Afganistán y la tempestad recurrente: por qué las inundaciones y avalanchas golpean con más fuerza

Cómo la combinación de factores ambientales, sociales y estructurales transforma lluvias y nevadas en desastres humanos y qué se puede hacer para mitigar el impacto

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En las últimas jornadas, Afganistán sufrió una nueva ola de desastres meteorológicos: inundaciones, deslizamientos y tormentas que han dejado decenas de víctimas, decenas de heridos y destrucción de viviendas, caminos y tierras agrícolas. Más allá del dolor inmediato, esos episodios evidencian un patrón más profundo: eventos climáticos extremos que encuentran sociedades y territorios cada vez más vulnerables.

El desastre reciente y su dimensión

Según informes de las autoridades afganas, en un lapso de 24 horas se registraron al menos 17 muertos y 26 heridos por inundaciones, deslizamientos y tormentas en 13 de las 34 provincias del país, principalmente en las regiones occidental, central y noroccidental. Además de las pérdidas humanas, se reportaron alrededor de 147 viviendas destruidas total o parcialmente, 80 kilómetros de carreteras arrasadas y daños significativos en tierras agrícolas e infraestructuras de riego.

Estos números, aunque todavía provisionales y sujetos a revisión conforme avancen las evaluaciones sobre el terreno, remiten a una realidad recurrente: las catástrofes hidro-meteorológicas en Afganistán suelen golpear con intensidad y rapidez, y sus efectos se amplifican por condiciones estructurales y socioeconómicas que dificultan la respuesta y la recuperación.

Factores que amplifican cada evento

  • Infraestructura frágil: Muchas viviendas rurales están construidas con adobe o materiales poco resistentes, lo que las convierte en vulnerables ante inundaciones repentinas o avalanchas de nieve.
  • Desplazamiento y pobreza: Las décadas de conflicto han dejado amplias zonas con economías debilitadas y poblaciones desplazadas. La pobreza reduce la capacidad de inversión en mejoras en vivienda, sistemas de drenaje o medidas preventivas.
  • Deforestación y degradación del suelo: La tala no regulada de bosques y la sobreexplotación de tierras de pastoreo incrementan la escorrentía y la probabilidad de deslizamientos cuando llegan lluvias intensas.
  • Cambio climático: La mayor variabilidad climática se traduce en episodios más intensos e imprevisibles: precipitaciones concentradas en cortos períodos, derretimiento acelerado de nieve, y eventos extremos fuera de la estación habitual.
  • Acceso limitado a servicios de emergencia: En áreas remotas la falta de caminos transitables, comunicaciones y recursos logísticos obstaculiza el rescate y la entrega de ayuda.

Contexto histórico: no es un fenómeno aislado

Afganistán ha sufrido repetidamente pérdidas humanas por inundaciones y avalanchas. Un ejemplo reciente es la primavera de 2024, cuando ráfagas de lluvia y desbordes repentinos provocaron cientos de muertes y daños generalizados en distintas provincias. La recurrencia de esos eventos en años consecutivos hace evidente que el país está experimentando una tendencia preocupante: cada año, su sociedad y su infraestructura enfrentan más riesgos climáticos.

Impactos socioeconómicos y agrícolas

Más allá de las víctimas fatales y los heridos, las inundaciones y deslizamientos afectan elementos esenciales de la subsistencia:

  • Pérdida de cultivos y canales de riego: La agricultura de Afganistán depende en gran medida de sistemas de riego tradicionales y de tierras de cultivo que son particularmente sensibles al arrastre de suelos y al colapso de infraestructuras menores.
  • Ruptura de rutas comerciales: Carreteras destruidas interrumpen el abastecimiento de mercados locales y limitan el acceso a atención sanitaria y educación.
  • Desplazamiento interno: Las familias que pierden sus hogares se ven forzadas a buscar refugio en condiciones precarias, aumentando la demanda sobre recursos escasos y potenciando riesgos sanitarios.

Respuesta institucional y brechas

La Autoridad Nacional de Gestión de Desastres de Afganistán y otras agencias han desplegado equipos para evaluar daños y asistir a las comunidades afectadas. Sin embargo, las operaciones de respuesta se enfrentan a múltiples limitaciones: recursos insuficientes, acceso condicionado por la seguridad o por la inaccesibilidad de vías, y una logística que no siempre permite una ayuda puntual y equitativa. En zonas remotas, la ayuda humanitaria llega con retraso y en cantidades que a menudo no cubren las necesidades básicas.

Medidas de mitigación: qué se puede y debe hacer

Frente a una realidad en la que la intensidad y frecuencia de eventos extremos aumentan, la estrategia debe combinar acciones inmediatas con cambios estructurales a mediano y largo plazo. Algunas líneas prioritarias son:

  1. Mejorar la planificación territorial: Identificar y cartografiar zonas de riesgo para reducir la construcción en laderas inestables y cauces inundables.
  2. Fortalecer viviendas y reservas comunitarias: Programas de reconstrucción con técnicas de construcción resiliente (materiales y diseños que resistan mejor la humedad y la presión del agua) y creación de refugios seguros locales.
  3. Restauración ecológica: Reforestación de cuencas y prácticas agroforestales que reduzcan la escorrentía y estabilicen suelos.
  4. Infraestructura hídrica y drenaje: Inversión en pequeñas obras de protección (muros de contención, zanjas de infiltración, mantenimiento de canales) adaptadas al contexto rural.
  5. Sistemas de alerta temprana: Implementación de redes de monitoreo meteorológico y protocolos comunitarios que permitan evacuaciones ordenadas con tiempo suficiente.
  6. Capacitación comunitaria: Formación en manejo de riesgos y primeros auxilios para voluntarios locales, que suelen ser los primeros en responder.
  7. Cooperación internacional y financiación climática: Movilizar recursos dirigidos al fortalecimiento de la resiliencia, no sólo a la respuesta posterior al desastre.

Lecciones de otras regiones

Experiencias en países con geografía montañosa y recursos limitados muestran que las soluciones más efectivas combinan acciones locales (capacitación, mantenimiento de microinfraestructuras) con marcos legales y financiamiento sostenido. Por ejemplo, programas de restauración de cuencas en Nepal y Etiopía han demostrado que la recuperación ecológica reduce considerablemente la escorrentía y la frecuencia de deslizamientos cuando se implementa a escala comunitaria y con apoyo técnico.

El rol del cambio climático y la imperiosa necesidad de adaptación

El aumento de la variabilidad meteorológica —asociado al calentamiento global— no solo genera mayores precipitaciones intensas, sino que desplaza patrones de nieve y deshielo que alteran el régimen hídrico estacional. Para países como Afganistán, con economías agrícolas y comunidades dependientes de la predictibilidad del ciclo hidrológico, esa incertidumbre exige políticas públicas que integren adaptación climática en todos los niveles.

Reflexión final: del alivio temporal a la resiliencia sostenida

Las cifras y reportes sobre víctimas y daños son una llamada de atención que se repite: sin una apuesta seria por reconstruir de forma más segura, restaurar ecosistemas clave y dotar a las comunidades de capacidades preventivas, cada nueva tormenta o derretimiento de nieve tendrá el potencial de convertirse en tragedia. No se trata solo de responder cuando ocurre la emergencia: es imprescindible transformar la manera en que se planifica el territorio, se gestionan los recursos naturales y se invierte en infraestructura y capital humano.

Solo así Afganistán —y otras naciones en situaciones similares— podrá reducir la factura humana y económica de los desastres naturales y comenzar a transitar hacia un futuro menos expuesto y más resiliente.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press