Lula y el reclamo contra la nueva forma de colonialismo: mineralogía, sanciones y el pulso por la soberanía regional
En la cumbre CELAC-África en Bogotá, el presidente brasileño trazó un paralelismo entre intervenciones históricas y las recientes presiones sobre países latinoamericanos por recursos estratégicos y política exterior
La resonancia de la palabra «colonialismo» volvió a llenar un foro internacional en Bogotá. Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, utilizó la tribuna de la cumbre CELAC-África para denunciar lo que describió como un intento renovado de apropiación —ahora centrado en minerales críticos y tierras raras— de los países en desarrollo. Sus declaraciones, pronunciadas el 21 de marzo de 2026 en la cumbre CELAC-África en Bogotá, fueron un llamado a repensar relaciones internacionales marcadas por asimetrías históricas: “No es posible que alguien piense que es dueño de otros países”, dijo Lula durante su intervención.
Un reclamo con raíces profundas
El uso del término «colonialismo» por un líder latinoamericano en un foro multilateral no es casualidad. Evoca siglos de explotación de recursos —oro, plata, diamantes y minerales— que han marcado la historia de América Latina y África. Lula recordó ese pasado para subrayar que la disputa actual no se limita a sanciones o bloqueos: incluye una carrera geopolítica por minerales estratégicos, como las tierras raras, que son esenciales en la industria tecnológica, militar y energética moderna.
Las tierras raras y ciertos minerales críticos son componentes clave en baterías, imanes para motores eléctricos, turbinas eólicas y microelectrónica. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), la demanda global de elementos como el neodimio y el disprosio ha aumentado en la última década por la transición energética y la electrificación del transporte (USGS, Mineral Commodity Summaries, 2024). Esa creciente demanda convierte a depósitos minerológicos en palancas estratégicas, y con ello las naciones que los poseen adquieren nuevas posiciones de negociación —pero también nuevos riesgos geopolíticos.
De las sanciones al bloqueo: formas contemporáneas de presión
En su discurso, Lula aludió a episodios concretos que, en su interpretación, ilustran una política de presión. Mencionó el caso de Venezuela y la captura —según reportes recientes de comienzos de 2026— del expresidente Nicolás Maduro por fuerzas extranjeras, y el bloqueo de combustible contra Cuba. Esos hechos, para Lula, son síntomas de una mentalidad intervencionista que vuelve a materializarse en la región.
Más allá del relato puntual, lo que preocupa a gran parte de la izquierda regional es la normalización de medidas que limitan la autonomía económica y política de los Estados. Las sanciones y bloqueos, combinadas con presiones comerciales (como aranceles selectivos), no solo afectan directamente el bienestar de la población, sino que también condicionan la capacidad de los gobiernos para desarrollar políticas industriales y de explotación de recursos bajo sus propios términos.
La historia que vuelve: del Monroísmo a la geopolitización de minerales
Washington, como recordó la intervención de Lula, ha tenido históricamente una política de influencia en el hemisferio occidental: la Doctrina Monroe (1823) marcó una larga tradición de considerar a América como esfera de interés estadounidense. Aunque las modalidades han variado —desde respaldos a golpes de Estado hasta sanciones multilaterales— la percepción de ingerencia persiste.
Lo novedoso del siglo XXI es la centralidad de los recursos tecnológicos. No es casual que países con grandes yacimientos de tierras raras, litio o otros minerales críticos, como varios en América Latina, sean objeto de interés por parte de potencias que buscan asegurar cadenas de suministro resilientes. En ese contexto, las tácticas van más allá de la diplomacia clásica: incluyen incentivos económicos, inversión directa, acuerdos de seguridad, y en casos extremos, sanciones y medidas coercitivas.
¿Intervención o legítima acción de seguridad?
Los defensores de medidas duras por parte de potencias extranjeras suelen argumentar razones de seguridad nacional, lucha contra el crimen organizado o defensa de intereses económicos legítimos. Sin embargo, la comunidad internacional y actores regionales plantean preguntas legítimas: ¿dónde termina la protección de intereses y dónde empieza la vulneración de soberanías? Lula insistió en el valor de respetar la integridad territorial y el no intervencionismo.
La tensión entre seguridad y soberanía se ha manifestado también en reclamos por la reforma de organismos multilaterales. Lula y el presidente colombiano Gustavo Petro apuntaron a la ineficacia del Consejo de Seguridad de la ONU para prevenir conflictos contemporáneos y para gestionar problemas globales como el cambio climático. Petro llegó a afirmar que la ONU está «actuando en impotencia» en situaciones como las de Gaza, Ucrania e Irán, y subrayó la necesidad de herramientas colectivas más eficaces para enfrentar desafíos climáticos y humanitarios.
La política interna como telón de fondo
Las posturas exteriores de líderes como Lula y Petro están también atravesadas por dinámicas domésticas. Lula anunció su intención de postularse para un cuarto mandato no consecutivo en las elecciones de octubre de 2026. En ese marco, enfatizar una agenda de soberanía, defensa de recursos naturales y crítica al intervencionismo externo puede reforzar su imagen entre sectores que valoran la autonomía nacional y la integración regional.
De manera similar, el discurso de Petro en defensa de la acción multilateral para el clima y la paz responde a un elector que exige resultados tangibles en materia social y ambiental, mientras que la condena de la injerencia aparece como defensa de principios republicanos básicos.
Divisiones regionales y asistencia diplomática selectiva
No obstante, la cumbre en Bogotá también expuso las fracturas dentro de la región: la asistencia limitada de presidentes y primeros ministros puso de manifiesto diferencias ideológicas y de interés nacional. Aun así, la presencia de mandatarios como los de Brasil, Uruguay y Colombia —junto a representantes de Guyana, San Vicente y las Granadinas, Burundi y otros— permitió un espacio de coordinación política que puede traducirse en iniciativas conjuntas para proteger cadenas de valor estratégicas y denunciar prácticas coercitivas.
Un aspecto pragmático que suele quedar relegado en los discursos es la necesidad de diversificar socios y mecanismos de extracción y procesamiento de minerales críticos para evitar dependencia monopólica. Iniciativas de cooperación Sur–Sur, alianzas con potencias no occidentales y el fortalecimiento de la industria local pueden ser herramientas para reducir vulnerabilidades.
Propuestas prácticas para defender la soberanía económica
- Transparencia en contratos mineros: Publicación de acuerdos, cláusulas de beneficio local y auditorías independientes para evitar esquemas predatorios.
- Integración regional de cadenas de valor: Crear consorcios sudamericanos y caribeños para refinar y procesar minerales, aumentando valor agregado local.
- Marco normativo común: Normas ambientales y laborales compartidas que impidan la carrera a la explotación más barata y contaminante.
- Política exterior diversificada: Estrechar lazos con múltiples socios globales para evitar dependencia de una sola potencia.
- Fomento a la ciencia y tecnología local: Inversión en investigación aplicada para reducir la importación de tecnologías críticas y desarrollar industrias propias.
Retos y límites
Los desafíos para llevar estas propuestas a la práctica son enormes. Requieren recursos, gobernanza sólida y, sobre todo, confianza entre gobiernos que muchas veces compiten por los mismos mercados y capitales. Además, la presión externa puede tomar formas más sutiles, como financiamiento condicionado, lobby corporativo o campañas de desinformación que polarizan sociedades.
No obstante, la alerta de líderes como Lula y Petro ofrece una oportunidad política: reabrir el debate sobre soberanía, integración regional y justicia en la distribución de beneficios derivados de los recursos naturales. Si la región logra traducir ese debate en políticas concretas, podría reducir su exposición a medidas coercitivas y construir una arquitectura económica más resiliente en un mundo cada vez más competitivo por los recursos críticos.
Una frase que resume el dilema
Como sintetizó Lula durante su intervención en la cumbre: «Después de haberse llevado todo lo que teníamos, ahora quieren apropiarse de los minerales críticos y las tierras raras que poseemos. Quieren colonizarnos de nuevo» (discurso en la Cumbre CELAC-África, Bogotá, 21 de marzo de 2026). Esa declaración no sólo es un reclamo retórico: es una invitación a repensar cómo los países en desarrollo defienden su futuro tecnológico, económico y ambiental frente a dinámicas geopolíticas renovadas.
La incógnita ahora es si la región será capaz de convertir esa indignación en estrategias concertadas, o si las divisiones internas permitirán que las mismas inercias de dependencia y vulnerabilidad continúen dictando el destino de sus recursos y su autonomía política.
