Hormuz en manos de Irán: la creación de un 'peaje' estratégico que reconfigura el mercado energético

Cómo la supervisión de la Guardia Revolucionaria, los desvíos por aguas territoriales y los flujos hacia China están transformando la arteria más importante del petróleo mundial

La absurda normalidad de un estrecho bajo control: desde marzo, el tráfico por el estrecho de Hormuz se ha desplomado casi a niveles de emergencia y, mientras tanto, Irán parece estar configurando un sistema permanente para vigilar, filtrar y —cuando conviene— cobrar por el tránsito marítimo. El resultado es una nueva geografía económica y de seguridad que afecta precios, cadenas de suministro y la política internacional.

Un corredor petrolero convertido en pasarela controlada

El estrecho de Hormuz conecta el golfo Pérsico con el océano Índico y es, por volumen, la vía marítima más relevante para el transporte de petróleo crudo y derivados. Antes del conflicto actual, circular por Hormuz implicaba decenas de miles de tránsitos anuales; desde marzo, según información de Lloyd’s List Intelligence citada por múltiples reportes, el tránsito se ha reducido a alrededor de 150 embarcaciones, es decir, a poco más de lo que normalmente pasa en un solo día antes de la guerra.

Ese hundimiento del tráfico no es sólo un indicador económico: es un síntoma de que la seguridad del paso ya no está garantizada y de que actores regionales pueden imponer condiciones unilaterales al comercio internacional.

La táctica del desvío y la creación del 'peaje'

Fuentes navieras y análisis de empresas de inteligencia marítima describen cómo las rutas han cambiado: en lugar de usar el canal central de dos carriles, muchas embarcaciones optan por rodear Larak, moviéndose hacia aguas que Irán considera territoriales. Al hacerlo quedan sometidas a los procedimientos que impone la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC): registrarse con intermediarios aprobados, revelar carga, propietarios, destino y la lista completa de tripulantes. Después, si son autorizadas, reciben un código y, en muchos casos, son escoltadas por un buque de la IRGC.

El término que han acuñado analistas es el de un «peaje» de facto: no todos pagan directamente, pero al menos dos embarcaciones han abonado una suma —según reportes, en yuanes— para garantizar su paso seguro. Lloyd’s List Intelligence llegó a afirmar que “la IRGC ha impuesto un régimen de ‘peaje’ de facto en el estrecho de Hormuz”.

Consecuencias inmediatas: precios y abastecimiento

La caída del tránsito y los ataques a embarcaciones (el Organismo Marítimo Internacional ha registrado al menos 18 barcos golpeados y siete marinos muertos desde el inicio del conflicto) han alterado la oferta global de hidrocarburos. Cuando el estrecho, por su volumen, se tensiona, los mercados reaccionan con volatilidad: los precios del petróleo suben y los importadores asiáticos —China, India, Corea del Sur y Japón entre ellos— enfrentan rutas alternativas más largas y costosas o la necesidad de comprar en mercados más caros.

Un dato ilustrativo: la isla Kharg, terminal iraní importante, cargó 1.6 millones de barriles en marzo, cifra que, según la firma Kpler, se mantuvo cercana a los niveles previos al conflicto. Sin embargo, esa continuidad en las cargas iraníes no implica normalidad: la mayor parte del petróleo sigue yendo a compradores privados pequeños en China dispuestos a eludir sanciones occidentales, lo que explica por qué parte del comercio persiste pese a la presión internacional.

¿Legalidad? Choque con la ley del mar

Los argumentos iraníes, presentados ante la Organización Marítima Internacional (OMI), sostienen que las medidas son «precauciones» en aras de la seguridad marítima y que están dentro de los principios del derecho internacional. Sin embargo, expertos en derecho marítimo y actores regionales lo cuestionan radicalmente.

El artículo 19 de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece el derecho de paso inocente de buques por agua territorial. Salvo excepciones concretas y limitadas, los Estados ribereños no pueden obstaculizar el tránsito de buques pacíficos que no perjudiquen su seguridad o orden público. Colocar un régimen de control que exige autorización, escolta y cobro de tarifas plantea, por tanto, una colisión directa con esa norma internacional.

Sal Mercogliano, historiador marítimo, sintetiza la controversia: “No hay ninguna disposición en el derecho internacional que permita establecer una caseta de peaje y extorsionar al tráfico. Esto es Irán empleando el control real que ostenta ahora sobre Hormuz”.

La respuesta diplomática y regional

La OMI ha condenado los ataques contra embarcaciones y pidió una acción internacional coordinada para garantizar la libertad de navegación. Estados Unidos, países europeos y varios del Golfo han elevado su alarma. El secretario general del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) calificó la recaudación de tarifas como una “agresión” y una violación de la ley del mar.

En privado y en público, voces del sector energético han denunciado la práctica. Sultan al-Jaber, director de ADNOC (Abu Dhabi National Oil Company), llegó a calificar la maniobra como “terrorismo económico” durante un evento en Washington: “Armar el estrecho de Hormuz no es un acto de agresión contra una sola nación; es terrorismo económico contra cada consumidor, cada familia que depende de energía y alimentos asequibles” (Middle East Institute, declaración pública).

China y la reconfiguración de aliados comerciales

Una de las piezas clave en este tablero es el papel de China. El flujo de petróleo iraní que logra salir vía Kharg y otros puertos se encamina mayoritariamente a compradores privados chinos que, en muchos casos, están dispuestos a pagar en yuanes o beneficiarse de cadenas alternativas para sortear sanciones estadounidenses. Datos de transitos muestran que, aunque en términos globales China representó aproximadamente el 10% de las embarcaciones en un período reciente, la participación de naves vinculadas a Irán alcanzó hasta el 60% en las fases iniciales del conflicto e incluso cerca del 90% en los días más recientes.

Ese patrón refuerza una hipótesis estratégica: Irán estaría priorizando la preservación de sus ventas a quienes no responden a presiones occidentales, asegurando vías seguras para el envío de hidrocarburos hacia compradores “amistosos” o neutrales, y estableciendo esquemas de pago en monedas distintas al dólar para minimizar el efecto de sanciones.

Riesgos a mediano y largo plazo

Si el régimen de control se consolida —por vías formales, como un proyecto de ley parlamentario para codificar cobros, o por prácticas administrativas— las consecuencias serán profundas:

  • Fragmentación de la libertad de navegación: operadores navieros podrían verse obligados a elegir entre pagar, asumir riesgos de seguridad o desviar rutas —todo ello con costos crecientes.
  • Incremento sostenido de precios energéticos: incluso la percepción de inestabilidad en Hormuz se traduce en primas de riesgo que encarecen el petróleo Brent y el crudo estadounidense.
  • Militarización y mayor presencia naval: potencias extra-regionales —con EE. UU. a la cabeza— podrían aumentar patrullas para asegurar corredores, elevando la probabilidad de incidentes y enfrentamientos.
  • Mayor dependencia de rutas alternativas: los proveedores y navieras podrían concentrarse en rutas más largas (por ejemplo, circunnavegando África) o en incrementar el uso de oleoductos terrestres, opciones que elevan costos y tiempos.

¿Hay soluciones realistas?

La solución pasa por varias líneas que deben ejecutarse de manera coordinada:

  1. Diplomacia multilateral fuerte: la OMI y la ONU pueden coordinar misiones de observación y presión legal, respaldadas por coaliciones internacionales que defiendan la libertad de navegación.
  2. Presión económica y sancionatoria dirigida: apuntar a redes y personas que facilitan el sistema de peajes, sin dañar el comercio legítimo, requerirá inteligencia y cooperación entre jurisdicciones.
  3. Corredores seguros internacionales: establecer reglas y escoltas multinacionales para tránsitos podría restituir confianza, aunque implicaría un alto coste político y operativo.
  4. Alternativas comerciales: acelerar inversiones en infraestructuras de transporte alternativo y reservas estratégicas puede atenuar el apalancamiento que hoy tiene el estrecho.

En el corto plazo, el mundo observa con preocupación cómo un estrecho que históricamente fue vía común y neutral se transforma en herramienta de poder. La economía global, sensible a cualquier interrupción en el suministro energético, ya paga la factura. La pregunta central es si la comunidad internacional actuará con la coordinación y determinación suficientes para impedir que un paso marítimo esencial se convierta en un peaje permanente, o si los hechos en el agua acabarán por normalizar una nueva regla del juego, donde la fuerza y la geopolítica reemplacen la predictibilidad del comercio.

Fuentes citadas: Lloyd’s List Intelligence; Organización Marítima Internacional (OMI); Kpler; declaraciones públicas de Sultan al-Jaber en el Middle East Institute.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press