Rompiendo el silencio en los campos: el largo combate contra el acoso sexual a trabajadoras agrícolas en EE. UU.

Cómo décadas de organización femenina, litigios y programas como Fair Food han transformado la denuncia, la protección y las políticas, aunque persisten barreras estructurales para las trabajadoras agrícolas

Los campos agrícolas de Estados Unidos han sido históricamente espacios de producción alimentaria y también, lamentablemente, de abuso silencioso. Durante décadas, miles de mujeres que cosechan, empaquetan y cuidan cultivos han sufrido acoso sexual y agresiones en condiciones que favorecen la impunidad: aislamiento geográfico, relaciones de dependencia laboral, barreras lingüísticas y miedo a represalias por su estatus migratorio.

Una realidad difícil de cuantificar

Estadísticas oficiales y estudios de organizaciones civiles coinciden en una tragedia persistente. Aunque las cifras varían según las metodologías, algunos puntos clave ayudan a dimensionar el problema: cerca del 25% de los más de un millón de trabajadores agrícolas contratados en Estados Unidos son mujeres; encuestas y estudios de entidades como Human Rights Watch, la Southern Poverty Law Center y la Universidad de California en Santa Cruz han mostrado que alrededor del 80% o más de las trabajadoras agrícolas han reportado alguna forma de acoso sexual en el trabajo.

El subregistro es la norma: muchas víctimas no denuncian por miedo a perder su empleo, ser deportadas o por una profunda desconfianza hacia las instituciones. Entre 2020 y 2022, más del 40% de los trabajadores agrícolas carecían de autorización de trabajo según estimaciones gubernamentales, y muchas trabajadoras permanecen en programas de visas H-2A que las vinculan directamente a un empleador, lo cual reduce drásticamente su margen para reclamar derechos sin consecuencias laborales o migratorias.

Los hitos legales y las voces que rompieron el silencio

Un punto de inflexión ocurrió en 1999 cuando la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo de EE. UU. (EEOC) ganó un acuerdo de 1.85 millones de dólares contra un gran productor de lechuga en California en favor de una trabajadora que denunció avances sexuales por parte de sus supervisores y fue despedida tras reclamar. Ese fallo, además de ser simbólico, tuvo efectos prácticos: abrió la puerta a más demandas, compensaciones y a una mayor atención institucional sobre el problema.

Al mismo tiempo, el activismo de base, liderado en muchos casos por mujeres, fue esencial para transformar la cultura y facilitar denuncias. Grupos como Líderes Campesinas, la Coalición de Trabajadores de Immokalee (Coalition of Immokalee Workers, CIW) y Justice for Migrant Women desarrollaron campañas de educación, acompañamiento legal y redes de apoyo que cambiaron la percepción de muchas comunidades: de considerar el acoso como un asunto privado o inevitable, a identificarlo como un delito y una violación de derechos laborales.

Programas empresariales y acuerdos que marcaron diferencia

En regiones donde se implementaron políticas contractuales y códigos de conducta con monitoreo externo, las condiciones mejoraron de forma tangible. Un ejemplo paradigmático es el Fair Food Program (Programa de Comercio Justo de Immokalee), una iniciativa que vincula a compradores grandes —como cadenas de supermercados y restaurantes— con productores que aceptan y cumplen un código de conducta que incluye formación sobre acoso sexual, mecanismos de denuncia y protocolos de investigación independientes. Además, medidas prácticas como la obligación de instalar baños móviles en zonas de cosecha han reducido situaciones de riesgo que antes justificaban agresiones durante los desplazamientos a servicios sanitarios.

Como recuerda Nely Rodriguez, ex trabajadora y miembro de movimientos organizados, la disponibilidad de baños cercanos “fue un cambio radical”: antes muchas mujeres aceptaban que un capataz las llevara en un vehículo a un baño lejano y en esos trayectos sufrían agresiones. El Fair Food Program demostró que implementar normas laborales exigibles y supervisadas por terceros puede traducirse en protecciones reales para mujeres de campo.

Del tabú al lenguaje para nombrar el abuso

Uno de los logros más importantes del activismo femenino en el sector ha sido romper el tabú: convertir el silencio y la vergüenza en palabras, denuncias y estrategias legales. Testimonios de mujeres que sufrieron tocamientos, insinuaciones y agresiones empezaron a aflorar con mayor frecuencia a partir de los años 2000 y ganaron visibilidad global con movimientos como #MeToo en 2017. Ese contexto internacional ofreció un vocabulario y una legitimidad que muchas sobrevivientes agricultores utilizaron para contar lo que les había pasado.

Los relatos no solo impulsaron litigios y campañas de conciencia: también fortalecieron la formación de redes de apoyo legal y psicológico para trabajadoras que antes estaban aisladas. Programas como el TIME’S UP Legal Defense Fund comenzaron a ofrecer asistencia jurídica a mujeres de bajos recursos, incluidas trabajadoras del campo, para enfrentar a empleadores y responsables directos.

Persisten barreras estructurales y nuevos desafíos

Pese a los progresos, las amenazas no han desaparecido. La combinación de inmigración irregular, contratos de trabajo temporales, presión económica y dispersión geográfica sigue limitando la capacidad de muchas mujeres para denunciar sin riesgo. Además, coyunturas políticas que endurecen la fiscalización migratoria frenan actividades educativas y forzan a organizaciones a operar con más cautela, reduciendo el alcance de campañas y conferencias informativas.

Expertos y activistas subrayan que la protección efectiva exige cambios sistémicos: políticas públicas que garanticen permisos de trabajo independientes del empleador, reforzamiento de inspecciones laborales, programas de capacitación obligatorios para empleadores y supervisores, y acceso a servicios legales y psicológicos sin barreras administrativas ni lingüísticas.

Lecciones aprendidas y el camino por delante

  1. La organización de base funciona: las redes lideradas por mujeres en las comunidades agrícolas demostraron ser decisivas para identificar abusadores, acompañar denuncias y presionar por cambios contractuales y legales.
  2. Los mecanismos vinculantes cuentan: acuerdos como el Fair Food Program muestran que la exigibilidad y la supervisión externa reducen el acoso y mejoran las condiciones laborales.
  3. La legalidad y la protección migratoria importan: los trabajadores con estatus precario son especialmente vulnerables; la desvinculación del permiso de trabajo del empleador puede disminuir el chantaje y el miedo a denunciar.
  4. La prevención requiere recursos sostenidos: campañas educativas, formación en derechos laborales y servicios de apoyo necesitan financiamiento continuo para sostenerse y ampliar su cobertura.

En palabras de activistas que han dedicado décadas a esta causa, “romper el silencio fue el primer acto de justicia”. Pero la justicia plena demanda políticas públicas coherentes, compromiso del sector privado y recursos que permitan a las trabajadoras agrícolas vivir y trabajar sin temor a ser acosadas o explotadas.

Qué puede hacer la sociedad

  • Exigir a compradores y cadenas de suministro que adopten códigos de conducta vinculantes y mecanismos de auditoría independiente.
  • Apoyar a organizaciones de defensa y fondos legales que atienden a sobrevivientes de comunidades agrícolas.
  • Presionar por reformas migratorias que reduzcan la vulnerabilidad laboral ligada al estatus.
  • Valorar y amplificar las voces de las propias trabajadoras en la formulación de políticas y en foros públicos.

La transformación ya está en marcha: mujeres líderes, asociaciones de trabajadoras y litigios estratégicos han conseguido cambios concretos en ciertas regiones. Sin embargo, la extensión de esas mejoras a todo el sector agrícola exigirá voluntad política, supervisión corporativa y, sobre todo, que la sociedad reconozca que la seguridad y la dignidad de quienes cultivan nuestros alimentos no es un lujo, sino una obligación ética y legal.

“No queremos caridades: queremos derechos”, resume la demanda central de muchas trabajadoras y defensoras. Es hora de escucharla con políticas y hechos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press