Cámaras en guerra: cómo la vigilancia urbana se convirtió en objetivo y herramienta en conflictos modernos

De terrazas y semáforos a salas de situación: por qué los sistemas de vigilancia conectados son el nuevo frente en la ciberguerra

Las cámaras que antes servían para vigilar tiendas, monitorear cruces y disuadir robos hoy forman parte de una nueva ecuación estratégica: en manos equivocadas pueden transformarse en sensores de guerra que localizan líderes, guían ataques y desnudan la movilidad de poblaciones enteras. El fenómeno, que combina hardware inseguro, prácticas de instalación negligentes y potentes herramientas de inteligencia artificial, ha convertido la infraestructura de videovigilancia urbana en un objetivo y un multiplicador de efectos en conflictos recientes.

Un problema de escala

Analistas estiman que en la actualidad existen más de mil millones de cámaras de seguridad instaladas en todo el mundo, una cifra que —según varios informes sectoriales— se ha triplicado en la última década. Ese crecimiento, alimentado por la abaratación del hardware, la proliferación de servicios en la nube y la demanda de ciudades “inteligentes”, ha multiplicado también la superficie de ataque para actores estatales y no estatales.

“Hay millones y millones y millones de estas cámaras por todo el mundo”, dijo el investigador Paul Marrapese en una conversación con periodistas de investigación. Marrapese, quien desde 2019 alerta sobre la vulnerabilidad de numerosos dispositivos expuestos en internet, señaló que escaneos recientes han detectado casi tres millones de cámaras sin protección en diversos países, incluidas alrededor de 2.000 en Irán.

Vulnerabilidades triviales que tienen consecuencias letales

En muchos casos, las fallas no son sofisticadas: equipos con contraseñas por defecto, firmware sin actualizar, software pirata y configuraciones que activan el acceso remoto sin medidas de seguridad. Basta explotar una sola de esas debilidades para obtener acceso a decenas, cientos o miles de cámaras. “Son apenas aparatitos tontos... es como pescar en un barril”, resumió Marrapese al describir la facilidad de penetración de muchos sistemas.

Además, no solo las cámaras domésticas o comerciales están en riesgo. Incluso sistemas de vigilancia instalados por gobiernos pueden ser comprometidos por la acción de un infiltrado o por la explotación de un punto único vulnerable en una red supuestamente aislada. Ese riesgo interno convierte en frágil cualquier estrategia basada únicamente en el aislamiento físico o en redes cerradas.

Cuando la inteligencia artificial encuentra imágenes

La conjunción entre cámaras vulnerables y algoritmos de inteligencia artificial ha resuelto un obstáculo crucial para militarizar los flujos de video: la selección y el análisis masivo de imágenes. Antes, obtener imágenes no bastaba; había que dedicar equipos de analistas a revisar horas y horas de metraje para identificar a una persona, un vehículo o una ruta habitual. Hoy, modelos de reconocimiento facial, detección de objetos y búsqueda por palabras clave permiten filtrar rápidamente miles de horas de video y localizar patrones o rostros en tiempo real.

Bruce Schneier, criptógrafo y experto en seguridad, lo sintetiza así: “Con sistemas de IA ... puedes automatizar mucho más. Antes podías hackear las cámaras, pero los humanos tenían que hacer el trabajo real de ubicar a la persona. Ahora eso se puede hacer casi automáticamente” (Bruce Schneier, especialista en seguridad).

Casos recientes que ilustran el riesgo

Los conflictos de los últimos años ofrecen ejemplos concretos de cómo la videovigilancia ha pasado de ser evidencia a convertirse en herramienta operativa. En 2023, grupos armados consiguieron acceder a cámaras de vigilancia en áreas fronterizas y en zonas urbanas antes de lanzar operaciones, lo que les permitió monitorear patrullas y movimientos. En escenarios europeos y ucranianos, también se han reportado intentos de secuestrar feeds para vigilar posiciones militares y cruces fronterizos.

El caso que más ha puesto el problema en primer plano —y que alimenta el debate sobre la seguridad de las cámaras urbanas— fue el uso de sistemas de videovigilancia para rastrear los movimientos de figuras políticas en capitales con densas redes de tráfico y cámaras. Fuentes vinculadas a operaciones de inteligencia sostienen que, en ocasiones, cámaras de tráfico o cámaras públicas con vistas a plazas y accesos han sido aprovechadas para seguir rutinas, identificar vehículos y determinar rutas de protección.

El dilema del régimen autoritario

En particular, los estados que han invertido fuertemente en videovigilancia para controlar protestas y disidentes enfrentan una paradoja: la misma infraestructura diseñada para reforzar el poder puede volverse contra sus dirigentes. Conor Healy, director de investigación de la publicación especializada IPVM, expresó la idea con crudeza: “La ironía es que la infraestructura que los estados autoritarios construyen para hacer su dominio inquebrantable puede ser justamente lo que vuelve a sus líderes más visibles para quienes buscan acabar con ellos” (Conor Healy, IPVM).

Este llamado “dilema del déspota” obliga a repensar políticas de seguridad. Cuanto más datos se acumulan —ubicaciones, rostros, patrones de tránsito— más valiosa se vuelve la infraestructura para cualquier adversario que logre acceder a ella.

Factores que facilitan la explotación

  • Dependencia de hardware y software importado: países sancionados o con restricciones de acceso a tecnología actualizada a menudo recurren a soluciones más baratas, de menor soporte y con actualizaciones limitadas.
  • Uso de software no licenciado: sistemas operativos o aplicaciones con parches obsoletos son una puerta de entrada para explotaciones automatizadas.
  • Mala higiene digital: contraseñas por defecto, acceso remoto abierto y políticas de gestión de usuarios laxas.
  • Ausencia de monitoreo continuo: muchas instalaciones no cuentan con detección de intrusiones específicas para cámaras y sus servidores asociados.

Consecuencias estratégicas y operativas

Cuando un actor logra acceso sostenido a una red de cámaras, las posibilidades son múltiples: seguimiento en tiempo real de objetivos, confirmación visual previa a un ataque, verificación de bajas o daños, y recopilación de inteligencia sobre redes de protección. En suma, las cámaras pueden sustituir en gran medida a recursos humanos expuestos y reducir el margen de error en operaciones de alto riesgo.

Además, la circulación de imágenes puede tener efectos políticos y psicológicos inmediatos: desmoralización, difusión de imágenes comprometedores o —al contrario— uso de material filtrado para denunciar abusos. Por ello, el control de los flujos de video se ha vuelto también una dimensión de la guerra informativa.

Qué se puede hacer: medidas técnicas y de política

Las soluciones no son simples ni baratas, pero sí necesarias. Entre las respuestas más urgentes se destacan:

  • Higiene básica de ciberseguridad: cambiar contraseñas por defecto, aplicar actualizaciones de firmware y restringir acceso remoto solo mediante redes seguras.
  • Segmentación de redes: mantener las cámaras en subredes aisladas con reglas estrictas de firewall y limitar el punto de exposición hacia internet.
  • Gestión de identidades y accesos: políticas de cuentas con autenticación multifactor para administradores y registros de auditoría.
  • Capacitación y controles internos: minimizar el riesgo de un “insider” con acceso indebido mediante controles de acceso y rotación de credenciales.
  • Evaluaciones de riesgo y pen-testing: auditorías periódicas por equipos independientes que prueben la resiliencia de los sistemas.
  • Regulación y certificación: exigir estándares de seguridad para equipos vendidos a instituciones públicas y privadas; controles de exportación orientados a evitar el uso indebido.

No obstante, expertos advierten que estas medidas son parciales si no van acompañadas de políticas públicas y cooperación internacional para regular cadenas de suministro, estándares y prácticas de interoperabilidad segura.

El factor humano sigue siendo la debilidad

“Los humanos son, de alguna manera, el eslabón más débil”, dijo Marrapese al señalar que, aun con tecnología robusta, errores operativos o descuidos pueden permitir el acceso indeseado. Esa observación enfatiza que la seguridad técnica debe complementarse con formación, cultura organizacional y mecanismos de supervisión efectivos.

Reflexión final: una infraestructura dual

La proliferación de cámaras en las ciudades crea una infraestructura dual: simultáneamente protege y expone. Para las sociedades democráticas, el reto es balancear la seguridad pública y la privacidad sin crear vectores de ataque. Para los estados autoritarios, la lección es más dura: la concentración de datos sin garantías técnicas y humanas puede transformarse en un factor de debilidad estratégica.

En un mundo donde la inteligencia artificial hace asequible procesar millones de imágenes en segundos, la pregunta deja de ser si las cámaras pueden ser explotadas y pasa a ser cuándo, por quién y con qué medidas de mitigación. Las respuestas determinarán no solo la seguridad de individuos y ciudades, sino la defensa y la vulnerabilidad de estados enteros.

Fuentes y citas:

  • Declaraciones de Paul Marrapese sobre escaneos y hallazgos (entrevista con investigadores en 2019 y seguimientos posteriores).
  • Cita de Conor Healy sobre el dilema de los regímenes autoritarios (IPVM).
  • Cita de Bruce Schneier sobre la combinación de IA y cámaras (comentarios públicos del experto en seguridad).
  • Estimaciones de número de cámaras y tendencias de crecimiento publicadas por firmas de ciberseguridad y analistas del sector.
Este artículo fue redactado con información de Associated Press