Cuando el nacionalismo energético podría acelerar la transición verde
Cómo la inseguridad por conflictos y la dependencia de combustibles fósiles podrían empujar a los países a apostar por renovables domésticas
La conjunción entre conflicto geopolítico y una economía energética global todavía dependiente de los combustibles fósiles ha reabierto un debate incómodo: ¿puede el interés propio y el nacionalismo energético ser el motor que finalmente impulse la descarbonización? Lejos de la retórica colaborativa de las cumbres climáticas, algunos expertos sostienen que las disrupciones en el suministro —bombardeos a refinerías, rutas marítimas inseguras o precios del combustible al alza— podrían convencer a gobiernos y sociedades de priorizar la energía producida “en casa”. Pero la experiencia reciente también ofrece advertencias: en situaciones de crisis, muchos países retroceden hacia soluciones fósiles inmediatas y a menudo más sucias.
Una realidad de dependencia concentrada
La percepción de vulnerabilidad es real. Gran parte del comercio de petróleo y gas sigue concentrado en regiones con alta inestabilidad política. Como señaló el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, la estructura actual del sistema energético global “hace evidente que nos enfrentamos a un sistema ampliamente ligado a los combustibles fósiles —donde el suministro está concentrado en pocas regiones y cada conflicto corre el riesgo de enviar ondas de choque a través de la economía mundial” (Naciones Unidas, comunicado público).
Cuando los países sufren interrupciones del suministro, el dolor económico es inmediato: inflación de precios, pérdida de competitividad industrial y tensiones sociales por el encarecimiento de la energía. Frente a eso, las energías renovables —solar, eólica, almacenamiento con baterías y bombeo, e integración de redes inteligentes— ofrecen una promesa doble: reducción de emisiones y mayor seguridad energética por diversificación y proximidad al punto de consumo.
El atractivo del "hacerlo en el patio"
El argumento del nacionalismo energético es sencillo y pragmático: si dependes de importaciones que pueden ser cortadas o encarecidas por decisiones externas, lo razonable es producir más de tu propia energía. Caroline Baxter, directora del Converging Risks Lab en el Council on Strategic Risks, ha subrayado cómo la ralentización del movimiento de combustibles fósiles hacia puertos clave puede acelerar decisiones de inversión en renovables, especialmente en países que dependen de buques tanque para su energía, como Japón o Corea del Sur.
Hay datos que sostienen la factibilidad técnica y económica de este enfoque. A nivel global, el coste nivelado de la energía (LCOE, por sus siglas en inglés) de la solar fotovoltaica y la eólica terrestre ha caído drásticamente en la última década. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), los costes de la energía solar fotovoltaica se redujeron en más del 80% entre 2010 y 2020; y la eólica terrestre también registró descensos significativos en el periodo. Por lo tanto, la matriz de argumentos económicos ya no favorece automáticamente a los combustibles fósiles en muchos contextos.
¿Un impulso unilateral, no multilateral?
Michael Oppenheimer, profesor en Princeton, ha argumentado que los recortes de emisiones durante los próximos años probablemente serán impulsados de manera mayoritariamente unilateral: políticas domésticas que respondan a intereses nacionales y de seguridad, más que a acuerdos multilaterales lentos y sujetos a negociaciones diplomáticas complejas. Es una tesis que resuena con la experiencia práctica: cuando la geopolítica aprieta, la política pública tiende a priorizar soluciones con beneficios claros y rápidos para el electorado.
Eso abre una vía interesante para la acción climática: si los gobiernos identifican la expansión de renovables como una política de seguridad nacional —no solo como una política ambiental— se pueden acelerar permisos, subsidios y mandatos de instalación, y así superar barreras políticas y sociales que hasta ahora han frenado el despliegue.
Lecciones riesgosas del pasado reciente
No obstante, la historia reciente no es del todo halagüeña. La invasión rusa de Ucrania (2022) generó una severa crisis de gas en Europa. Ante la falta de suministro, varios países europeos recurrieron temporalmente al carbón para asegurar el abastecimiento energético, una respuesta que resultó contraria a los objetivos climáticos. La lección es clara: la urgencia por mantener la energía disponible puede llevar a elecciones que aumenten las emisiones, si las alternativas renovables y de almacenamiento no están listas a gran escala.
Pauline Heinrichs, experta en estudios bélicos del King’s College de Londres, advierte que la reacción política puede ser la de “retroceder” hacia fuentes más sucias si la transición no se gestiona con antelación y mano firme. Otros observadores recuerdan que economías en crecimiento como China e India, debido a necesidades de desarrollo y seguridad energética, pueden aumentar el uso de carbón en ausencia de acceso rápido y económico a renovables y almacenamiento.
El factor militar: emisiones de guerra
Además del debate sobre matrices energéticas nacionales, la propia actividad militar genera un volumen significativo de emisiones. Estudios recientes estiman que las fuerzas armadas mundiales contribuyen con un porcentaje relevante de las emisiones globales: diferentes análisis colocan la huella militar en torno al 5% del total mundial, situándola entre las mayores fuentes si se consideraran como un país (Costs of War Project, Brown University; investigaciones académicas sobre emisiones militares).
Esto introduce un elemento paradójico: aun si las sociedades adoptan más renovables civiles, la intensificación de conflictos y operaciones bélicas pueden contrarrestar parte de esas reducciones. Los jets de combate, los despliegues navales y logísticos, y la reconstrucción postconflicto consumen ingentes cantidades de combustibles fósiles y generan emisiones difíciles de mitigar en el corto plazo.
Políticas coherentes para convertir la vulnerabilidad en ventaja
Para que el nacionalismo energético sea una fuerza positiva para el clima, deben acompañarlo políticas públicas bien diseñadas. Algunas recomendaciones prácticas:
- Planificación anticipada: invertir en capacidad renovable y de almacenamiento hoy para que, ante una crisis, las alternativas limpias estén disponibles.
- Integración regional: aun cuando un país apueste por “energía en casa”, la cooperación regional (redes eléctricas interconectadas, mercados de capacidad) reduce costos y aumenta resiliencia.
- Subsidios dirigidos y eliminación progresiva de combustibles fósiles: evitar revertir a carbón u otros combustibles sucios mediante apoyos temporales que aceleren la instalación de renovables y almacenamiento.
- Seguridad energética y almacenamiento estratégico: desarrollar reservas de energía en forma de electricidad almacenada, hidrógeno renovable o capacidades de demanda flexible para enfrentar interrupciones.
- Descarbonizar fuerzas armadas: incorporar eficiencia energética, biocombustibles sostenibles y electrificación en la logística militar cuando sea posible.
Oportunidad política y riesgo moral
El mayor desafío es político: transformar la percepción de la seguridad energética desde una excusa para priorizar el fósil hacia una narrativa que vincule defensa, prosperidad y transición climática. Si los líderes comunican que las renovables no solo son ecológicas sino también estratégicas —menos expuestas a chantajes, bloqueos o subidas repentinas de precios— la opinión pública y el empresariado pueden apoyar medidas que hasta ahora fueron políticamente costosas.
Sin embargo, existe un riesgo moral: adoptar medidas de “seguridad nacional” que cierren mercados, protejan industrias ineficientes o fomenten el nacionalismo económico sin atención a la equidad internacional. La respuesta óptima combina ambición doméstica con mecanismos que faciliten el acceso de países en desarrollo a tecnología limpia y financiamiento, evitando que la tensión geopolítica derive en fragmentación tecnológica y desigualdad climática.
¿Puede la urgencia reemplazar a la cooperación?
La cooperación internacional sigue siendo insustituible para retos globales como la meta de limitar el calentamiento global. No obstante, la dinámica actual sugiere que —durante la próxima década— los avances más rápidos en reducción de emisiones podrían nacer de decisiones nacionales motivadas por la seguridad y el interés propio. Si esas decisiones se orientan hacia soluciones limpias, el resultado puede ser una curiosa confluencia: políticas de soberanía energética que, de manera instrumental, empujen a una descarbonización más rápida.
En última instancia, la pregunta no es si el patriotismo energético es bueno o malo por definición, sino si los incentivos nacionales pueden ser aprovechados para construir sistemas energéticos domésticos resilientes, limpios y equitativos. Si se logra eso, la seguridad nacional y la seguridad climática podrían dejar de ser fuerzas opuestas y empezar a reforzarse mutuamente.
Fuentes citadas y referencia para cifras estimadas: comunicado público del Secretario General de las Naciones Unidas; análisis y estimaciones sobre emisiones militares y el Costs of War Project (Brown University); informes de IRENA sobre costos de tecnologías renovables y análisis de expertos en políticas energéticas y seguridad.
