Kekeh en Freetown: cómo las mujeres están cambiando la cara del transporte informal en Sierra Leone

De la marginalidad a la independencia económica: el auge de las conductoras de rickshaw en la capital de Sierra Leone

Freetown se está transformando en más de un sentido. Mientras la ciudad enfrenta la presión de un crecimiento urbano acelerado y la insuficiencia de transporte público, un grupo inesperado —mujeres jóvenes y decididas— ha comenzado a reclamar las calles al volante de los llamados kekeh, los tradicionales auto-rickshaws que llenan los huecos dejados por autobuses y taxis.

Un oficio, muchas vidas

Hawa Mansaray, de 27 años, es una de esas mujeres cuya vida cambió al aprender a conducir un kekeh. Nacida en Kailahun durante la guerra civil, con educación limitada y la responsabilidad de una familia que mantener, Mansaray vio en el negocio del transporte una oportunidad real de subsistencia. Hoy, después de pagar por su formación y aceptar las exigencias de un sistema que le exige entregar una cuota diaria a la empresa, ella gana lo suficiente para alimentar a su hijo y pagar sus gastos básicos.

Su experiencia ilustra dos rasgos del fenómeno: por un lado, la naturaleza informal y exigente del trabajo —con cuotas diarias (en su caso, 350 leones, según cuenta)— y por otro, su potencial para ofrecer independencia económica a mujeres que de otro modo quedarían relegadas a empleos precarios o a la dependencia doméstica.

Contexto urbano y económico

Freetown ha experimentado un crecimiento poblacional acelerado en las últimas décadas; estimaciones municipales sitúan su población en más de 1,5 millones de habitantes, aproximadamente el triple de lo planificado cuando se diseñó gran parte de su infraestructura urbana. Ese crecimiento, unido a la falta de inversión sostenida en transporte público, ha convertido a motocicletas y kekeh en la columna vertebral de la movilidad cotidiana.

Además, Sierra Leone enfrenta desafíos estructurales en acceso a servicios financieros y empleo formal, lo que empuja a muchas personas —y especialmente a mujeres— hacia la economía informal. Para muchas conductoras, el kekeh no es solo un vehículo: es una forma tangible de romper la dependencia económica y obtener autonomía.

Estigma, riesgos y resiliencia

Aunque el número de mujeres en el sector crece, la presencia femenina sigue siendo reducida. La Sierra Leone Kekeh Riders Union registra más de 1.000 miembros en el área oeste de Freetown, pero apenas unas 20 son mujeres. Esa disparidad refleja barreras culturales y económicas: normas patriarcales que consideran ciertos trabajos “no adecuados” para mujeres; falta de capital inicial para adquirir los vehículos; y riesgos cotidianos asociados a la conducción —acoso por parte de clientes masculinos, inseguridad nocturna y condiciones de trabajo extenuantes.

Marfoh Mariama Samai, defensora de los derechos de las mujeres en Plan International Sierra Leone, sintetiza el problema: las mujeres que desafían roles tradicionales suelen ser estigmatizadas. Aun así, la experiencia de conductoras como Alimatu Kamara demuestra la resiliencia: tras años de desempleo, Kamara se unió al negocio de los kekeh y, pese a comportamientos agresivos de algunos pasajeros y la inseguridad nocturna, planea ampliar su actividad y adquirir más vehículos.

Un empoderamiento con límites

El negocio del kekeh ofrece flexibilidad y, en muchos casos, salarios más altos que los que encontrarían las mujeres en empleos informales tradicionales (petty trading). Sin embargo, ese empoderamiento es parcial: las mujeres suelen enfrentar mayores obstáculos de acceso a crédito y capital, y en muchas ocasiones dependen de esquemas de intermediación que reducen sus ganancias netas.

Mustapha Thoronka, presidente distrital del sindicato de conductores, ha expresado su apoyo a la formación y acceso a microcréditos para mujeres conductoras. Su postura es práctica: “Whatever men can do, women can do better”, ha dicho, reflejando una mezcla de reconocimiento y marketing inspirador dentro de un sector que aún es mayoritariamente masculino. El desafío es convertir ese apoyo retórico en políticas públicas y programas de financiamiento inclusivo.

Impacto social y simbólico

La presencia femenina en los kekeh tiene dimensiones prácticas y simbólicas. Para usuarias como Mariama Barrie, que prefiere viajar con conductoras porque las considera más cuidadosas, estas mujeres representan seguridad y profesionalismo. Para la comunidad, ver a una mujer conducir un kekeh rompe narrativas sobre el papel femenino en el espacio público y plantea nuevas posibilidades de movilidad social.

El crecimiento de mujeres conductoras también puede influir en normas intergeneracionales: jóvenes que observan a mujeres autónomas con ingresos constantes pueden replantearse expectativas laborales y educativas. En contextos donde muchas mujeres abandonaron la escuela por razones económicas o por el legado del conflicto, ejemplos visibles de independencia económica son poderosos motores de cambio.

Economía, género y políticas necesarias

Para que la tendencia se consolide y beneficie a más mujeres, hacen falta intervenciones coordinadas:

  • Programas de microcréditos con condiciones favorables para la adquisición de kekeh, que reduzcan la dependencia de cuotas diarias que absorben gran parte de las ganancias.
  • Formación técnica y seguridad laboral: cursos de conducción, mantenimiento básico y módulos sobre seguridad personal y manejo de situaciones de acoso.
  • Campañas culturales que promuevan la aceptación social de mujeres en oficios tradicionalmente masculinos, lideradas tanto por autoridades locales como por organizaciones de la sociedad civil.
  • Mejoras en infraestructura y regulación del transporte informal que garanticen rutas seguras y un marco legal para operadores independientes, reduciendo la exposición a abusos y permitiendo condiciones de trabajo más dignas.

Historias que importan

Detrás de cada kekeh conducido por una mujer hay una historia de esfuerzo: de familias sustentadas por ingresos que antes no existían, de decisiones difíciles frente a matrimonios y obligaciones, y de un acceso a la ciudad que antes era limitado. Estas historias, además de evidenciar la desigualdad persistente, muestran el potencial transformador de la economía informal cuando se combina con decisión individual y apoyo colectivo.

Alimatu Kamara lo resume con honestidad: la labor es dura y exige “mind and determination”, pero ofrece una vía real de mejoras económicas. En un país donde el acceso a servicios financieros y empleo formal es limitado para amplios sectores de la población, este tipo de emprendimiento es una válvula de escape y, al mismo tiempo, una señal de que la ciudad se está reorganizando en torno a nuevas formas de trabajo y género.

Mirar hacia adelante

Si los gobiernos locales, las organizaciones internacionales y el sector privado invierten en programas inclusivos que reduzcan las barreras financieras y sociales, la cifra de mujeres conductoras podría elevarse significativamente. Más mujeres al volante no solo significan más ingresos para familias vulnerables: implican también una ciudad más diversa, más resiliente y más justa.

La creciente presencia femenina en el sector del kekeh en Freetown es un ejemplo de cómo, aun en contextos frágiles, las mujeres encuentran caminos creativos para ganar autonomía. No es una solución mágica a la pobreza o a la desigualdad de género, pero es un paso concreto: uno que merece no solo reconocimiento simbólico, sino apoyo tangible en forma de políticas, financiamiento y protección.

Fuente de datos citados: estimaciones municipales de Freetown sobre población urbana (menciones locales de crecimiento y estimaciones demográficas); testimonios recogidos de conductoras, líderes sindicales y defensores de derechos de la mujer en Freetown.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press