El rugido que no fue: por qué la economía de 2026 arrancó con dudas y qué significa para los estadounidenses

Desempleo, alza en la gasolina y mercados nerviosos ponen a prueba las promesas de crecimiento del Gobierno

Estados Unidos inició 2026 con expectativas de crecimiento robusto que, hasta ahora, no se han cumplido. El presidente aseguró en su discurso del Estado de la Unión que la economía “rugía como nunca antes”, pero los primeros datos del año pintaron un cuadro distinto: pérdidas netas de empleo, subidas importantes en el precio de la gasolina y una bolsa más volátil, todo ello en un contexto geopolítico que añade presión sobre los costos de la energía.

Un mercado laboral que deja dudas

La narrativa oficial destacó, a inicios de año, la creación de empleos y la supuesta bonanza laboral. Sin embargo, las cifras más recientes muestran que esa historia no es homogénea. El informe de empleo de febrero de 2026 arrojó una pérdida neta de 92,000 puestos de trabajo, y las revisiones de meses previos cambiaron los números a la baja —diciembre pasó a mostrar una pérdida de 17,000 empleos—, lo que invita a relativizar el optimismo inicial. Estos datos provienen del Bureau of Labor Statistics, la fuente oficial en Estados Unidos para estadísticas laborales.

Si se excluye el sector salud, la economía habría perdido en torno a 202,000 empleos desde que comenzó la presidencia en enero de 2025, según los cálculos que circulan en análisis económicos recientes. Esa concentración del empleo en pocas industrias puede camuflar debilidades subyacentes del mercado laboral: la creación de puestos puntuales no siempre implica un mercado salarial saludable o empleos estables y bien remunerados.

Además, la tasa de desempleo entre personas nacidas en Estados Unidos subió del 4.4% al 4.7% en los últimos doce meses, lo que contrasta con un discurso centrado en que las políticas migratorias beneficiarían primordialmente a los trabajadores nativos. El dato sugiere que, al menos por ahora, una parte de la población nacida en el país está encontrando más dificultades para incorporarse o permanecer en empleos estables.

La inflación energética y la gasolina que golpea al consumidor

Una de las promesas reiteradas del Gobierno fue que la reducción de los costos energéticos sería clave para combatir la inflación. No obstante, los ataques en Medio Oriente y, en particular, la escalada relacionada con acciones militares contra objetivos iraníes a finales de febrero encendieron las alarmas sobre oferta y precios del crudo.

En apenas un mes el precio medio de la gasolina subió alrededor de un 19% hasta situarse en aproximadamente $3.45 por galón a escala nacional, según el indicador de la American Automobile Association (AAA). El incremento explica por qué algunos analistas, como los de Goldman Sachs, advirtieron que una persistencia de precios energéticos más elevados podría empujar la inflación del índice de gastos de consumo personal (PCE) desde el 2.4% observado en enero hacia cerca del 3% a final de 2026 (Goldman Sachs).

Las autoridades energéticas de la Administración —como el secretario de Energía— han tratado de calmar a la opinión pública asegurando que el alza sería temporal y que medidas logísticas como facilitar el paso de petroleros por el Estrecho de Ormuz o aumentar provisiones podrían limitar el impacto. Sin embargo, la experiencia histórica muestra que los precios del petróleo reaccionan con rapidez a la incertidumbre geopolítica: la crisis de los años 70 es un ejemplo clásico de cómo un shock en oferta puede derivar en inflación sostenida y estancamiento económico.

Mercados y confianza: la bolsa como termómetro desigual

El Gobierno ha convertido la marcha de la bolsa —y en particular del Dow Jones, citado con frecuencia en declaraciones públicas— en un barómetro de éxito económico. Pero los mercados también se han tornado más nerviosos: el Dow cayó alrededor de un 5% en el último mes analizado, reflejando el temor de inversores ante la posibilidad de empeoramiento de perspectivas corporativas y el efecto del conflicto en Oriente Medio sobre los costos energéticos y la cadena de suministro.

Además, los efectos en la percepción ciudadana no son homogéneos. Joanna Hsu, directora de las encuestas de consumidores de la Universidad de Michigan, explicó que el aumento de confianza entre quienes poseen acciones fue contrarrestado por una caída en la confianza entre los hogares sin participación en los mercados bursátiles —un fenómeno que acentúa la división de experiencias económicas según el acceso a activos financieros (University of Michigan Surveys).

En otras palabras: la subida en los índices puede beneficiar a los que ya tienen ahorros invertidos, mientras que la mayoría de trabajadores que no invierten ve aumentar los precios y perder poder adquisitivo real.

Productividad sí, reparto no

Un punto positivo en los datos es que la productividad empresarial mejoró: en el cuarto trimestre del año anterior la productividad laboral del sector privado creció un 2.8%, según el Departamento de Trabajo. Este incremento sugiere una economía capaz de generar más valor por hora trabajada, en buena medida impulsada por avances tecnológicos y mejoras en procesos.

No obstante, la distribución de esas ganancias resulta preocupante. La participación del trabajo en la renta total cayó a niveles históricamente bajos el año pasado, según análisis de expertos como Mike Konczal, del Economic Security Project. Es decir, las empresas producen más por hora, pero ese aumento de productividad no se traduce necesariamente en salarios más altos ni en mejores condiciones para la mayoría de la fuerza laboral.

Comparaciones recientes con la administración anterior

En debates públicos se han hecho comparaciones directas con la gestión previa. Los datos macroeconómicos muestran que la economía creció a un ritmo anual del 2.8% durante el último año del mandato del anterior presidente, frente al 2.2% registrado en 2025 bajo la actual Administración. En cuanto a la inflación medida por el PCE, el índice fue del 2.6% en 2024 y también del 2.6% en 2025, lo que matiza las afirmaciones de diferencias drásticas en materia inflacionaria entre ambos periodos.

Estas cifras no pretenden ser un veredicto absoluto, pero sí invitan a una lectura crítica: evitar episodios inflacionarios severos no es lo mismo que impulsar un crecimiento notablemente más rápido o generar empleo de calidad en términos amplios.

Qué significa todo esto para el ciudadano y para la política

Para la mayoría de las familias, lo que importa es la capacidad de llegar a fin de mes: precios de la gasolina, estabilidad del empleo y la sensación de que los salarios acompañan las ganancias de productividad. Cuando esos elementos flaquean, la confianza en la economía se resiente y la agenda política se polariza en torno a quién carga con la responsabilidad.

En un año electoral clave como 2026, estos indicadores pueden repercutir en la opinión pública y en la capacidad del partido en el poder para defender mayorías. Si el electorado percibe que las promesas de prosperidad no se traducen en mejoras tangibles —especialmente para las clases medias y trabajadoras—, la narrativa política puede virar hacia la búsqueda de alternativas o hacia la penalización del incumbente.

Reflexiones finales

La dinámica económica de 2026 ha comenzado siendo volátil y llena de interrogantes: un mercado laboral con señales mixtas, aumentos repentinos en los precios energéticos por factores externos y una bolsa que refleja la dualidad entre quienes se benefician del alza de activos y quienes no. Más allá de titulares triunfalistas o mensajes de alarma, el desafío para las autoridades será transformar la productividad en salarios crecientes y estabilizar precios sin sacrificar la inversión y el crecimiento a medio plazo.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press