La grieta transatlántica: Trump, la amenaza de salida de EE. UU. de la OTAN y el choque por la guerra contra Irán

Cómo la retórica presidencial y la guerra en Oriente Medio ponen a prueba la alianza que ha definido la seguridad europea desde 1949

La reciente sugerencia del presidente de Estados Unidos de que consideraría sacar a su país de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha vuelto a abrir una vieja herida en las relaciones transatlánticas. Las declaraciones, publicadas en un diario británico en medio de la guerra entre EE. UU. y sus aliados con Irán, no sólo son un ataque directo a los socios europeos: reavivan dudas sobre la sostenibilidad de una alianza cimentada durante la posguerra.

Un antecedente histórico que pesa

La OTAN se fundó en 1949 con el Tratado del Atlántico Norte como respuesta a la inestabilidad en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y a la expansión soviética. Su principio fundacional, el artículo 5, consagra la defensa colectiva: un ataque contra un miembro es considerado un ataque contra todos. Desde su creación, ese principio ha sido el pilar disuasorio que mantuvo la cohesión de la alianza. (Fuente: NATO.int).

En la práctica, el artículo 5 sólo se ha invocado una vez: tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos. Aquel momento histórico mostró la capacidad de la alianza para reaccionar de manera unificada ante una agresión directa contra uno de sus miembros. Pero también dejó claro que la unidad requiere confianza, coordinación y consulta previa: elementos que ahora aparecen debilitados.

La nueva fractura: la guerra contra Irán como catalizador

La guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán ha tensionado la relación entre Washington y sus aliados, no sólo por las diferencias en la estrategia militar, sino por la falta de consulta previa y las consecuencias económicas y de seguridad que la confrontación trae aparejadas.

Según declaraciones publicadas por el propio presidente, él consideraría la salida de EE. UU. de la OTAN cuando termine la guerra contra Irán; en sus palabras, la posibilidad estaría “más allá de la reconsideración” (The Telegraph). Esa frase —igual que otras críticas ácidas a los aliados, a quienes ha llegado a llamar “cobardes”— ha venido acompañada de demandas explícitas: que países europeos envíen buques a asegurar el estrecho de Ormuz o que compren petróleo estadounidense, según sus propias propuestas públicas.

¿Por qué preocupa una retirada estadounidense?

La OTAN, desde su fundación, ha dependido de la capacidad militar, logística y política de Estados Unidos. Una retirada unilateral de Washington no sería sólo simbólica: complicaría de raíz la estructura de defensa europea, debilitaría la disuasión frente a Rusia y otros actores, y dejaría a muchos países europeos —especialmente los más pequeños— expuestos a riesgos militares y económicos.

Además, la OTAN opera por consenso: cualquier decisión mayor requiere la aprobación de todos los miembros. Si uno de los actores clave cuestiona su permanencia, el tejido político de la alianza se estira al límite. Aunque la salida de EE. UU. es una hipótesis extrema y de consecuencias impredecibles, el solo hecho de que el debate se plantee públicamente erosiona la confianza mutua entre aliados.

Las reacciones europeas: entre la indignación y la estrategia práctica

En Reino Unido, el primer ministro ha reafirmado el compromiso del país con la OTAN, calificándola como “la alianza militar más eficaz que el mundo haya visto” (Downing Street). Varios gobiernos europeos, por su parte, han mostrado molestia por no haber sido informados de acciones militares que tienen repercusiones regionales y globales.

Al mismo tiempo, la guerra en el Golfo ha generado presiones prácticas: el cierre efectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán ha incrementado los precios del petróleo y creado la necesidad de garantizar la seguridad del tránsito marítimo. Frente a ello, algunas capitales europeas buscan soluciones diplomáticas o prácticas para evitar verse arrastradas a un conflicto directo sin consenso interno.

Los límites de la solidaridad: energía, política doméstica y opinión pública

El choque también deja al descubierto la tensión entre la solidaridad militar y las restricciones políticas internas en los países europeos. Muchos gobiernos enfrentan oposiciones internas a implicarse en una guerra distante, especialmente cuando la opinión pública percibe que las acciones militares no fueron consultadas ni justificadas adecuadamente.

Adicionalmente, los efectos económicos son tangibles: el aumento del precio del petróleo repercute en los presupuestos y en la estabilidad política doméstica. Esa combinación —presión económica y resistencia ciudadana— explica el rechazo de varios aliados a una participación activa en operaciones que consideran riesgosas o no alineadas con sus intereses nacionales.

¿Qué alternativas tienen los europeos si EE. UU. se desmarca?

  • Fortalecer la defensa europea autónoma: la creación de capacidades independientes dentro del marco de la Unión Europea, como las iniciativas de cooperación permanente en materia de defensa (PESCO), podría acelerarse. Sin embargo, esos proyectos llevan años de desarrollo y requieren inversiones sostenidas.
  • Reforzar la diplomacia multilateral: intentar mediar en crises y promover canales de negociación puede limitar escaladas y reducir la necesidad de intervención militar.
  • Crear coaliciones flexibles: como la propuesta británica de convocar a 35 países para asegurar el tránsito en el estrecho de Ormuz, forman respuestas ad hoc que no necesariamente implican a toda la OTAN.

Cada una de estas alternativas tiene límites: presupuestarios, políticos y operativos. La incertidumbre sobre el compromiso estadounidense complica la planificación estratégica a largo plazo.

La credibilidad y la disuasión: costes intangibles

Más allá de recursos materiales, la credibilidad de una alianza es un capital estratégico. Socavar esa credibilidad mediante amenazas públicas de salida o críticas continuas entre aliados reduce el efecto disuasorio frente a adversarios potenciales. Si aliados o rivales perciben que la alianza es frágil, la estabilidad estratégica que ha dominado Europa desde 1949 podría verse erosionada.

Como le recordó un líder europeo a observadores: las alianzas se sostienen tanto por capacidades como por confianza. Cuando esa confianza falla, las alternativas son costosas y tardadas.

Un momento de inflexión: acción o reacción colectiva

La pregunta que ahora enfrentan las democracias transatlánticas es si este episodio será una ruptura irreparable o un catalizador para renovar compromisos y modernizar la cooperación. En cualquier caso, la ruta no será sencilla: requiere más diálogo, consultas previas en crisis y una mayor claridad sobre los límites de la intervención militar y las obligaciones colectivas.

Históricamente, la OTAN ha sabido adaptarse a cambios profundos —desde la Guerra Fría hasta la ampliación hacia el este y la implicación en misiones fuera del territorio europeo—. Pero la supervivencia de cualquier alianza depende también de la voluntad política de sus miembros más poderosos. Si esa voluntad vacila, el mapa de seguridad global podría reconfigurarse con rapidez.

Mientras tanto, los gobiernos europeos negocian entre reafirmar compromisos y proteger intereses nacionales. Y en Washington, la retórica presidencial mantiene viva la incertidumbre: en política exterior, las palabras tienen consecuencias que pueden tardar décadas en deshacerse.

Fuentes citadas en este texto: declaración del presidente publicada en The Telegraph; pronunciamientos oficiales del primer ministro británico (Downing Street); información histórica sobre la OTAN (NATO.int).

Este artículo fue redactado con información de Associated Press