El regreso del miedo en el sur del Líbano: la población civil entre misiles, desplazamiento y desencanto con Hezbolá

Cómo la nueva escalada entre Hezbolá e Israel reaviva heridas no resueltas y plantea una encrucijada política para El Líbano

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El amanecer del 2 de marzo encontró a miles de familias libanesas interrumpiendo el ayuno de Ramadán para huir de sus hogares mientras los cielos del sur del Líbano se llenaban de explosiones. Lo que para muchos debía ser una rutina de recogimiento religioso se transformó en otra jornada de éxodo, caos y angustia: un trayecto que normalmente dura una hora se convirtió en 15 horas para quienes intentaron escapar hacia Beirut.

Heridas abiertas y memoria colectiva

La nueva ronda de combates entre Hezbolá e Israel no surge en vacío. Para buena parte de la población chií del sur, la experiencia del conflicto anterior —que terminó con un cese al fuego en noviembre de 2024— sigue fresca y dolorosa. Según datos del Banco Mundial, la guerra anterior dejó más de 4.000 muertos en Líbano y causó alrededor de 11.000 millones de dólares en daños (ver World Bank).

Ese historial explica por qué la reacción social a la escalada actual es ambivalente: hay quienes respaldan las acciones de Hezbolá como respuesta a lo que perciben como violaciones reiteradas del cese al fuego por parte de Israel; y hay otros, incluso en comunidades tradicionalmente cercanas al movimiento, que culpan a la organización por arrastrarles nuevamente a la ruina y al desplazamiento.

Desplazamiento y vulnerabilidad en tiempo de Ramadán

El fenómeno del desplazamiento masivo no es novedoso en la zona, pero su recurrencia agrava la precariedad de millones. Durante la última escalada miles de personas se vieron forzadas a buscar refugio en escuelas, plazas públicas o casas de parientes, afrontando condiciones invernales y crisis humanitarias complementarias: escasez de agua, electricidad intermitente y acceso limitado a alimentos y medicinas.

Un testimonio recurrente es el del comerciante de verduras de Beirut que volvió a perder su hogar en la anterior guerra y teme que la historia se repita. “Nadie quería esta guerra”, declaró, reflejando el cansancio de quienes apenas se recuperaban del trauma previo y ahora ven su subsistencia amenazada otra vez.

La política interna: un Estado que intenta recuperar el monopolio de la violencia

Una consecuencia política central de la escalada ha sido el movimiento explícito del gobierno libanés para limitar las actividades militares de Hezbolá. En una votación en el gabinete, la mayoría de los ministros —22 de 24— aprobó declarar ilegales las actividades militares del grupo, medida rechazada únicamente por los dos ministros de Hezbolá.

El primer ministro Nawaf Salam afirmó que “la decisión de la guerra y la paz está únicamente en manos del Estado” y ordenó “la prohibición inmediata de todas las actividades militares de Hezbolá” instando a que la organización entregue sus armas al Estado. Este giro marca un intento más decidido de reafirmar el monopolio estatal de la fuerza, algo que no pudo consolidarse plenamente tras la guerra civil que terminó en 1990, cuando Hezbolá quedó exento del desarme por su papel en la resistencia contra la ocupación israelí del sur.

Sin embargo, la implementación es compleja: la entrada en acción de las fuerzas de seguridad ha derivado en arrestos y liberaciones cautelares, y el equilibrio de poder en el terreno sigue condicionado a la presencia social y política de Hezbolá, que combina milicia, partido político y red de servicios sociales en comunidades chiíes.

Apoyo y costillas del respaldo: la economía del poder

Hezbolá sostiene su base social a través de múltiples mecanismos: redes de asistencia social, empleo, y un discurso de resistencia que conecta con recuerdos de ocupación y agresiones transfronterizas. Para muchos habitantes del sur, esa combinación explica por qué, a pesar del sufrimiento, existe una resiliencia y una tolerancia ante los costos de la confrontación.

Pero la presión económica y la repetición de ciclos bélicos están erosionando esa paciencia. Muchos dependientes de la ayuda y de la estructura social vinculada a Hezbolá se enfrentan a un dilema: criticar públicamente a la organización puede acarrear represalias o la pérdida de recursos básicos. Ali al-Amin, periodista crítico con Hezbolá, recuerda que en el pasado quienes se atrevieron a denunciar al grupo en redes sociales fueron objeto de sanciones y coacciones.

¿Por qué volvió la violencia?

El estallido de esta nueva fase está vinculado a un contexto regional más amplio: ataques entre Israel e Irán, represalias por acciones y asesinatos, y la percepción —por parte de Hezbolá y sus aliados— de que el cese del 2024 no se ha respetado íntegramente. Desde noviembre de 2024, Israel ha continuado realizando incursiones y ataques que, según algunas fuentes, han dejado cerca de 400 muertos relacionados con acciones contra Hezbolá (datos agregados en informes periodísticos y de observadores regionales).

Hezbolá, alineado con Irán, sostiene que sus ataques buscan disuadir nuevas agresiones y vengar asesinatos selectivos. Para sus seguidores, la organización actúa como escudo frente a lo que perciben como amenazas existenciales. Para críticos y sectores no vinculados, esa lógica de “seguridad” se traduce en exponerse nuevamente a devastación sobre comunidades residenciales.

Opiniones desde la academia y la sociedad

El debate interno no es homogéneo. Sadek Nabulsi, profesor de ciencia política cercano al pensamiento pro-Hezbolá, minimiza la aparente disidencia: recuerda que luego de conflictos prolongados la base de la organización suele reclamar paciencia y confiar en una eventual “salvación”. “Su base de apoyo es conocida por tolerar el dolor”, dijo, destacando la cohesión que persiste en muchos núcleos sociales pese a las adversidades.

En contraste, voces críticas dentro de las propias comunidades chiíes —como la madre de familia que, pese a vivir entre partidarios, expresó su rechazo a que Hezbolá iniciara los ataques— muestran que el consenso social está más fragmentado de lo que a veces se imagina. Esa fragmentación puede intensificarse si se prolongan los desplazamientos y empeoran las condiciones económicas.

Implicaciones humanitarias y regionales

El impacto humanitario inmediato incluye desplazamientos masivos, daño infraestructural y la interrupción de servicios básicos. A mediano plazo, la reiteración de confrontaciones alimenta ciclos de pobreza, pérdida de vivienda y traumatismos psicosociales. Según informes internacionales, la reconstrucción tras conflictos en el Líbano requiere inversiones sustanciales y años de trabajo; la repetición de la violencia complica toda planificación sostenible.

Además, la escalada en el sur libanés tiene efectos en la dinámica regional: consolida alineamientos entre Irán y sus aliados, tensiona relaciones con potencias como Estados Unidos, y plantea riesgos de una mayor internacionalización del conflicto si se multiplican las represalias o se amplifican los frentes.

Escenarios posibles

  1. Desescalada negociada: Un cese al fuego mediado por actores externos podría permitir el retorno paulatino de desplazados y aliviar la presión sobre el Estado libanés. Eso requeriría sanciones o incentivos que limiten la capacidad operativa de las partes y garantías verificables.
  2. Confrontación prolongada: Si las hostilidades continúan, el país podría enfrentar una nueva crisis de gobernabilidad, con el Estado forzado a tomar medidas más contundentes contra grupos armados, lo que aumentaría el riesgo de fricciones internas.
  3. Estabilización con condiciones: Un equilibrio frágil donde Hezbolá mantiene su capacidad militar pero el gobierno logra avanzar en medidas de control y en provisión de servicios, reduciendo gradualmente la dependencia social de la milicia.

Qué observar en las próximas semanas

  • La postura del gobierno libanés: si las declaraciones contra las actividades militares de Hezbolá se traducen en políticas sostenidas o se diluyen por presiones políticas.
  • El grado de apoyo social a Hezbolá en las comunidades afectadas: manifestaciones públicas, discursos en mezquitas y movimientos de protesta o solidaridad.
  • La dimensión regional: movimientos diplomáticos de mediación, la influencia de Irán en la toma de decisiones de Hezbolá y la respuesta de Israel a futuros ataques.
  • La evolución humanitaria: cifras de desplazados, acceso a ayuda y capacidad de recuperación económica en áreas atacadas.

La historia reciente del Líbano muestra que los ciclos de violencia y tregua suelen dejar más que rastros materiales: erosionan la confianza en las instituciones, reconfiguran lealtades y aumentan la fragilidad social. Mientras tanto, familias como la del sur que huyó en plena madrugada esperan una tregua que les permita volver a la rutina cotidiana: escuelas que reabran, mercados que funcionen y, sobre todo, la posibilidad de romper con el temor constante de que otra explosión cambie sus vidas para siempre.

Fuentes citadas y recomendadas: Banco Mundial (informe sobre daños económicos del conflicto 2024) — www.worldbank.org; reportes periodísticos y testimonios recogidos por medios sobre desplazamiento y cifras de víctimas en Líbano (marzo 2026).

Este artículo fue redactado con información de Associated Press