¿Cruzó la línea 'The Drama'? Zendaya, Pattinson y el riesgo de convertir una tragedia en chiste dramático
Una mirada crítica a la película de Kristoffer Borgli: ¿satira nupcial ingeniosa o insensibilidad deliberada?
Advertencia: este artículo contiene revelaciones sobre el giro central de la película.
Un punto de partida incómodo
Kristoffer Borgli llega con The Drama proponiendo una premisa de apariencia sencilla: dos parejas, demasiado vino y un juego de verdades que desentierra secretos capaces de dinamitar relaciones. La película reúne a dos de las caras más atractivas del cine contemporáneo —Zendaya y Robert Pattinson— como Emma Harwood y Charlie Thompson, una pareja de prometidos acomodados en un Boston elegante donde la planificación nupcial y la vida profesional se entrelazan con una cotidianeidad complaciente. Pero lo que empieza como una comedia romántica contemporánea da un giro hacia un terreno oscuro y polémico: la revelación de que, durante su adolescencia, Emma concibió un plan de asalto escolar con un arma, aunque nunca lo llevó a cabo.
¿Comedia, sátira o provocación gratuita?
La película se promociona con la etiqueta de "sexy, contemporary romantic comedy", pero la propuesta real es mucho menos coherente. Borgli parece querer simultanear la sátira del complejo nupcial, la comedia incómoda y una reflexión moral sobre el pasado —sin conseguir que esas capas se integren de forma orgánica. La gran pregunta es si usar la planificación de una matanza escolar como motor dramático de una comedia romántica es una elección artística válida o una provocación tímida que roza la insensibilidad. Para muchos espectadores, meter ese tipo de tragedia en la mecánica de un chiste o de una ruptura sentimental no funciona: la gravedad del tema eclipsa (y desvirtúa) el resto de los tonos narrativos.
Las actuaciones y la química: belleza desperdiciada
Tanto Zendaya como Pattinson tienen la presencia cinematográfica para sostener proyectos ambiciosos, pero aquí sus personajes no terminan de encajar. La química entre ambos, según la narración y el montaje, resulta más fraternal que pasional; como dice la sensación general del film, está ausente la chispa que hace creíble un romance que se desintegra ante una confesión. Pattinson, en su papel de Charlie, dibuja un descenso hacia la paranoia y la histeria que a ratos parece sobreactuado; Zendaya intenta equilibrar la ambivalencia moral y la autodefensa emocional de Emma, pero el guion no le concede un arco que justifique plenamente sus contradicciones.
El guion y sus fallos estructurales
Desde el inicio, Borgli deja pequeñas pistas de que la pareja está construida sobre mentiras menores (la escena del café donde Charlie finge leer el mismo libro que Emma es un primer indicio). El problema es que ese fundamento de falsedades cotidianas no prepara adecuadamente al público para la escala del secreto final: la transición entre las pequeñas faltas y la confesión de una intención de violencia masiva es tan abrupta que suena más a shock value que a consecuencia narrativa lógica. Un eficaz drama relacional puede explorar cómo una traición reconfigura una relación; otro tipo de drama —el de la culpa social y la redención— requiere contextualización y respeto por el peso real del tema.
El tema que no debería frivolizarse
La decisión de convertir un intento de ataque escolar, aunque fallido, en punto de inflexión para una comedia romántica coloca a The Drama en una zona peligrosa. En Estados Unidos, los tiroteos en centros educativos han marcado la agenda pública durante décadas y han dejado un legado de dolor con cifras escalofriantes: según la organización Gun Violence Archive, en años recientes los ataques con armas de fuego en escuelas han sido una de las múltiples caras de la violencia armada que afecta comunidades enteras (Gun Violence Archive). No es tema menor para ser utilizado como motor de conmoción en un chiste incómodo.
¿Qué busca provocar Borgli?
En el trasfondo de la película hay una intención clarísima: confrontar la hipocresía social que administra el pasado individual en función del presente social. Borgli hace referencias intelectuales —nombra a Louis Malle y a Freud— como si eso avalara un ejercicio de disección moral. Pero hay una diferencia entre provocar para abrir diálogo y provocar por el mero placer de escandalizar. Si la intención era poner en el centro la pregunta de cuánto conocemos realmente a quienes amamos, el film fracasa en modular la respuesta sin trivializar el sufrimiento colectivo que la premisa evoca.
Humor incómodo y mala gestión del tono
La película recurre repetidamente a la incomodidad y al gag de la situación cotidiana (fotógrafos de bodas extraños, DJs freelances, instructores de baile agresivos) para crear una textura de sátira social. Sin embargo, cuando introduce el tema del arma —por ejemplo, el gag visual de la taza "Coffee or I’ll Shoot"— esa comedia prima por la ligereza y termina por sonar grotesca. En cine, la comedia negra exige precisión: ejemplos exitosos de este subgénero (como Heathers o Fargo) saben equilibrar ironía y empatía sin minimizar la violencia. Aquí falta el equilibrio.
Responsabilidad cultural y temporalidad
Otro aspecto a considerar es el contexto cultural: estrenar una película que utiliza una planificación de matanza escolar como detonante emocional en un país que todavía se debate sobre control de armas, trauma comunitario y memoria de las víctimas no es un acto neutro. Más aún si la propuesta se presenta —como lo hace la publicidad— bajo la etiqueta de "comedia romántica". La recepción crítica y del público sugiere que esa mezcla de registro no fue bien calibrada: el resultado es que la obra parece jugar con un tema que exige prudencia y sensibilidad.
¿Qué podría haber funcionado mejor?
Si Borgli hubiera querido explorar la idea de secretos terroríficos en relaciones modernas sin caer en la insensibilidad, varias vías narrativas habrían sido menos contraproducentes:
- Tratar el pasado de Emma con mayor profundidad psicológica y contexto social, mostrando las consecuencias personales y comunitarias más allá del efecto dramático inmediato.
- Replantear el secreto como una transgresión grave pero menor en comparación con una planificación de violencia masiva, para mantener el tono satírico sin trivializar tragedias reales.
- Convertir la película en un drama moral puro en lugar de intentar mantener la etiqueta de comedia contemporánea, permitiendo así una exploración más sobria del arrepentimiento y la responsabilidad.
Reflexión final: arte, provocación y límites
El cine debe poder incomodar y provocar; muchas grandes películas lo hacen de forma consciente y crítica. Pero la provocación sin ancla moral o narrativa corre el riesgo de convertirse en seña de alarma más que en instrumento de reflexión. The Drama tiene méritos: actores magnéticos, momentos de observación social atinados sobre la industria de las bodas y escenas de humor incómodo que funcionan. Sin embargo, el uso del intento de ataque escolar como chispazo narrativo revela una falta de tacto que empaña lo demás.
Al final, la película plantea una pregunta incómoda para el espectador: ¿hasta qué punto está permitido usar el dolor colectivo como combustible dramático de historias íntimas? Si la respuesta del director y del guion no se sostiene con una mirada ética y matizada, la sensación persistente será la de haber asistido a un experimento narrativo que cruzó una línea más por efecto que por elegancia artística.
Créditos de la imagen: A24 via AP
