Guerra en Irán y la economía global: una batalla que se mide en precios del petróleo

Cómo la estrategia iraní y las decisiones internacionales convierten el crudo en arma y la vulnerabilidad económica en el verdadero campo de batalla

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

La guerra entre Irán y la coalición de Estados Unidos e Israel no se libra solo en cielos, puertos y bases militares: se libra con barriles de petróleo, rutas de navegación y la paciencia de mercados y consumidores. Lo que empezó como una escalada militar se ha transformado en un choque económico cuyos efectos ya se sienten en la inflación, en los bolsillos de los ciudadanos y en las decisiones estratégicas de gobiernos y empresas.

El arma invisible: el control del suministro energético

Irán, pese a sus sanciones y dificultades económicas internas, ha demostrado que posee herramientas capaces de amplificar su influencia regional: misiles, drones y la capacidad de intimidar las rutas marítimas más cruciales para el comercio energético mundial. El Estrecho de Hormuz, ese cuello de botella por el que pasa una parte sustantiva del petróleo y el gas mundial, se ha convertido en el epicentro de esta guerra económica. Según distintas estimaciones del sector energético, alrededor del 20% del petróleo y del gas comercializados globalmente atraviesan ese paso (fuentes del sector energético y reportes de analistas energéticos internacionales).

Cuando el tránsito por Hormuz se interrumpe —por ataques, por temor a ataques o por decisiones de armadores y aseguradoras— la oferta global percibida cae abruptamente. Esa percepción de escasez es suficiente para disparar precios: en cuestión de días el crudo Brent llegó a cotizar cerca de los 120 dólares por barril en episodios recientes, un nivel que no se veía con regularidad desde 2022.

¿Por qué Irán opta por esta estrategia?

La lógica iraní, tal como se observa en su retórica y en sus acciones, es simple y brutal: si no puedo competir con poderío económico y si mi economía está asfixiada por sanciones, puedo aumentar el costo global del conflicto y transformar el castigo en una herramienta de disuasión. Al apuntar indirectamente a la infraestructura petrolera o a los buques que cruzan Hormuz, Irán eleva el riesgo y el costo del comercio energético, afectando a países productores del Golfo, a economías consumidoras como la de Estados Unidos y a terceros actores como China.

Este cálculo busca dos objetivos simultáneos: aumentar la presión política sobre los adversarios (mostrando que prolongar el conflicto tiene consecuencias económicas domésticas) y obligar a terceros a mediar o empujar hacia vías de negociación para normalizar el flujo de energía.

Impacto inmediato sobre inflación y consumo

El vínculo entre precios del petróleo y vida cotidiana es directo: los combustibles suben, la logística se encarece y esos costos se filtran en alimentos, transporte aéreo y servicios. En Estados Unidos, por ejemplo, el precio promedio de la gasolina reaccionó con rapidez a la crisis, marcando incrementos pronunciados en cuestión de semanas. Datos de la asociación de automovilistas AAA mostraron incrementos mensuales relevantes que empezaron a presionar la inflación subyacente y la general.

Economistas y consultoras energéticas han estimado escenarios preocupantes. La firma Wood Mackenzie calculó que si el Estrecho de Hormuz permaneciera cerrado o seriamente restringido durante semanas, el precio del crudo podría alcanzar niveles cercanos a 150 dólares por barril, un choque que tendría efectos duraderos sobre el crecimiento mundial.

En términos de inflación, expertos independientes han advertido que un alza sostenida del petróleo podría sumar entre 0.5 y 1 punto porcentual a la variación anual del IPC en economías avanzadas durante los meses siguientes al choque inicial, dependiendo de la duración del conflicto y de la rapidez con que se reestablezcan las rutas de suministro.

La complicada posición de gobiernos y bancos centrales

Los bancos centrales, que viven con la tensión entre controlar la inflación y sostener el empleo, se enfrentan a un dilema clásico: ¿actuarán frente a un choque de oferta temporal o mantendrán una política monetaria más restrictiva ante el riesgo de que la inflación se ancle en niveles superiores a los objetivos?

La Reserva Federal de Estados Unidos, por ejemplo, había dejado señales de cautela antes del resurgimiento del conflicto: mantener tasas moderadamente altas para asegurar que las expectativas de inflación no se desanclaran. Con el nuevo shock petrolero, la opción de reducir tasas para estimular la economía se vuelve menos atractiva, porque podría empeorar las presiones inflacionarias si los precios energéticos se mantienen elevados.

Al mismo tiempo, los gobiernos deben lidiar con un doble riesgo político: recesión por una política monetaria demasiado restrictiva o desgaste social por el incremento de precios—especialmente en países donde el combustible representa una parte importante del gasto de los hogares.

¿Quién puede resistir más? La guerra de la paciencia

En el eje estratégico del conflicto está la pregunta que lo resume todo: ¿quién puede soportar el dolor económico más tiempo? Para Estados Unidos y sus aliados, mantener una campaña prolongada contra Irán implica costes domésticos y riesgos geopolíticos que pueden erosionar el apoyo interno. Para Irán, el tablero es distinto: tolera sufrir daños en su infraestructura para infligir dolor económico a terceros, pues su régimen prioriza su supervivencia política sobre el bienestar económico de la población.

Eso explica por qué los líderes iraníes han repetido que “determinarán el final” del conflicto en función de sus objetivos políticos y de supervivencia, mientras que Estados Unidos y sus aliados hablan de victoria sin definir claramente los criterios que la conformarían. La ambigüedad sobre objetivos finales complica cualquier cálculo racional de retirada o negociación.

Consecuencias globales: más allá de la factura del combustible

Los efectos no se limitan a las gasolineras. El alza del crudo encarece el transporte marítimo y aéreo, eleva el costo de fertilizantes y puede desencadenar presiones alimentarias en economías vulnerables. Además, la incertidumbre eleva la prima de riesgo en mercados financieros y endurece condiciones para países importadores de energía.

Empresas navieras y aseguradoras, ante el riesgo en Hormuz, han desviado rutas, incrementado primas de seguro o suspendido servicios. Esto reduce la oferta efectiva de varios bienes y genera cuellos de botella en cadenas globales de suministro que apenas se estaban recuperando de las disrupciones de años anteriores.

Posibles salidas y escenarios

  • Escenario rápido de desescalada: un acuerdo negociado o mediado que garantice la libre navegación y reduzca ataques sobre infraestructura, lo que permitiría una reversión rápida de precios. Este escenario exige incentivos políticos potentes para que Irán y sus adversarios acepten una salida cara a cara o vía terceros mediadores.
  • Escenario de estancamiento prolongado: presión económica sostenida y fluctuaciones de precios que podrían llevar a políticas económicas defensivas (subsidios, controles de precios) y a medidas geopolíticas adicionales, con riesgo de fragmentación internacional en bloques de abastecimiento.
  • Escenario de escalada regional: mayor involucramiento de fuerzas regionales o ataques más sistemáticos a infraestructura crítica que transformarían el choque energético en una crisis más profunda con consecuencias económicas duraderas.

Qué deben vigilar los ciudadanos y los responsables de políticas

Para los ciudadanos: el repunte de precios puede significar ajustes en presupuestos familiares, priorización del gasto y presión para políticas públicas de alivio (subsidios temporales a combustibles, transporte público reforzado, etc.).

Para los responsables de políticas: la necesidad de combinar respuestas de corto plazo (manejo de mercados energéticos y medidas de protección social) con estrategias de mediano plazo (diversificación energética, reservas estratégicas y diplomacia activa para proteger rutas de navegación).

La guerra por Irán, por tanto, tiene dos frentes: el militar y el económico. Si el primero se mide en bombas y misiles, el segundo se mide en euros, dólares y en la capacidad de los gobiernos para proteger a sus economías. En ese tablero, la próxima jugada más relevante podría no estar hecha en un cuartel general, sino en una terminal petrolera, en la sala de juntas de una aseguradora o en la mesa de un banco central.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press