al presidente iraní Masoud Pezeshkian y calificó el asesinato del líder supremo iraní Ayatolá Ali Jamenei como una “violación cínica de todas las normas de la moral humana y del derecho internacional”. No obstante, la respuesta rusa se ha concentrado en la diplomacia y en el aprovechamiento económico y estratégico de la crisis regional.

El doble juego ruso: condena pública y cálculo pragmático

En las primeras horas tras el inicio de las hostilidades, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia describió los ataques estadounidenses y israelíes sobre Irán como “un acto deliberado, premeditado e injustificado de agresión armada contra un Estado soberano”, invocando el derecho internacional. Sin embargo, la condena oficial no se tradujo en un respaldo militar directo. En vez de ello, Moscú emprendió una diplomacia intensiva con países del Golfo, buscando consolidar lazos comerciales y energéticos esenciales para la economía rusa y su capacidad de eludir sanciones occidentales.

Ese enfoque revela una lógica geopolítica: Rusia no desea abrir un frente adicional ni arriesgar la escalada que la llevaría a un enfrentamiento abierto con potencias occidentales. Al mismo tiempo, la disrupción del tráfico petrolero por el Estrecho de Ormuz y los daños a infraestructuras energéticas en países del Golfo han impulsado ya al alza los precios de la energía, beneficiando las arcas rusas. Un conflicto prolongado podría suponer un ingreso energético persistente y permitir a Moscú financiar su esfuerzo militar en Ucrania y compensar déficits presupuestarios.

Beneficios materiales y estratégicos

El impacto económico se deja notar de inmediato: frente a tensiones en el Golfo, el precio del barril suele subir por riesgos en el suministro. Históricamente, las crisis en la región han llevado a incrementos sustanciales en los precios del crudo; por ejemplo, la Guerra del Golfo (1990–1991) y la invasión de Irak en 2003 generaron picos en los precios. Si la confrontación con Irán se prolonga, Rusia —miembro clave del grupo OPEC+ junto con Arabia Saudita y otros productores— puede aprovechar para coordinar políticas de producción que beneficien sus exportaciones de petróleo y gas.

Además, la crisis distrae la atención internacional de Ucrania. Desde la óptica del Kremlin, un conflicto que absorba recursos de defensa occidentales —como interceptores Patriot o sistemas similares— reduce la capacidad y disposición de la OTAN para sostener a Kiev con material avanzado y municiones. En palabras atribuidas a analistas cercanos al tema, “cuantos más Patriots se usan en el Golfo, menos habrá disponibles para otros teatros, y más cautelosos se volverán los aliados al vender o transferir sistemas a Ucrania”.

Una alianza de conveniencia y sus límites

En enero de 2025, Rusia e Irán firmaron un tratado de “asociación estratégica integral”, pero esa alianza no borra décadas de ambivalencia. Durante la Guerra Fría, el shah de Irán fue aliado de Estados Unidos y el régimen revolucionario de 1979 veían tanto al “Gran Satán” (EE. UU.) como al “Satán Menor” (la Unión Soviética), según el discurso del propio ayatolá Jomeini. Tras la desintegración de la URSS en 1991, Moscú y Teherán estrecharon lazos: Rusia colaboró en proyectos civiles (como la central nuclear de Bushehr) y, más tarde, suministró asistencia militar y tecnológica.

Pero la cooperación siempre tuvo un trasfondo competitivo. Analistas califican la relación como la de “amigos pragmáticos” o “frenemies estratégicos”: aliados frente a la influencia occidental, pero rivales por el liderazgo regional. Esa ambivalencia se hizo visible cuando Rusia mantuvo una relación relativamente amistosa con Israel, lo que generó recelos en Teherán.

Lo que Moscú hace —y no hace— sobre el terreno

En lo estrictamente militar, Moscú ha evitado enviar tropas o armas de forma abierta para participar en un conflicto directo con Estados Unidos e Israel por Irán. A pesar de eso, existen informes de inteligencia que señalan la entrega de información útil de Rusia a Irán, información que podría facilitar ataques contra activos militares estadounidenses en la región. Funcionarios citados en informes de inteligencia indican que, si bien Moscú no estaría dictando a Teherán qué hacer con esa información, sí habría compartido datos útiles. El Kremlin, por su parte, ha declarado que mantiene un “diálogo” con las autoridades iraníes y no ha confirmado solicitudes de asistencia militar por parte de Teherán.

Las implicaciones para el equilibrio regional

El conflicto tiene ramificaciones múltiples y entrelazadas:

  • Impacto en la seguridad regional: la escalada puede motivar a estados como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otros a revaluar alianzas y compras de defensa. Rusia, que busca ampliar su presencia política y militar en la región, podría convertirse en un interlocutor más frecuente si la confianza en Occidente se resiente.
  • Flujos energéticos y sustitución de mercados: China y otros compradores clave podrían aumentar importaciones de petróleo ruso; si Irán ve comprometida su capacidad exportadora, mercados como Turquía y China pueden reordenar sus fuentes de abastecimiento. Tras la presión estadounidense sobre India para frenar compras de crudo ruso, hubo casos en que Washington autorizó exenciones temporales para facilitar ciertas transacciones, lo que evidencia la complejidad del mercado energético mundial y la competencia entre actores.
  • Repercusiones en la política interna rusa: según observadores, las pérdidas de aliados en el extranjero no parecen erosionar significativamente la autoridad de Putin dentro de Rusia. Analistas señalan que la percepción internacional de su influencia y su legitimidad exterior no se traduce automáticamente en pérdidas internas de poder.

Violencia en la ocupada Cisjordania: otra cara de la inestabilidad regional

En paralelo, la violencia en territorios palestinos ocupados por Israel se ha intensificado. Recientes incidentes en Cisjordania, como el asesinato de un palestino por un reservista israelí en los montes al sur de Hebrón (Masafer Yatta), muestran cómo la guerra en el Golfo y el conflicto contra Irán alimentan tensiones locales. Grupos de derechos humanos denuncian que las autoridades israelíes rara vez procesan a colonos implicados en violencia contra palestinos, lo que alimenta un clima de impunidad.

La Autoridad Palestina ha acusado a Israel de “explotar la atmósfera de guerra” y la atención internacional dispersa para intensificar la intimidación, violencia y desplazamientos forzosos en la Cisjordania ocupada. Estas dinámicas generan un círculo vicioso: un conflicto regional mayor distrae a la comunidad internacional y reduce la presión por proteger derechos humanos y procesos políticos locales.

Historia rápida para entender el contexto

Algunos hitos relevantes que aclaran por qué los vientos geopolíticos soplan como lo hacen:

  1. 1979: la Revolución iraní transformó las relaciones de Teherán con superpotencias y definió décadas de antagonismo con Estados Unidos y fluctuante relación con la URSS (fuente: Britannica).
  2. 1991: disolución de la Unión Soviética; Rusia e Irán comienzan a acercar posiciones en nuevas formas de cooperación (fuente: Britannica).
  3. 2011–2024: Siria se convierte en un terreno de cooperación militar entre Moscú y Teherán, con despliegue de fuerzas y apoyo logístico que fortalecieron temporalmente a Bashar al-Assad hasta su caída en 2024.
  4. 2022: la invasión rusa a Ucrania modifica radicalmente la agenda de seguridad de Moscú y lo obliga a priorizar recursos militares y diplomáticos hacia Europa oriental.

Voces expertas: pragmatismo y cálculo

Analistas de la región y estudios sobre política rusa subrayan el pragmatismo de Moscú:

  • Mark Galeotti, investigador especializado en política rusa y director de la consultora Mayak Intelligence, observa que Rusia ha sido “un operador eficaz en Medio Oriente” y que el conflicto puede redirigir a varios actores regionales hacia Moscú como interlocutor más fiable en tiempos de crisis.
  • El analista militar ruso Sergei Poletaev señaló que “un conflicto prolongado no solo distraería la atención de Ucrania, sino que también redirigiría recursos cruciales, como sistemas de defensa antimisiles, hacia el Golfo Pérsico”.
  • Sam Greene, profesor del King’s College de Londres, ha puesto en duda la idea de que Putin pierde autoridad por la reacción o la pérdida de aliados externos, observando que no hay evidencia clara de que tales eventos debiliten su posición interna o su legitimidad internacional.

Riesgos de la estrategia rusa

Aunque la táctica de evitar una escalada directa y, simultáneamente, beneficiarse de la crisis energética tiene réditos, entraña también riesgos no desdeñables:

  • Escalada impredecible: si Irán, sintiéndose abandonado, decide ampliar su respuesta o si terceros actores (como milicias aliadas de Teherán en la región) intensifican ataques, la situación podría evolver de manera incontrolable.
  • Reputacional: la postura de ambivalencia puede forjar desconfianza entre aliados que esperan solidaridad más clara en momentos de crisis.
  • Dependencia energética: confiar en la bonanza temporal de precios para sostener finanzas estatales deja a la economía rusa vulnerable a cambios bruscos en la demanda global o en la dinámica de producción de la OPEP+.

Escenarios a corto y medio plazo

Se pueden dibujar varios escenarios plausibles:

  1. Contención diplomática y beneficios energéticos: Rusia mantiene una postura de condena verbal sin intervención directa, intensifica la diplomacia con países del Golfo y maximiza ingresos por exportaciones energéticas.
  2. Cooperación encubierta sin escalada abierta: Moscú proporciona inteligencia o apoyo logístico limitado a Irán, evitando actos que supongan una implicación militar directa y manteniendo su relación con Israel lo más intacta posible.
  3. Escalada regional descontrolada: la dinámica de represalias y contrarreprensas lleva a un conflicto más amplio, poniendo en riesgo intereses rusos y obligando a Moscú a elegir entre intervenir o perder influencia.

Qué aprenden los actores internacionales

La crisis reafirma principios básicos de la realpolitik contemporánea: los Estados priorizan intereses nacionales y capacidad de supervivencia por encima de alianzas emocionales. Para Rusia, eso se traduce en dos prioridades consistentes: consolidar recursos para el teatro ucraniano y explotar las oportunidades económicas y diplomáticas que surgen cuando el orden internacional se resquebraja.

Para Occidente y aliados en la región, la lección es doble: por un lado, la fragilidad de las cadenas de suministro energético y la dependencia de sistemas de defensa avanzados aparecen como vulnerabilidades; por otro, la necesidad de estrategias diplomáticas que mitiguen la fragmentación del escenario internacional sin desatender crisis locales como la violencia en Cisjordania.

Reflexión final: la geopolítica como suma de incentivos

La guerra en Irán —y la reacción medida de Rusia— nos recuerda que la política exterior contemporánea es, en gran medida, una suma de incentivos y cálculos. Donde hay costos elevados para la intervención directa, los Estados optan por maximizar beneficios indirectos: ingresos energéticos, reconfiguración de alianzas comerciales y desgaste del adversario a través de distracciones. La consecuencia es un tablero internacional más fragmentado, donde la retórica solemne convive con maniobras pragmáticas destinadas a convertir el caos en réditos estratégicos.

Mientras tanto, en el terreno humano, la violencia continúa: civiles afectados, infraestructuras dañadas y comunidades —desde el Golfo hasta Cisjordania— que sufren las consecuencias de decisiones tomadas en despachos lejanos. Comprender cómo y por qué actores como Rusia actúan como lo hacen no solo ayuda a leer las piezas geopolíticas, sino a anticipar los desafíos que afrontará la diplomacia en los meses venideros.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press