¿Sirven las ejecuciones selectivas para derribar regímenes? Lecciones de una táctica antigua en la era moderna
De Hezbollah y Hamas a Irán: por qué eliminar líderes puede lograr victorias tácticas pero no resolver conflictos de raíz
La noción de que matar a un líder enemigo puede cambiar el curso de una guerra o forzar el colapso de un régimen ha seducido a estrategas durante décadas. En los últimos años, Israel ha aplicado esta táctica contra altos mandos de organizaciones y, ahora, contra figuras del aparato iraní. Sin embargo, la experiencia histórica y los estudios académicos muestran que las ejecuciones selectivas producen logros limitados, efectos secundarios peligrosos y casi nunca abordan las causas profundas del conflicto.
Una táctica con larga trayectoria
La eliminación dirigida de líderes —conocida en la literatura como "leadership decapitation" o decapitación de liderazgo— no es nueva. Desde operaciones encubiertas de la Guerra Fría hasta ataques con drones en el siglo XXI, los Estados han tratado de neutralizar el núcleo dirigente de movimientos hostiles con la esperanza de desarticular estructuras enteras. Sin embargo, la historia ofrece numerosos ejemplos donde la ausencia de un dirigente no llevó a la derrota del movimiento; en muchos casos, lo reforzó.
Por ejemplo, el asesinato del líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Abbas Musawi, por un ataque israelí en 1992 no desintegró a Hezbollah. Al contrario, bajo el liderazgo de Hassan Nasrallah el grupo se reorganizó, profesionalizó sus alas militares y políticas y emergió como un actor central en Líbano y la región. Incluso cuando Israel eliminó a Nasrallah y a muchos de sus lugartenientes en la guerra de 2024, Hezbollah continuó lanzando misiles y drones, demostrando la resistencia de la estructura organizativa que lo sustentaba.
Resultados tácticos vs. objetivos estratégicos
Las ejecuciones selectivas ofrecen beneficios inmediatos:
- Desorganizan temporalmente cadenas de mando.
- Generan narrativas políticas de "victoria" para quienes las ordenan.
- Eliminan operativos con conocimiento o capacidades críticas en el corto plazo.
Pero estos logros tácticos rara vez se traducen en estabilidad política o en la resolución del conflicto. Como ha señalado Yossi Kuperwasser, exjefe de investigación de inteligencia militar israelí, estas operaciones “no son la cura para todos los problemas” y, aunque debilitan, no cambian por sí solas la capacidad de organización del adversario.
El problema central es que la violencia dirigida no elimina las raíces del conflicto: agravios históricos, disputas territoriales, narrativas identitarias y redes transnacionales de apoyo. Sin una estrategia política coherente que acompañe las acciones militares, el vacío de poder tiende a ser ocupado por fuerzas iguales o más radicales, o bien a provocar una reacción en cadena que amplifique la violencia.
Cuando la decapitación radicaliza
La evidencia empírica muestra riesgos concretos. El científico político Max Abrahms ha advertido que la violencia contra líderes puede provocar un aumento de la violencia contra civiles y la radicalización de seguidores cuando quienes ejercían moderación desaparecen (fuente: Northeastern University). En términos sencillos: eliminar a un comandante que frenaba excesos puede dejar el campo libre a subordinados que prefieren tácticas más extremas.
Un análisis de casos en Afganistán, Pakistán y los territorios palestinos revela que las oleadas de ataques después de asesinatos selectivos tienden a incrementar la violencia general, incluso si desarticulan temporalmente la capacidad operativa del grupo objetivo.
Estados, no solo organizaciones: una apuesta más arriesgada
Atacar a líderes estatales presenta retos aún mayores. Mientras que los grupos insurgentes dependen en buena medida de figuras clave, los Estados cuentan con múltiples instituciones superpuestas: militares, servicios de inteligencia, cuerpos burocráticos y redes políticas. Jon Alterman, de CSIS, subraya que incluso los regímenes autoritarios se apoyan en redes que resisten al impacto de las bajas de sus cúpulas (fuente: Center for Strategic and International Studies).
El derrocamiento o asesinato de líderes estatales en la historia moderna —desde Patrice Lumumba en 1961 hasta la caída de Gadafi en 2011 y la destitución de Saddam Hussein en 2003— ilustra que la eliminación de una figura central no garantiza estabilidad, y en muchos casos abre periodos prolongados de inestabilidad, conflicto armado y crisis humanitarias. La experiencia de estos países muestra que el fin de un dirigente puede precipitar fragmentación, guerras civiles o la emergencia de actores aún más radicales.
El caso contemporáneo: Irán y la ambición israelí
En el conflicto reciente, Israel ha apuntado a altos cargos iraníes con la idea de debilitar al régimen y preparar el terreno para un reemplazo más amable al orden actual. La esperanza expresada por algunos líderes es que la presión y las pérdidas en la cúpula provoquen protestas internas que derroquen al régimen o faciliten la aparición de una dirección más conciliadora.
Sin embargo, la realidad política iraní es compleja: instituciones militares y políticas entrelazadas, una base social con múltiples corrientes y una capacidad de respuesta estatal que ha mostrado resiliencia aún tras años de sanciones y ataques. Además, como ha alertado Mohanad Hage Ali del Carnegie Middle East Center, la decapitación sin un seguimiento político coherente tiende a fracasar: puedes derrotar militarmente a una organización, pero si no hay una estrategia política, el vacío no se llenará de manera estable.
¿Qué dicen los datos y la academia?
Investigaciones cuantitativas sobre la eficacia de matar líderes muestran resultados matizados. Algunos estudios demuestran que, en organizaciones muy personalistas, la eliminación del líder deteriora severamente su capacidad operativa. No obstante, en movimientos con estructuras institucionales sólidas o con apoyo popular y transnacional, el efecto es tenue o transitorio.
Además, hay costos políticos y éticos que suelen quedar fuera de los cálculos estratégicos: la legitimidad internacional, la posible violación del derecho internacional, el riesgo de escalada entre potencias y el potencial de crear mártires cuya memoria sirva para reclutamiento y propaganda.
Condiciones en que la decapitación puede contribuir
No todo es inútil. La eliminación selectiva puede ser parte de una estrategia más amplia cuando cumple estas condiciones:
- Existe un plan político claro para las fases posteriores: reconstrucción, negociación o integración.
- Se combinan operaciones militares con presión diplomática y medidas que reduzcan el apoyo externo al adversario.
- Se minimiza el daño colateral y se preservan canales humanitarios para evitar indignación masiva que favorezca la radicalización.
- Se actúa con una comprensión profunda de la estructura organizativa del objetivo, para evitar reemplazos aún peores.
Sin estas condiciones, las ejecuciones selectivas suelen ser parches tácticos que complican más de lo que resuelven.
Implicaciones para la política y la opinión pública
Para los gobiernos que consideran esta opción, la lección es doble: tácticamente pueden mostrar resultados rápidos que complace a electorados ansiosos por seguridad, pero estratégicamente corren el riesgo de sembrar las semillas de futuros conflictos. Como observó un analista militar: estas acciones “debilitan, pero no necesariamente sustituyen” una estrategia política integral.
La opinión pública, por su parte, debe preguntar no solo si una acción fue ejecutada con éxito, sino qué sigue después. La retórica triunfalista puede ocultar la falta de planificación para la posguerra o la pos-eliminación, con consecuencias que a la larga son costosas y peligrosas.
Reflexión final
Eliminar líderes hostiles puede ser una herramienta válida en un repertorio más amplio, pero nunca debería ser entendida como una panacea. La lección de las últimas décadas es clara: la decapitación sin política conduce a más dolor y a menudo a resultados contraproducentes. La paz duradera exige algo más que operaciones quirúrgicas; exige una visión política que atienda causas, ofrezca alternativas y trabaje en reconstruir tejidos sociales rotos por años de conflicto.
Si una potencia pretende transformar realidades complejas mediante la eliminación de dirigentes, debe preguntarse: ¿qué vendrá después? Sin respuesta, la táctica puede terminar alimentando el mismo círculo de violencia que pretende romper.
Fuentes citadas: perfiles y análisis del Center for Strategic and International Studies (csis.org), publicaciones de la Northeastern University sobre seguridad y violencia política (northeastern.edu), y análisis del Carnegie Middle East Center (carnegie-mec.org). Para contextos históricos: enciclopedias y archivos históricos sobre los casos de Congo (Lumumba), Libia (Gadafi) e Iraq (Saddam Hussein).
