Líbano al borde: la oferta de diálogo con Israel y el peso de Hezbollah en la guerra regional

Cuando el Gobierno libanés propone conversaciones directas con Israel, la realidad en el terreno y la influencia de Hezbollah hacen que la paz parezca, por ahora, inalcanzable

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Las últimas semanas han mostrado un Líbano transformado por el conflicto: bombardeos en Beirut, avances militares israelíes en el sur y más de un millón de personas desplazadas dentro del país. En un giro que rompe décadas de tabúes, el gobierno libanés ha ofrecido abrir negociaciones directas con Israel por primera vez desde la invasión israelí de 1982. Sin embargo, esa iniciativa choca con una fuerza armada que actúa no sólo como actor militar sino también como realidad política y social: Hezbollah.

Un gesto histórico en tiempos de guerra

El ofrecimiento del presidente libanés Joseph Aoun de sostener conversaciones directas con Israel representa una ruptura diplomática relevante. Históricamente, los contactos entre Beirut y Jerusalén han sido esporádicos y, cuando han existido, se han realizado a través de mediadores internacionales. La propuesta de Aoun, formulada en medio del fuego cruzado, pretende crear un canal político que permita encauzar la crisis y, a largo plazo, avanzar hacia la desmilitarización de los grupos armados dentro de Líbano.

Pero el gobierno condiciona cualquier diálogo a un cese de hostilidades: “Queremos que las conversaciones sean después de que termine la violencia”, explicaron tres funcionarios libaneses consultados por corresponsales internacionales. Esa condición es, en la práctica, una barrera difícil de salvar mientras Israel y Hezbollah sigan intercambiando misiles y ataques aéreos.

Hezbollah: actor armado, actor social

Hezbollah no es sólo una organización militar; es una fuerza política con representación parlamentaria, proveedor de servicios sociales y, sobre todo, un actor considerado por amplios sectores de la sociedad libanesa como defensor frente a Israel. Desde su origen en la década de 1980, tras la invasión israelí, Hezbollah ha tejido una red que combina milicia, política y entramado social.

En años recientes, y sobre todo tras los golpes militares sufridos en 2024 que afectaron a su cúpula, el grupo ha mostrado resiliencia: lanzó oleadas de misiles y drones hacia el norte de Israel y se mantiene firme en su narrativa de “resistencia”. Esa postura complica cualquier iniciativa de negociación por parte del Estado: como dijo Mahmoud Qamati, un alto responsable del grupo, la oferta de dialogar con Israel sería “una traición a la resistencia” y no puede tomarse sin su aprobación.

¿Puede el Estado libanés desarmar a Hezbollah?

La idea de que el Líbano logre desarmar a Hezbollah aparece desde hace décadas en los acuerdos políticos que siguieron a la guerra civil (1975-1990). El pacto de Taif, que contribuyó a poner fin al conflicto, estableció el principio de desarme de las milicias; sin embargo, Hezbollah mantuvo sus armas alegando la necesidad de defensa ante Israel. La realidad histórica es clara: la desmilitarización completa nunca se implementó y cualquier intento de forzarla podría reabrir heridas internas profundas (véase análisis histórico sobre la guerra civil en Britannica).

En 2024, la eliminación de muchos líderes militares de Hezbollah por ataques israelíes provocó expectativas entre ciertos círculos políticos en Beirut: ¿podría el Estado, con menos presión militar por parte del grupo, controlar su capacidad armada? El despliegue de fuerzas del ejército libanés en el sur y la retirada declarada de depósitos y posiciones de Hezbollah apuntaron inicialmente en esa dirección. No obstante, la escalada generalizada posterior demostró que la capacidad de Hezbollah para movilizarse y responder sigue siendo significativa.

El factor regional y la sombra de Irán

Hezbollah mantiene vínculos estrechos con Irán, que le ha proporcionado apoyo material, entrenamientos y armamento durante décadas. En el contexto de un conflicto ampliado en el que Irán mismo ha sufrido ataques y pérdidas de líderes, la obligación percibida de Beirut y de la resistencia hacia su patrocinador complica aún más la ecuación. Para muchos analistas, la dinámica entre Teherán y sus aliados en la región transforma una crisis libanesa en un episodio dentro de un conflicto mayor regional.

Además, la posición internacional ha variado: mientras Washington y otras capitales concentran su atención en el frente entre Israel e Irán, la capacidad de diplomacia tradicional para mediar en Líbano se ha visto reducida. Como afirmó Randa Slim, directora del Programa de Medio Oriente del Stimson Center: “No hay un alto funcionario en la Casa Blanca dedicado exclusivamente a Líbano” (Stimson Center). Esa desatención, percibida o real, limita los márgenes de maniobra de Beirut.

Humanidad y colapso: la crisis humanitaria

El costo humano del conflicto es brutal. Informes recientes señalan que las ofensivas y bombardeos han causado cientos de muertos en Líbano y han desplazado a casi un millón de personas internamente. Los daños a infraestructuras críticas, como carreteras, puentes y, potencialmente, el puerto y aeropuerto de Beirut, amenazan con colapsar aún más la frágil economía libanesa, ya debilitada por años de crisis financiera y déficit estatal.

El Estado, con recursos limitados, ha intentado canalizar ayuda y refugio hacia los desplazados, pero la magnitud del desafío supera con creces su capacidad operativa. Los llamamientos al apoyo internacional son constantes, aunque la comunidad global, distraída por múltiples crisis, no siempre responde con la celeridad necesaria.

Escenarios posibles: ¿negociación, invasión o estancamiento?

Frente a la coyuntura actual, se abren tres rutas principales:

  • Negociación condicionada: Si se logra, aunque temporalmente, un cese de hostilidades, las conversaciones directas podrían avanzar en pasos puntuales: acuerdos sobre líneas de alto el fuego, supervisión internacional y, eventualmente, medidas para limitar la capacidad militar de grupos no estatales.
  • Escalada militar: Israel ha advertido sobre una posible invasión terrestre más amplia y ha atacado infraestructuras. Una ofensiva a gran escala podría infligir daño severo a Líbano y aumentar la inestabilidad regional, con consecuencias económicas y humanitarias graves.
  • Estancamiento prolongado: El conflicto podría convertirse en una guerra congelada: combates intermitentes, daños continuos y una prolongada crisis humanitaria sin resolución política clara.

Cada escenario tiene ganadores y perdedores. La negociación, si se llegara a concretar, requeriría garantías internacionales, mecanismos de verificación y la voluntad de reducir la influencia externa en las decisiones libanesas. La escalada, en cambio, podría debilitar por completo las instituciones estatales y traducirse en sufrimiento masivo.

Qué puede hacer la comunidad internacional (y por qué importa)

La estabilidad en Líbano es crucial no sólo para la región sino para el orden global: rutas comerciales, el control de fronteras marítimas y la prevención de una guerra más amplia son intereses compartidos. La comunidad internacional podría:

  1. Promover y respaldar corredores humanitarios inmediatos para desplazados, con apoyo financiero y logístico.
  2. Impulsar mediación internacional creíble que involucre a actores con influencia sobre todas las partes, incluida la participación de potencias regionales y organizaciones multilaterales.
  3. Apoyar el fortalecimiento institucional y militar del Ejército Libanés mediante ayuda condicionada a la protección de civiles y transparencia en el uso de recursos.

Sin embargo, ninguna intervención externa garantiza el éxito si no va acompañada de soluciones políticas internas que reconozcan la complejidad social y confesional del país.

Reflexión final

La oferta de diálogo de Beirut con Israel constituye un gesto político de enorme calado, pero, por sí sola, no basta para poner fin al sufrimiento ni para atar los hilos de una paz duradera. Mientras Hezbollah conserve incentivos y capacidad de acción, y mientras factores externos como la rivalidad entre Irán e Israel sigan tensando el tablero, Líbano seguirá atrapado entre la guerra y la aspiración de paz. La pregunta real no es sólo si se abrirán conversaciones, sino si habrá voluntades internas y externas suficientes para convertirlas en acuerdos efectivos y sostenibles que prioricen la vida y la reconstrucción sobre la lógica de la confrontación.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press