Cuando la guerra en el Golfo siembra hambre: la crisis global del fertilizante y sus consecuencias
Cómo el cierre parcial del Estrecho de Ormuz y la subida de los precios energéticos amenazan las cosechas, los ingresos de los agricultores y la estabilidad alimentaria mundial
La seguridad alimentaria mundial pende de cadenas de suministro finas y vulnerables. En 2026, la escalada del conflicto en Irán —con su casi cierre del Estrecho de Ormuz en represalia por ataques— ha desatado un nuevo choque en esas cadenas: el suministro de fertilizantes se está reduciendo justo cuando millones de agricultores deben sembrar. El resultado potencial es simple y brutal: menores rendimientos, caída de ingresos para pequeños productores y alzas en los precios de los alimentos para consumidores en todo el mundo.
Por qué los fertilizantes importan y qué está en juego
Los fertilizantes, especialmente los que aportan nitrógeno (como la urea) y fosfatos, son insumos críticos que determinan la productividad agrícola moderna. Según expertos, la urea es el fertilizante más comercializado a escala global y juega un papel central en el incremento de rendimientos. Cuando su suministro se interrumpe durante la época de siembra, las plantas pierden etapas clave de crecimiento y las pérdidas se reflejan meses después en cosechas menores.
“En el peor de los casos, esto significa menores rendimientos y fracasos de cosecha la próxima temporada. En el mejor, los mayores costos se trasladen a los precios de los alimentos el año que viene”, advirtió Carl Skau, subdirector ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (World Food Program), ante la tensión en las rutas del Golfo Pérsico.
El papel del Estrecho de Ormuz y las cifras que preocupan
El Estrecho de Ormuz es una arteria logística estratégica: normalmente maneja alrededor de una quinta parte del transporte petrolero mundial y cerca de un tercio del comercio mundial de fertilizantes. Cerrar o restringir ese paso no solo encarece el petróleo, sino que también altera la disponibilidad de subproductos y materias primas esenciales para la producción de fertilizantes, como el gas natural y el azufre.
Chris Lawson, analista de la consultora CRU Group, ha señalado que el conflicto ha restringido aproximadamente el 30% del comercio mundial de urea, lo cual es una cifra de alto impacto porque urea y otros productos nitrogenados son la base de los paquetes fertilizantes que aplican millones de agricultores cada temporada.
Impactos inmediatos: agricultores que ya sienten la presión
En países como India, donde los pequeños propietarios representan la mayoría, la temporada de demanda máxima coincide con junio. Baldev Singh, un agricultor de arroz de 55 años en Punjab, describió la situación: “Ahora estamos esperando y esperando. Si el gobierno no subsidia cuando la demanda suba, muchos pequeños no podrán sobrevivir”. La experiencia india es instructiva: el gobierno prioriza el suministro de urea y subsidia su consumo; sin embargo, esos subsidios cuestan caro. El Instituto para la Economía de la Energía y el Análisis Financiero (IEEFA) registró que India presupuestó 12.700 millones de dólares para subsidios de urea en el último año, una cifra que atenúa la presión inmediata pero limita la inversión a largo plazo en sostenibilidad agrícola.
En África oriental, la situación es igualmente delicada. Etiopía depende en más del 90% de su nitrógeno importado por la ruta del Golfo a través de Djibouti, y los retrasos en esa ruta ya han tensionado entregas. Stephen Muchiri, dirigente de la Federación de Agricultores del África Oriental, señaló que las lluvias tempranas dejaron solo una ventana corta para preparar los campos y aplicar fertilizantes; cuando estos faltan, los agricultores deben decidir entre sembrar sin insumo o arriesgar la temporada.
Economía agrícola: márgenes estrechos y decisiones difíciles
Los precios de los fertilizantes todavía no han alcanzado los picos observados tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, pero la diferencia hoy es que los precios de los granos son más bajos que entonces. Joseph Glauber, del International Food Policy Research Institute, explica que con precios de los cultivos deprimidos, los márgenes de los agricultores son más estrechos, lo que reduce su capacidad de absorber aumentos en los costos de insumos. La consecuencia práctica: más agricultores podrían reducir la dosis de fertilizante aplicada o cambiar a cultivos menos exigentes en nutrientes —por ejemplo, pasar de maíz a soja— lo que rebajaría la productividad por hectárea y, a la larga, presionaría al alza los precios al consumidor.
¿Pueden otros países cubrir el déficit?
La respuesta es, a corto plazo, limitada. China, el mayor productor mundial de nitrógeno y fosfatos, ha priorizado su demanda interna y solo es probable que reanude exportaciones de urea a niveles normales en fechas posteriores. Rusia, otro gran proveedor, opera ya cercano a su máxima capacidad. Incluso si la demanda global se coordina, la capacidad ociosa disponible es insuficiente para compensar un corte prolongado en las exportaciones desde el Golfo.
Además, el transporte marítimo y los seguros se encarecen en escenarios de riesgo geopolítico. Como señaló Owen Gooch, analista de Argus Consulting Services, tras cualquier conflicto los productores del Golfo buscarán garantías de seguridad antes de reanudar envíos, y las pólizas de seguro marítimo subirán sus tarifas, incrementando así el costo final del fertilizante.
Consecuencias ecológicas y oportunidades para el cambio
La dependencia de fertilizantes sintéticos tiene también un costo ambiental: el uso excesivo de urea ha degradado suelos en regiones donde su aplicación no se calibra con análisis de suelos ni prácticas de manejo regenerativo. En la India, por ejemplo, el uso intensivo de urea ha contribuido a problemas de salinidad y pérdida de materia orgánica.
Ante la crisis, expertos y activistas ven una oportunidad para diversificar estrategias. Oliver Oliveros, coordinador ejecutivo de la Coalición por la Agroecología, plantea que reducir la dependencia de fertilizantes importados y recuperar sistemas agroecológicos puede fortalecer la resiliencia frente a shocks energéticos y climáticos: rotación de cultivos, abonos verdes, compostaje y fertilizantes orgánicos locales pueden aliviar vulnerabilidades, aunque requieren inversión, capacitación y tiempo para escalar.
Qué pueden hacer los gobiernos y la comunidad internacional
- Subsidios y apoyo focalizado: Los subsidios temporales pueden evitar que pequeños agricultores se arruinen en la temporada actual, pero deben implementarse con criterios que no fomenten el uso ineficiente a largo plazo.
- Promover la producción local y regional: Invertir en plantas de producción de fertilizantes alimentadas por recursos locales (biogás, recuperación de fósforo de residuos) puede reducir exposición a choques internacionales.
- Mejorar acceso a insumos alternativos: Programas que fomenten abonos orgánicos, inoculantes microbianos y prácticas regenerativas pueden reducir la demanda neta de insumos minerales.
- Garantías logísticas y seguros: Negociaciones diplomáticas para mantener rutas marítimas abiertas y mecanismos internacionales de seguro para granos y fertilizantes reducirían la volatilidad de precios.
- Cooperación agrícola técnica: Transferir conocimientos sobre manejo eficiente de fertilizantes (fertilización de precisión, análisis de suelos) ayuda a obtener más por cada kilo de nutriente aplicado.
Una crisis que es aviso y oportunidad
La presión sobre los fertilizantes por la guerra en el Golfo no es un problema aislado: se entrelaza con la crisis energética, la dependencia de rutas clave y las tensiones climáticas que ya complicaban la agricultura en países vulnerables. Como observan varios especialistas, esta coyuntura puede empujar a gobiernos y mercados a repensar modelos agrícolas dependientes de combustibles fósiles y cadenas logísticas largas.
“El sistema alimentario es frágil y depende de cadenas de suministro estables para que los agricultores produzcan lo que el mundo necesita”, dijo Hanna Opsahl-Ben Ammar de Yara International, una de las grandes empresas del sector. La pregunta es si los actores —estados, empresas y comunidades rurales— aprovecharán esta advertencia para construir sistemas más resilientes o simplemente parchearán el problema hasta la próxima crisis.
Sea cual sea la vía, una cosa está clara: cuando faltan nutrientes en los campos, el efecto se siente en la mesa de millones. Políticas oportunas, inversión en alternativas y diplomacia activa pueden marcar la diferencia entre una temporada difícil y una conmoción alimentaria de mayor alcance.
