La economía global en jaque: cómo la guerra con Irán está reescribiendo precios y riesgos

Del estrecho de Ormuz a las despensas del mundo: por qué el cierre del corredor marítimo y el alza del petróleo amenazan inflación, suministro de fertilizantes y la estabilidad de países vulnerables

La guerra con Irán ya no es solo un conflicto regional: se está filtrando en cada eslabón de la economía mundial. El cierre del estrecho de Ormuz —por donde transita alrededor de una quinta parte del petróleo mundial—, el encarecimiento de los combustibles y la interrupción del comercio de fertilizantes están combinándose para crear un shock que amenaza con elevar la inflación, reducir el crecimiento y empujar a los países más frágiles hacia crisis humanitarias y políticas.

Un cuello de botella estratégico que duele en los precios

El estrecho de Ormuz es uno de los pasos marítimos más críticos del planeta: en condiciones normales atraviesan por ahí cerca de 20 millones de barriles de petróleo al día. La intermitencia o el cierre de ese corredor no es un asunto menor. Según datos recientes citados por destacados economistas, con la región parcialmente cortada los precios del crudo experimentaron una escalada vertiginosa: menos de 70 dólares por barril a finales de febrero, cerca de 120 dólares en el pico y estabilizándose luego en torno a 90 dólares (variaciones observadas en los mercados petroleros internacionales).

Ese salto se traduce casi de inmediato en la bomba del surtidor: la Asociación Americana del Automóvil (AAA) informó un incremento en el precio promedio de la gasolina de Estados Unidos de aproximadamente 3,00 a 3,48 dólares por galón en cuestión de días. Para las economías europeas y asiáticas, más dependientes del petróleo y gas del Medio Oriente, el impacto puede ser aún más severo.

Inflación global y una regla empírica preocupante

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, advirtió que “cada 10% de aumento en los precios del petróleo, si persiste la mayor parte del año, empuja la inflación global en 0,4 puntos porcentuales y reduce la actividad económica mundial hasta en 0,2%” (Fondo Monetario Internacional).

Es una regla empírica que ayuda a dimensionar por qué los bancos centrales —que llevan años luchando por domar la inflación post-pandemia— enfrentan ahora un dilema: subir tasas para frenar la inflación importada o mantenerlas para no asfixiar economías que muestran signos de debilitamiento.

Quiénes ganan y quiénes pierden

En términos macroeconómicos la guerra está creando vencedores y vencidos:

  • Perdedores netos: importadores de energía como gran parte de Europa, Japón, Corea del Sur, India y Taiwán sufren el impacto directo del encarecimiento energético. Países con pocos márgenes fiscales y reservas limitadas, como Pakistán, enfrentan presiones muy elevadas: importa cerca del 40% de su energía y depende en gran medida del gas natural licuado, cuya oferta se ha visto comprometida.
  • Ganadores netos: productores de petróleo fuera del teatro bélico —Noruega, Canadá, e incluso Rusia en función de su producción— se benefician de precios altos, aunque con la ambigüedad política y reputacional que conlleva.

Para millones de hogares el impacto es tangible: según cálculos de analistas del sector retail, una subida del 20% en el precio de la gasolina podría representar un costo adicional cercano a 10 dólares semanales por hogar en Estados Unidos, lo que reduce el consumo discrecional y presiona el crecimiento.

Fertilizantes, alimentos y la sombra del hambre

El conflicto no golpea solo al sector energético. Hasta un 30% de las exportaciones mundiales de fertilizantes (urea, amoníaco, fosfatos, azufre) circulan por rutas que pasan por el Golfo y Ormuz, según Joseph Glauber del International Food Policy Research Institute. La interrupción de esos flujos eleva los costos para los agricultores y encarece los precios agrícolas a nivel global.

Esto es especialmente peligroso para países donde la seguridad alimentaria ya es frágil. Un encarecimiento sostenido de fertilizantes puede reducir la productividad agrícola en regiones vulnerables y provocar aumentos de precios en alimentos básicos, exacerbando riesgos de hambruna y malestar social en países de bajos ingresos.

El dilema de los bancos centrales: ¿subir o bajar tasas?

La guerra complica la hoja de ruta de la Reserva Federal y de otros bancos centrales. Por un lado, el alza del petróleo alimenta la inflación. Por otro, la pérdida de impulso económico por la subida de precios sugiere medidas de estímulo. Simon Johnson, economista del MIT, recuerda la experiencia de la década de 1970: entonces los bancos centrales subestimaron la persistencia de los choques petroleros y la inflación se volvió crónicamente alta. “Su mente fácilmente vuelve a los años setenta”, advierten analistas para ilustrar la precaución con que hoy se leen las decisiones de política monetaria.

El resultado probable es una intensificación del debate interno en la Fed y en otros organismos: los responsables de política tendrán que valorar si los choques energéticos son transitorios y acomodables o si requieren endurecimiento para evitar anclaje inflacionario.

Impacto geopolítico y duración del conflicto

Una variable clave es el tiempo: ¿cuánto persistirá el cierre parcial o total del estrecho? La prolongación del conflicto aumenta el riesgo de efectos acumulativos —agotamiento de reservas, inflación más persistente, desabastecimientos agrícolas— que dificultan la recuperación económica. Además, la sustitución de flujos energéticos no es instantánea: no existe capacidad de producción sobrante en el mundo que pueda cubrir de forma inmediata 20 millones de barriles diarios si Ormuz permanece fuera de servicio (comentario de expertos energéticos internacionales).

¿Existe margen para la esperanza?

Algunos economistas mantienen cierta cauta esperanza: si los precios del crudo retornan al rango de 70–80 dólares por barril, el mundo podría absorber el shock con menos daño del esperado. Neil Shearing, de Capital Economics, plantea que la magnitud del efecto dependerá en gran medida de la persistencia del alza y de la respuesta política coordinada.

Pero las condiciones geopolíticas complican cualquier cierre rápido: los cambios internos en Irán, la dinámica de liderazgo y la voluntad de las potencias externas para declarar una “victoria” y detener las operaciones militares influyen en el calendario. Mientras tanto, los hogares y las empresas ya empiezan a reajustar presupuestos y estrategias.

Qué deberían vigilar los responsables políticos y las empresas

  1. Reservas estratégicas de energía y planes de contingencia para transporte marítimo alternativo.
  2. Políticas agrícolas dirigidas a mitigar la escasez de fertilizantes: subsidios temporales, liberación de existencias nacionales o acuerdos internacionales para priorizar envíos a países vulnerables.
  3. Coordinación internacional en política monetaria y fiscal para evitar que la inflación importada se ancle sin asfixiar la recuperación.
  4. Medidas sociales focalizadas para proteger a los hogares de menores ingresos del impacto en alimentos y energía.

La guerra con Irán es, por tanto, una prueba de resistencia para la economía global. No solo por lo que sube el precio del barril, sino por cómo esos aumentos se filtran hasta las despensas, las cuentas de electricidad y las decisiones de los bancos centrales. En un mundo interconectado, un corte por agua en un estrecho puede traducirse en hambre, inflación y convulsión política en lugares a miles de kilómetros. La pregunta que queda en el aire es si la comunidad internacional encontrará mecanismos rápidos y cooperativos para minimizar ese sufrimiento antes de que el fantasma de la estanflación vuelva a acechar.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press