Alambre, miedo y aulas vacías: cómo crece el cerco sobre Umm al-Khair y la vida cotidiana en la Cisjordania ocupada

La instalación de alambradas por colonos, las restricciones de movimiento y la impunidad de la violencia transforman rutas escolares, olivos y derechos básicos en una lucha diaria por la supervivencia

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Umm al-Khair, una pequeña comunidad beduina en la Cisjordania ocupada, volvió a sentir esta semana la mezcla de rabia y resignación que marca su vida desde hace décadas: coágulos de alambre de púas instalados de la noche a la mañana bloquearon el camino que usan los niños para ir a la escuela, y la respuesta --entre gases lacrimógenos y proyectiles sonoros— dejó a padres y alumnos en vilo y a las aulas a la mitad de su capacidad.

Un camino con memoria

La senda de tres kilómetros que conecta el barrio de Khirbet Umm al-Khair con el centro de la aldea no es una carretera nueva ni una traza improvisada: es la ruta que varias generaciones han utilizado para llegar a la escuela, al mercado y a los olivares. Ese mismo camino, narran residentes, fue cortado esta semana por una valla improvisada levantada por colonos de la colonia contigua, obligando a familias enteras a congregarse con los niños frente a banderas y troncos talados, reclamando el derecho a pasar.

“Fue una buena oportunidad para los colonos de hacer lo que quieren, sin reglas”, dijo Khalil Hathaleen, presidente del consejo de la aldea y miembro de la familia extendida que constituye gran parte de la población local. Sus palabras resumen una percepción extendida entre residentes: la guerra regional y la tensión internacional facilitan que actores locales intensifiquen prácticas de toma de tierra y de intimidación.

Escuelas, rutas alternativas y el costo de caminar

Ante la barrera, la administración militar israelí sugirió desviar a los estudiantes por una ruta alternativa. Los padres rechazaron esa solución por dos razones claras: la nueva senda casi duplica la distancia y atraviesa zonas más expuestas, lo que aumenta el riesgo para menores. En respuesta, algunas familias aceptaron buses que tomaron la vía alternativa, pero la asistencia escolar siguió lejos de la normalidad; los patios vacíos y las aulas a medio llenar son testigos silenciosos del efecto inmediato de estas medidas sobre el derecho a la educación.

Los riesgos no son abstractos. Según relatos grabados por residentes y compartidos con autoridades locales, cuando padres y alumnos intentaron pasar por la ruta habitual, fueron recibidos por columnas de gas lacrimógeno y granadas sonoras desde un vehículo blanco sin identificaciones. Habitantes aseguran además que en ocasiones aparecen uniformes entre los agresores, lo que —siempre que esas afirmaciones no queden investigadas públicamente— alimenta la impresión de una cooperación tácita o, en el mejor de los casos, de una tolerancia institucional.

La estrategia que parece repetirse

Lo que ocurre en Umm al-Khair encaja en un patrón denunciado por las comunidades palestinas y por observadores externos: la erección de vallas, talas de olivares —fuente económica y cultural— y la expansión gradual de asentamientos o puestos de avanzada creados sin permisos oficiales, que luego son normalizados o legalizados de forma tardía por las autoridades. Este mecanismo de facto modifica terrenos, registra una nueva “realidad sobre el terreno” y encoge la movilidad y el acceso a recursos de comunidades enteras.

Organizaciones de derechos humanos han alertado con insistencia sobre la impunidad de muchos ataques cometidos por colonos. B’Tselem, un grupo israelí de derechos humanos, ha documentado episodios y ha señalado que la violencia de ciertos grupos de colonos se realiza con creciente impunidad. En palabras de la organización, citada en sus informes, “estas milicias disfrutan de impunidad total para matar, agredir y saquear a residentes palestinos” (fuente: B'Tselem).

Víctimas, cifras y una escalada preocupante

Las cifras recientes subrayan la gravedad: según recuentos de organizaciones locales y observadores, al menos 35 palestinos han muerto a manos de soldados y colonos en la Cisjordania ocupada durante 2026; de ellos, ocho habrían sido asesinados por colonos, un número que iguala las muertes atribuidas a colonos durante todo 2025 en ciertas estadísticas locales. Estas cifras, además del aumento reportado en incendios de olivares y ataques nocturnos, dibujan una tendencia que preocupa tanto a defensores de derechos como a diplomáticos.

Para las familias de Umm al-Khair, estas cifras no son estadísticas sino nombres y caminos interrumpidos: los olivos cortados representan ingresos y patrimonio; el cierre de una senda implica días laborales perdidos, agendas escolares truncadas y una sensación constante de vulnerabilidad.

La respuesta israelí y las percepciones locales

Oficialmente, la presencia militar se justifica por la seguridad. Portavoces militares han reconocido el uso de “medios antidisturbios” en ocasiones cuando se presentan incidentes cerca de colonias, y han asegurado en comunicados que las medidas estaban dirigidas a controlar disturbios entre adultos, no a atacar a niños. Sin embargo, en el terreno la percepción es otra: los residentes sienten que la balanza se inclina hacia una protección efectiva de colonos y, en no pocas ocasiones, hacia la normalización de hechos consumados.

El bloqueo de rutas y la instalación de barreras por parte de civiles —supervisada, tolerada o al menos no impedida de forma contundente— crea un doble efecto: limita la movilidad palestina y consolida en la práctica la presencia de asentamientos como si fueran fronteras internas. “Nos niegan una solución”, dice Khalil Hathaleen, sintetizando el sentimiento de desamparo que sienten muchos habitantes.

Derecho internacional y disputas políticas

La comunidad internacional, incluyendo resoluciones de Naciones Unidas y el consenso de numerosos gobiernos y juristas, considera los asentamientos en territorios ocupados como contrarios al derecho internacional humanitario y a las resoluciones que promueven una solución negociada. Israel, por su parte, califica la cuestión como disputa sobre el futuro del territorio y sostiene que el estatus final debe definirse en negociaciones políticas. Entre estas posiciones, la práctica cotidiana en terreno genera hechos que complican cualquier eventual acuerdo negociado.

Impacto social y económico: más allá del alambre

El bloqueo de un camino tiene repercusiones en cadena: aumenta los costos de transporte, limita el acceso a servicios de salud y educación, y erosiona oportunidades económicas. En una comunidad donde la agricultura, en particular los olivares, constituye patrimonio y sustento, las talas deliberadas —o los incendios provocados— equivalen a empobrecer de manera planificada a familias enteras.

Además, la inseguridad y la repetición de incidentes generan migración y abandono de tierras. Cada árbol perdido es una renta futura que desaparece; cada día de clase perdido es un retroceso en capital humano. Para regiones ya vulnerables, estos impactos acumulados dejan huellas duraderas.

¿Qué alternativas existen?

  • Protección efectiva y supervisión independiente: presencia neutral y observadores internacionales que puedan documentar incidentes y disuadir agresiones.
  • Rutas escolares seguras: corredores de tránsito acordados y supervisados que garanticen el paso de estudiantes sin exposición a violencia o intimidación.
  • Reparaciones y restauración de tierras: programas para replantar olivares y compensar pérdidas económicas a familias afectadas por incendios o talas.
  • Investigación y rendición de cuentas: indagaciones independientes sobre incidentes violentos que lleven a sanciones a quienes cometan abusos, civiles o militares.

Voces desde Umm al-Khair: resistencia cotidiana

La estrategia de los habitantes de Umm al-Khair combina dignidad y pragmatismo: defender un camino con su presencia, exigir el paso de los niños a la escuela y documentar lo ocurrido con videos y testimonios. “Estamos decididos a mantener ese camino”, afirma Khalil Hathaleen. Ese acto de resistencia —sencillo y cotidiano— es la forma más visible de oposición a una dinámica que amenaza con borrar derechos elementales.

Si algo queda claro, es que la historia de una aldea y la de una política regional se entrelazan hasta volver inseparables las decisiones en despachos lejanos y la realidad de los patios escolares. Para que el derecho a la educación, la libertad de movimiento y la preservación de un modo de vida no queden supeditados a hechos consumados, será necesario combinar presión internacional, medidas concretas de protección y políticas que frenen la expansión de prácticas que alteran la geografía humana de la región.

Nota: declaraciones de organizaciones y cifras citadas se basan en informes y recuentos de derechos humanos y registros locales disponibles públicamente; para la documentación sobre la violencia de colonos, véase el archivo y las publicaciones de B'Tselem en https://www.btselem.org/.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press