La Guerra en el Golfo revela la fragilidad de rutas fósiles y acelera el argumento a favor de las renovables

Cómo el bloqueo del Estrecho de Ormuz y la dependencia de combustibles fósiles exponen riesgos geopolíticos, económicos y sociales —y por qué la apuesta por la energía limpia ya no es solo ambiental sino estratégica

La reciente escalada de violencia en torno a Irán ha puesto de manifiesto una vulnerabilidad estructural del sistema energético global: la dependencia de rutas y combustibles fósiles concentrados y fácilmente interrumpibles. El Estrecho de Ormuz, arteria por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado (GNL) mundial, ha visto una drástica reducción en sus exportaciones. El efecto inmediato: mercados energéticos tambaleantes, precios al alza y economías importadoras bajo presión.

Un problema viejo con nuevas consecuencias

Las crisis por el suministro energético no son novedades. El choque del petróleo de 1973 demostró cómo conflictos políticos pueden paralizar economías enteras; entonces, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) impuso un embargo que provocó racionamientos, inflación y cambios geopolíticos profundos (ver: Britannica: Arab oil embargo). Lo que distingue la coyuntura actual es que, por primera vez a gran escala, las energías renovables son económicamente competitivas frente a los combustibles fósiles, y además son recursos domésticos (sol, viento, geotermia) que reducen la exposición a choques externos.

La evidencia económica: renovables a la par o más baratas

Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), más del 90% de los nuevos proyectos de generación renovable en 2024 resultaron más baratos que alternativas basadas en combustibles fósiles (IRENA). Esa cifra no es solo estadística: implica que las decisiones de inversión hoy pueden simultáneamente mejorar la seguridad energética y reducir costos a largo plazo.

Para países con alta dependencia de importaciones de petróleo y gas, construir capacidad renovable es una forma directa de proteger economías y presupuestos públicos frente a la volatilidad. No obstante, la transición exige planificación: almacenamiento, red eléctrica flexible, integración sectorial (electrificación del transporte e industria) y marcos regulatorios que faciliten la inversión.

China e India: estrategias distintas, resultados mixtos

China e India, dos gigantes demográficos y económicos, ilustran caminos divergentes hacia la seguridad energética con renovables. China se convirtió en líder mundial en capacidad instalada de energías limpias y en electrificación del transporte —con cerca de 1 de cada 10 automóviles siendo eléctricos, según la Agencia Internacional de la Energía (IEA) (IEA)— pero sigue siendo gran consumidora de carbón y el mayor importador de petróleo. Su tamaño le ha permitido crear amortiguadores: reservas estratégicas y flexibilidad para alternar combustibles en la industria.

India ha expandido su parque solar y eólico, aunque con menor apoyo estatal en manufactura y conexiones de red. Tras la invasión rusa a Ucrania (2022), India priorizó la seguridad energética comprando petróleo ruso barato y aumentado producción de carbón, combinando esta política con un impulso al desarrollo renovable. Como resume un experto del think tank Ember, “todos no pueden ser China”: las condiciones domésticas y la escala influyen decisivamente en la velocidad y forma de la transición.

Impactos inmediatos: quién sufre más

Los mayores damnificados de las interrupciones de suministro son las naciones importadoras y con reservas financieras limitadas. Muchos países de África y Asia dependen del petróleo importado para transporte, agricultura (fertilizantes) y cadenas de suministro. Cuando los precios suben, la inflación se acelera, se encarece el transporte y el costo de vida se dispara. Países como Benín, Zambia, Bangladesh o Tailandia están particularmente expuestos.

La fragilidad se manifiesta también en aspectos cotidianos: India enfrenta ahora escasez de gas para cocinar en algunas zonas, impulsando la compra de cocinas de inducción y provocando el temor de cierres en restaurantes; industrias como la de fertilizantes y cerámica también sienten el impacto.

Renovables como amortiguador: ejemplos concretos

En algunos países, la expansión de renovables ya ha demostrado su valor protector. Pakistan, por ejemplo, vive un auge solar que, según los think tanks Renewables First y el Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), ha evitado más de 12.000 millones de dólares en importaciones de combustibles fósiles desde 2020 y podría evitar otros 6.300 millones en 2026 si se mantienen los precios actuales (Renewables First / CREA reportes). Vietnam también observa ahorros significativos gracias a su actual generación solar, que le permite reducir importaciones de carbón y gas.

Estos ahorros tienen un efecto multiplicador: menos gasto en importaciones significa mejores cuentas fiscales, menor presión sobre reservas internacionales y mayor espacio para inversión pública en salud, educación e infraestructura.

Por qué no todos aceleran igual: barreras prácticas y políticas

A pesar de las ventajas, varios países ricos han optado por soluciones a corto plazo basadas en fósiles. Tras la crisis energética de 2022, Europa gastó billones en fósiles importados para sustituir el gas ruso; un estudio de 2023 estimó que ese gasto adicional representó alrededor del 40% de la inversión necesaria para descarbonizar su sistema eléctrico. Esa elección refleja restricciones políticas, urgencias económicas y la existencia de infraestructura fósil que pesa sobre decisiones inmediatas.

Japón, otro ejemplo, ha priorizado la diversificación de fuentes fósiles en lugar de una masiva inversión en renovables domésticas. Actualmente, la generación solar y eólica en Japón representa cerca del 11% del mix—cifra similar a la de India pero por detrás de China (aprox. 18%), según datos de Ember (Ember).

Las barreras no son solo políticas: infraestructuras de red insuficientes, falta de financiamiento para proyectos distribuidos, dependencia de manufactura extranjera para paneles y turbinas, y problemas de almacenamiento (baterías y gestión de la demanda) ralentizan la adopción.

Qué implica una transición estratégica

Para que la expansión de renovables sea efectiva como política de seguridad energética, hace falta más que instalar paneles y turbinas. Requiere:

  • Modernizar redes eléctricas: sistemas inteligentes, interconexiones regionales y capacidad para integrar generación variable.
  • Almacenamiento: baterías, hidrógeno verde, bombeo hidroeléctrico para asegurar suministro nocturno o en días sin viento.
  • Electrificación de sectores: transporte, calefacción e industria deben migrar a electricidad renovable para reducir la demanda de petróleo y gas.
  • Financiamiento y manufactura: políticas que fomenten la producción local de componentes y atraigan inversión privada y pública.
  • Protección social: medidas que mitiguen el coste de la transición para trabajadores y comunidades dependientes de la industria fósil.

Políticas que marcan la diferencia

Casos como el de China muestran que una estrategia coherente y a gran escala puede reducir vulnerabilidades. Otros países, especialmente en África, enfrentan la decisión estratégica de apostar por nuevos terminales de GNL y plantas de gas —soluciones de corto plazo— o invertir de forma sostenida en renovables para ganar autonomía energética.

Como advierten expertos: “Las crisis son características, no fallas, de un sistema basado en fósiles”. James Bowen, de la consultora ReMap Research, sintetiza la idea de que las interrupciones se repetirán mientras persista la dependencia de rutas concentradas y combustibles importados. La lección política es clara: la seguridad energética moderna integra mitigación climática, reducción de importaciones y resiliencia económica.

Mirando al futuro: oportunidades y riesgos

La buena noticia es que la competitividad de las renovables elimina uno de los grandes argumentos contra la transición: el costo. Sin embargo, la ventana de oportunidad requiere voluntad política, inversión coordenada y visión de largo plazo. De lo contrario, los gobiernos seguirán optando por parches fósiles que, a la larga, costarán más y perpetuarán la exposición a crisis geopolíticas.

Para países en desarrollo, especialmente, la elección entre seguir comprando vulnerabilidad o invertir en autonomía energética será determinante para su desarrollo económico en las próximas décadas. La energía limpia no es solo un objetivo climático: hoy es una estrategia de seguridad nacional y una herramienta de justicia económica.

Si algo queda claro es que la energía del futuro ya compite hoy. La pregunta es si gobiernos, empresas y sociedades aprovecharán esa ventaja para transformar la dependencia en resiliencia.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press