La promesa incumplida de Sevilla: por qué la brecha entre países ricos y pobres se ensancha

Un informe de la ONU advierte que las reformas financieras y el financiamiento prometidos no llegan; aranceles, shocks climáticos y tensiones geopolíticas agravan el retroceso

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El compromiso político no basta cuando falta el dinero, la coordinación y la voluntad política. Así resume el panorama el reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas sobre la implementación del compromiso adoptado en Sevilla en 2025, cuyo objetivo era cerrar la brecha de financiamiento para el desarrollo y encaminar al mundo hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2030.

El diagnóstico: una brecha que no solo persiste, sino que se amplía

El informe subraya que, pese al consenso político alcanzado en Sevilla —donde la mayoría de líderes mundiales adoptaron una agenda para reformar la arquitectura financiera global y movilizar inversiones—, las acciones concretas han sido insuficientes. La cifra emblemática que motivó el compromiso, un déficit anual estimado de 4 billones de dólares (4 trillion USD) para financiar la transición sostenible y las prioridades de desarrollo en países de renta baja y media, sigue sin cubrirse.

Peor aún: los datos recogidos por la ONU muestran señales de retroceso. En 2025, 25 países redujeron su ayuda oficial al desarrollo, lo que se tradujo en una caída global del 23% respecto a 2024 —la mayor contracción anual registrada—. Según el informe, el mayor descenso lo evidenció Estados Unidos, que redujo su asistencia en un 59% en ese periodo. Con estos movimientos, la ONU estima una contracción adicional preliminar de 5.8% para 2026.

Aranceles, clima y geopolítica: una tormenta perfecta

El informe no atribuye la crisis a una única causa. Identifica al menos tres factores que, entrelazados, agravan la dificultad de los países más vulnerables para acceder a financiamiento y a mercados:

  • El aumento de barreras comerciales: Las medidas arancelarias impuestas por varios países elevaron el costo del comercio para las naciones más pobres. El informe indica que los aranceles promedio sobre exportaciones de las economías más pobres aumentaron del 9% al 28% en 2025. Excluyendo a China, las economías en desarrollo vieron sus aranceles promedio subir del 2% al 19%.
  • Choques climáticos recurrentes: Sequías, inundaciones y otras catástrofes vinculadas al cambio climático siguen exigiendo recursos masivos para reconstrucción y adaptación, drenando la capacidad de endeudamiento y desincentivando la inversión privada internacional en regiones de riesgo.
  • Tensiones geopolíticas: La creciente fragmentación de la gobernanza económica global —con rivalidades estratégicas y sanciones— dificulta la cooperación multilateral y condiciona flujos financieros y comerciales. Como declaró Li Junhua, subsecretario general de la ONU para Asuntos Económicos y Sociales, “este es un momento extremadamente peligroso para la cooperación internacional, porque las consideraciones geopolíticas están modelando cada vez más las relaciones económicas y las políticas financieras”.

Reformas pendientes en el corazón del sistema financiero

Uno de los ejes de Sevilla fue la reforma de las instituciones financieras internacionales: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Las críticas acumuladas señalan que dichas instituciones, diseñadas en el siglo XX, han mantenido estructuras de poder que favorecen a países ricos, limitando respuestas eficaces a las necesidades de los países en desarrollo.

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha manifestado de manera reiterada que el FMI y el Banco Mundial requieren cambios sustanciales. En sus palabras, estas instituciones “se han beneficiado más a sí mismas y a los países ricos que a los pobres”, y esa dinámica se volvió especialmente visible con la crisis de la pandemia de COVID-19, que dejó a numerosos países con niveles de deuda insostenibles.

Reformar el sistema implica aspectos técnicos y políticos: reequilibrio de cuotas y derechos de voto, instrumentos de financiamiento menos condicionales y nuevos mecanismos que prioricen inversión pública en infraestructura verde, salud y educación. Sin reformas visibles y rápidas, el compromiso político de Sevilla corre el riesgo de quedarse en declaración retórica.

El financiamiento privado no compensa por sí mismo

Tras la cumbre de Sevilla hubo promesas de movilizar capital privado hacia proyectos de desarrollo. Pero el informe de la ONU alerta sobre una brecha entre expectativas y la realidad del mercado: la inversión privada busca riesgos asumibles y retornos claros, mientras que muchas necesidades de desarrollo requieren largos horizontes y garantías contra riesgos macroeconómicos y climáticos.

Los instrumentos públicos deben actuar como catalizadores: garantías, cofinanciamiento, bancos de desarrollo regionales más robustos y marcos regulatorios que transformen capital privado en inversión sostenible. Sin una mayor participación del sector público y sin instrumentos que reduzcan el riesgo percibido por los inversores privados, el flujo de capital será insuficiente.

Consecuencias para la estabilidad global

El informe advierte que la persistencia y expansión de la brecha no es solo un problema ético o de desarrollo: tiene consecuencias directas para la estabilidad internacional. Países con economías deprimidas enfrentan mayor riesgo de inestabilidad social, migración forzada y fragilidad fiscal; todo ello puede convertirse en vectores de conflicto y tensiones transnacionales.

Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, describió el panorama económico global como “oscurecido” por la guerra en Irán (según el informe) y otros factores que erosionan las perspectivas de crecimiento. En este contexto, las economías en desarrollo quedan aún más expuestas a shocks externos.

Qué podría funcionar: propuestas prácticas

El informe no se limita al diagnóstico: sugiere líneas de acción que, si se implementan con decisión, pueden marcar la diferencia. Entre las más relevantes:

  1. Reforzar la ayuda pública al desarrollo (APD): Recuperar y aumentar los niveles de APD de los países desarrollados, con asignaciones más predecibles y orientadas a prioridades climáticas y sociales.
  2. Reforma institucional del FMI y el Banco Mundial: Ajuste de la gobernanza para reflejar la nueva realidad económica, aumentando la voz y voto de economías emergentes y de baja renta, y creando instrumentos menos condicionales y más orientados al crecimiento sostenible.
  3. Instrumentos financieros innovadores: Ampliar el uso de garantías públicas, seguros contra riesgos climáticos, bonos verdes y fondos catastróficos que protejan a los países más vulnerables y atraigan capital privado.
  4. Reducción de barreras comerciales: Revertir aranceles regresivos que afectan especialmente a exportadores de materias primas y productos agrícolas de países de renta baja, y desarrollar acuerdos comerciales que impulsen integración regional.
  5. Gestión de la deuda: Mecanismos más ágiles de reestructuración y alivio de deuda para países que enfrentan sostenibilidad fiscal comprometida por shocks externos.

¿Es realista esperar cambios?

La respuesta corta: depende. Las reformas requieren liderazgo político internacional y remuneraciones internas en países que, por razones domésticas o geopolíticas, han reducido su aportación al desarrollo global. El dato de que 25 países recortaron su ayuda en 2025 —y que la mayor caída provino de Estados Unidos— indica que la voluntad política ante desafíos internos y prioridades estratégicas puede chocar con compromisos multilaterales.

No obstante, la creciente visibilidad de riesgos compartidos (pandemias, crisis climática, fragilidad financiera) pone sobre la mesa un argumento práctico: invertir hoy en resiliencia global puede evitar costos mucho mayores mañana. Como señalan varios economistas del desarrollo, cada dólar invertido en adaptación climática y salud pública en regiones vulnerables puede ahorrar varios dólares en respuesta a desastres y pérdidas económicas posteriores.

Una llamada a reordenar prioridades

Si Sevilla representó una promesa colectiva para cerrar una brecha de 4 billones de dólares al año, los datos recientes muestran que esa promesa necesita urgencia, concreción y responsabilidad compartida. La ONU ha identificado el camino; ahora corresponde a los gobiernos, bancos multilaterales y al sector privado convertir las palabras en instrumentos y los compromisos en flujos financieros reales.

En un mundo interdependiente, la pregunta ya no es solo moral: es práctica. ¿Queremos un planeta en el que el crecimiento y la estabilidad se concentren en unos pocos, o una economía global más equilibrada capaz de resistir crisis y crecer de manera sostenible? La respuesta determinará no solo quién prospera, sino la estabilidad del orden internacional en las próximas décadas.

Para más información y el texto íntegro del informe de la ONU sobre la implementación del Compromiso de Sevilla, consulte la página de la División de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU: https://www.un.org/development/desa/en/.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press