La carrera por la Secretaría General de la ONU: ¿por qué hay menos candidatos y qué significa para la organización?

Cuatro aspirantes, un mundo polarizado y la incógnita sobre el peso real de Naciones Unidas en la diplomacia global

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La semana en que la Asamblea General de las Naciones Unidas escuchará a los cuatro candidatos principales para suceder a António Guterres se presenta como un termómetro de la salud institucional y política de la organización. A diferencia de 2016, cuando la contienda atrajo a más de una decena de postulantes y un clamor global por la primera mujer secretaria general, el proceso de 2026 muestra una competencia mucho más reducida: cuatro aspirantes que pasarán por la sala de audiencias ante los 193 Estados miembros de la ONU.

Un contexto internacional distinto

Diez años han transformado el escenario internacional. En 2016, la elección de António Guterres se dio en un mundo complejo pero con espacios cooperativos visibles: el Acuerdo de París (2015) y la adopción de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (2015) daban un marco de acción multilateral. Hoy, la escena global está marcada por una fragmentación geopolítica más profunda. Conflictos prolongados —como los de Ucrania, Gaza y tensiones vinculadas con Irán— han mostrado la limitación del sistema multilateral para prevenir o resolver guerras cuando los intereses contrapuestos de potencias con derecho de veto en el Consejo de Seguridad lo impiden.

Ese debilitamiento tiene efectos concretos sobre la elección del cargo más visible de la ONU. Según Richard Gowan, analista y director de programas del International Crisis Group, el clima actual desalienta las candidaturas múltiples: “Hace diez años muchos postulantes competían aun sabiendo que tenían pocas chances, pero buscaban visibilidad. Ahora el costo político y diplomático de equivocarse es mucho mayor” (International Crisis Group).

¿Por qué solo cuatro candidatos?

Hay factores estructurales y políticos detrás del número reducido de aspirantes. En términos formales, la Carta de las Naciones Unidas establece que la Asamblea General elige al secretario general a propuesta del Consejo de Seguridad, lo que consagra de facto la influencia de los cinco miembros permanentes (EE. UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia). La práctica de las “encuestas de sondeo” o "straw polls" en el Consejo en anteriores procesos ha servido para acotar rápidamente la lista.

Pero más allá de las reglas, hoy existe un cálculo político más prudente: los gobiernos que nominan desconfían de exponer a sus candidatos a un proceso que pueda provocar fricciones con capitales decisivos —Washington o Pekín— y, en casos, dañar relaciones bilaterales. Además, la percepción pública de la ONU como menos eficaz en la gestión de crisis importantes reduce el atractivo del puesto para figuras que podrían preferir roles con resultados más inmediatos o menos riesgos reputacionales.

Quiénes son los cuatro aspirantes y qué representan

  • Michelle Bachelet (Chile): ex presidenta de Chile y ex alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. Bachelet representa una candidatura con amplia experiencia en derechos humanos y gestión internacional, y simboliza la corriente que reclama una mayor presencia femenina en la dirección de la ONU.
  • Rafael Mariano Grossi (Argentina): actual director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Su perfil técnico y experiencia en materia nuclear lo muestran como un candidato centrado en seguridad internacional y gobernanza técnica.
  • Rebeca Grynspan (Costa Rica): secretaria general de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo). Grynspan aporta un enfoque en desarrollo económico, comercio y equidad global.
  • Macky Sall (Senegal): ex presidente de Senegal, cuya candidatura ha enfrentado dudas sobre el respaldo regional. Sall representa la aspiración de África por recuperar una secretaría general, aunque su nombramiento ha sido objeto de disputa dentro de la Unión Africana.

La presencia de tres candidaturas de América Latina y dos mujeres entre los cuatro aspirantes sugiere una dinámica regional y de género en juego. Bajo la práctica de rotación regional, tras la representación europea de Guterres, varios observadores esperaban que América Latina tuviera una ventana de oportunidad.

La dinámica de género y la presión por una mujer al frente

La campaña por una "madam secretary-general" sigue vigente: organizaciones como GWL Voices y otras redes de liderazgo femenino han reclamado insistentemente que la ONU sea encabezada por una mujer. António Guterres, durante su mandato, enfatizó la paridad de género en su administración, lo que alimentó las expectativas de que la sucesión pudiera consolidar ese objetivo.

Sin embargo, la realidad política altera la matemática de las aspiraciones: la postura de gobiernos clave y la posible preferencia de ciertas capitales por candidatos masculinos o por perfiles considerados menos polémicos pueden inclinar la balanza. Tal como señala Gowan, “antes había la sensación de que esta vez debía ganar una mujer; con el regreso de ciertos liderazgos en Washington esa certeza se ha erosionado” (International Crisis Group).

Las fricciones políticas: un ejemplo de la vida real

El caso de Bachelet ilustra cómo las variables internas y externas interfieren en candidaturas: aunque fue inicialmente nominada por Chile, Brasil y México, cambios políticos internos —con un nuevo gobierno chileno que retiró su apoyo— no determinaron su retirada gracias a la persistencia de nominaciones regionales. Esto muestra que la nominación nacional puede ser frágil y dependiente de fluctuaciones políticas domésticas.

¿Qué buscarán los Estados miembros en el próximo secretario general?

Los interrogantes que dominarán las audiencias públicas incluyen la visión para la ONU, la gestión de crisis, postura frente a violaciones de derechos humanos y estrategias para recuperar relevancia. Pero también habrá una evaluación implícita: ¿puede el próximo secretario general navegar las aguas de una geopolítica donde la cooperación es más limitada y la disuasión del Consejo de Seguridad puede paralizar respuestas colectivas?

Aspectos prácticos que pesarán son la capacidad de construir consensos entre grandes potencias sin perder legitimidad ante la mayoría de estados miembros; la habilidad de desplegar la diplomacia preventiva; y la gestión de reformas internas que mejoren la eficacia institucional.

La paradoja de la legitimidad y la eficacia

La ONU enfrenta una paradoja: su legitimidad sigue siendo alta en términos de representatividad —193 países en la Asamblea General— pero su capacidad de actuación se ve socavada cuando las potencias impiden acciones decisivas en seguridad. La secretaría general, pese a su visibilidad, tiene margen limitado para imponer soluciones en escenarios donde la política de poder predomina.

Por eso la selección del secretario general ya no es sólo una decisión sobre quién dirigirá la organización: es una prueba sobre si la ONU puede adaptar su liderazgo a un mundo menos dispuesto al compromiso colectivo. El nuevo secretario general tendrá que combinar diplomacia tradicional con innovación: fortalecer alianzas con actores regionales, incentivar coaliciones de la mayoría en la Asamblea, y explorar vías complementarias a las del Consejo de Seguridad para actuar en crisis humanitarias y conflictos.

Lecciones de 2016 y desafíos para 2026

La elección de 2016 enseñó que las audiencias públicas y la exposición mediática valoran la competencia comunicativa y la visión del candidato. Guterres sobresalió por su desempeño en el diálogo interactivo con la Asamblea. No obstante, lo que hoy se requiere va más allá del carisma: la combinación de experiencia técnica (en áreas como no proliferación nuclear, comercio o derechos humanos), habilidad política y respaldo geopolítico será clave.

Además, el proceso de 2026 puede dejar lecciones importantes sobre la reforma institucional: si la ONU desea recuperar eficacia, es probable que la discusión sobre el papel y la composición del Consejo de Seguridad, sobre mecanismos de rendición de cuentas y sobre la modernización administrativa vuelva a cobrar fuerza.

¿Qué puede esperar la ciudadanía global?

La elección del secretario general es un recordatorio de que las instituciones internacionales dependen tanto de normas y procedimientos como de los equilibrios de poder entre Estados. La ciudadanía, las organizaciones de la sociedad civil y las redes de líderes pueden influir en el proceso a través de campañas de visibilidad, exigencia de transparencia y presión por perfiles comprometidos con derechos humanos y desarrollo sostenible.

Si la nueva secretaría general logra articular una estrategia creíble para recuperar la confianza en la acción multilateral —vinculando resultados concretos en salud, clima, comercio y derechos con una diplomacia efectiva en conflictos—, la ONU podría resurgir como marco útil para enfrentar desafíos transnacionales. Si no, la organización seguirá siendo un foro imprescindible pero limitado, con un liderazgo más simbólico que operativo.

La semana de audiencias será, en ese sentido, mucho más que una vitrIna de personalidades: será la primera gran prueba pública de si la ONU puede conjugar legitimidad y eficacia en la era de la rivalidad global renovada.

Fuentes citadas: Richard Gowan, International Crisis Group (citado por analistas y documentos públicos del ICG).

Este artículo fue redactado con información de Associated Press