La tensión transatlántica tras la guerra EE. UU.-Israel contra Irán: ¿puede sobrevivir la alianza de la OTAN?
El choque entre el presidente Trump y el secretario general Mark Rutte revela grietas profundas: de las amenazantes salidas de Estados Unidos a la renuencia europea a participar en una guerra fuera del territorio de la alianza.
Los recientes choques diplomáticos entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta inquietante: ¿qué ocurre con la alianza transatlántica cuando una guerra lanzada por un miembro clave no involucra ni consulta formalmente al conjunto de aliados? El conflicto desatado por la campaña militar de EE. UU. y su aliado Israel contra Irán ha reavivado tensiones ya latentes, y dejó a la OTAN en una posición incómoda: defender el principio de defensa colectiva sin convertirse en parte de una guerra fuera del territorio euroatlántico.
Un cruce público entre dos aliados
Tras conversaciones en Bruselas, Trump expresó su fastidio en redes sociales: “NATO WASN’T THERE WHEN WE NEEDED THEM, AND THEY WON'T BE THERE IF WE NEED THEM AGAIN”, un reproche directo que no sólo cuestiona la solidaridad de aliados concretos, sino la propia utilidad de la alianza en crisis globales que afectan a Estados Unidos pero que ocurren fuera del ámbito tradicional de la OTAN.
Mark Rutte —a quien algunos describen como un “susurrador” capaz de mantener canales abiertos con la Casa Blanca— evitó una réplica tajante y enfatizó que la conversación fue “muy franca, muy abierta” y “entre dos buenos amigos”, según declaraciones a la cadena CNN. Rutte también admitió comprender la frustración de Trump con ciertos aliados que no ofrecieron apoyo operativo ante el cierre efectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, una vía marítima estratégica para el comercio energético mundial.
La paradoja: guerra impulsada por un aliado, fuera del mandato de la OTAN
Lo más llamativo del episodio es la naturaleza misma del conflicto: se trata de una guerra iniciada por un miembro de la OTAN (Estados Unidos), pero no por un ataque a un Estado aliado ni dentro del perímetro que tradicionalmente defiende la organización. La OTAN nació como alianza defensiva del espacio euroatlántico y su artículo 5 —la cláusula de defensa colectiva— se activa si un aliado sufre un ataque armado. Aquí no fue ese el caso, lo que complica la respuesta colectiva.
Rutte ha sido claro reiterando que la OTAN “solo se defenderá a sí misma” y que no tiene intención de convertirse en parte de un conflicto que se desarrolla en el Golfo Pérsico e Irán. La postura busca preservar la naturaleza defensiva y consensual de la alianza, pero la realidad política es que Estados Unidos, por su peso militar y papel en la OTAN, puede provocar tensiones internas si decide actuar unilateralmente.
Fricciones con países concretos: España y Francia en el centro
La irritación del presidente norteamericano ha tenido destinatarios específicos. España, por ejemplo, cerró su espacio aéreo a aviones estadounidenses involucrados en la operación y negó el uso de ciertas bases compartidas, mientras que Francia expresó críticas por lo que considera una intervención que no respetó plenamente el derecho internacional y por haberse tomado sin consultas. El gobierno español, a través del presidente Pedro Sánchez, calificó la retórica bélica como “encender el mundo” y subrayó la necesidad de diplomacia y legalidad.
Francia, por su parte, ha adoptado una postura de prudencia: sin imponer vetos generales sobre el uso de instalaciones militares conjuntas, afirmó que cada decisión se tomará caso por caso, lo que a ojos de Washington pareció insuficiente. Esa cautela refleja una falta de apetito en Europa por precipitarse en una intervención militar extraterritorial después de experiencias recientes y traumáticas.
Memoria histórica y lecciones recientes
La resistencia europea a entrar en nuevas campañas fuera del perímetro OTAN está fecundada por experiencias pasadas. La intervención en Afganistán (2001–2021), aunque tuvo apoyo de la alianza en distintas fases, terminó con una salida caótica en 2021 que muchos exlíderes de la OTAN han calificado de fracaso estratégico. Jens Stoltenberg, ex secretario general, llamó a la retirada una “derrota” que dejó lecciones sobre los límites del poder militar y la necesidad de objetivos claros y sustentables.
A esa lección se suma la experiencia libia de 2011, donde la intervención inicial para proteger civiles terminó en un lapso de inestabilidad prolongada. Esos antecedentes alimentan hoy la reticencia europea a participar en nuevas campañas que puedan prolongarse sin un mandato claro y sin un plan político posterior.
¿Amenazas de salida? Un arma retórica con riesgo real
Trump ya amenazó con retirar a Estados Unidos de la OTAN durante su primer mandato y ha vuelto a lanzar la posibilidad como instrumento de presión: en 2018 sacudió la alianza con anuncios similares. Estas amenazas funcionan como un catalizador de cambios: obligan a aliados a invertir más en defensa (un objetivo recurrente de Trump) y a revisar cargas y responsabilidades. Sin embargo, la salida de EE. UU. tendría consecuencias estratégicas profundas: la OTAN perdería no sólo capacidades militares —logística, aviones y buques— sino también el pilar político que mantiene cohesionada a la alianza.
Los países europeos han incrementado su gasto en defensa desde 2014, cuando la anexión rusa de Crimea reavivió temores. No obstante, la redistribución del foco estratégico estadounidense hacia el Indo-Pacífico y otras zonas (Venezuela, Irán, entre otras) obliga a Europa a preguntarse cuánto puede asumir sola. Muchos analistas sostienen que una retirada estadounidense pondría en riesgo la seguridad colectiva y terminaría por transformar a la OTAN en una organización con menos influencia global.
El estrecho de Ormuz y la seguridad marítima: ¿puede la OTAN ayudar?
El bloqueo o la amenaza sobre el estrecho de Ormuz tiene implicaciones económicas globales: por esa vía transita una parte sustancial del petróleo y gas del Golfo Pérsico hacia mercados internacionales. Ante la interrupción del paso, Estados Unidos solicitó mayor apoyo, pero la OTAN no fue el foro natural para esa operación. El Reino Unido lidera por ahora un esfuerzo multilateral fuera de la OTAN para proteger el tráfico marítimo, en el que participan países como Francia y otras potencias navales, pero con cautela respecto a implicarse en hostilidades directas con Irán.
Estonia, por ejemplo, ha declarado disposición a valorar peticiones formales de apoyo a través de la OTAN, pero enfatizó que cualquier participación debe ser cuidadosamente planificada: “Si EE. UU. o cualquier otro aliado solicita nuestro apoyo, siempre estamos listos a discutirlo”, dijo el ministro estonio Margus Tsahkna, subrayando la necesidad de definir qué misión y con qué objetivos.
Riesgos para la cohesión aliada y la diplomacia multilateral
- Desgaste político: Las declaraciones públicas y reproches entre líderes erosionan la confianza. La diplomacia efectiva requiere canales discretos y consensos amplios; las tensiones mediáticas complican esa tarea.
- Fragmentación operativa: Diferentes enfoques nacionales (España cerrando espacio aéreo, Francia evaluando caso por caso) pueden impedir operaciones conjuntas rápidas o coordinadas.
- Reputación internacional: Si la OTAN aparece dividida, se reduce su poder disuasorio. Actores estratégicos como Rusia, China o Irán pueden aprovechar la imagen de fractura para ampliar sus zonas de influencia.
¿Qué camino puede seguir la alianza?
Ante estas tensiones, la OTAN tiene opciones limitadas pero importantes:
- Reafirmar el mandato defensivo: Mantener la regla de que la OTAN opera de forma colectiva en defensa del territorio euroatlántico, y no como extensión automática de las campañas de un solo aliado.
- Fortalecer la diplomacia preventiva: Multiplicar canales con actores regionales y con Estados Unidos para evitar sorpresas estratégicas que exijan respuestas apresuradas.
- Impulsar cargas compartidas: Seguir presionando —desde la negociación y no la imposición— para que todos los aliados asuman responsabilidades financieras y operativas más sólidas en materia de seguridad.
- Buscar mecanismos de coordinación ad hoc: Para amenazas globales como la seguridad marítima en Ormuz, promover coaliciones específicas que incluyan a aliados dispuestos y actores regionales, evitando que la OTAN sea arrastrada sin consenso interno.
La proclividad de Trump a emplear la amenaza de retirada o a criticar públicamente a aliados es una variable que seguirá influyendo en las dinámicas internas de la OTAN mientras él mantenga protagonismo en la política estadounidense. Para Europa, la clave será conservar unidad estratégica sin renunciar a la prudencia jurídica y política que exigen las operaciones lejos de su territorio.
En suma: la alianza sobrevive por ahora, pero los recientes episodios muestran que la OTAN no es inmune a las tensiones bilaterales entre miembros. Su futuro dependerá de la capacidad de los aliados de combinar firmeza en la defensa con diálogo político, y de evitar que las disputas públicas degeneren en rupturas que reconfiguren el mapa de seguridad en el siglo XXI.
Fuentes citadas: Declaraciones de Mark Rutte a CNN; publicación en la plataforma X (antes Twitter) del presidente Donald Trump sobre la ausencia de apoyo de la OTAN.
