Entre visas temporales y decisiones imposibles: la vida de los iraníes en Turquía en tiempos de guerra
Historias desde Estambul: permisos temporales, incertidumbre y la difícil elección entre quedarse o volver
“Lloro todos los días. No hay vida en mi país, no hay vida aquí, ¿qué voy a hacer?” Estas palabras, pronunciadas por Sadri Haghshenas, una vendedora de börek en Estambul que envió a su hija de regreso a Teherán tras problemas para renovar su visado, condensan la angustia de decenas de miles de iraníes que han buscado en Turquía un refugio temporal ante la violencia y la incertidumbre en la región.
Un refugio precario
Durante años, Turquía ha sido una opción cercana para iraníes que buscan seguridad, tránsito o oportunidades económicas. Muchos acceden al país con estancias cortas o permisos temporales que, por su flexibilidad, han permitido a familias completas —en ocasiones— estabilizarse por meses o incluso años. Sin embargo, esa flexibilidad es doble filo: no ofrece seguridad a largo plazo ni acceso fácil a trabajo formal, servicios sociales o trámites que permitan planificar el futuro.
Según cifras del Instituto Turco de Estadística (TÜİK), casi 100,000 iraníes residían en Turquía en 2025. Por su parte, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) reportó que, desde el inicio del conflicto, cerca de 89,000 iraníes habían entrado a Turquía mientras que aproximadamente 72,000 habían salido, lo que muestra un flujo constante y volatile entre tránsito y retorno (TÜİK, ACNUR).
Historias que revelan un patrón
El caso de la familia de Haghshenas revela varios factores recurrentes: dependencia de permisos de corta duración, falta de recursos para asistencia legal, y la vulnerabilidad ante un control migratorio que puede transformar una situación tolerable en un riesgo de deportación. Su hija Asal, de 20 años, fue enviada de vuelta a Irán para evitar un proceso de deportación tras un control fronterizo; la familia espera que ella pueda volver con una visa de estudiante, pero la comunicación se ha visto dificultada por un prolongado apagón de internet en Irán.
Otro relato recogido en Estambul es el de Nadr Rahim, que llegó hace once años para la educación de sus hijos y sobrevivía con los ingresos de un negocio en Irán. La guerra y las sanciones han cortado esas fuentes de ingreso; los problemas para transferir dinero y la falta de ventas amenazan con dejar a la familia sin recursos. “Si la guerra continúa, no tendremos otra opción que volver”, reconoce Rahim.
Hay quienes intentan convertir estatus temporales en soluciones creativas: registrar estudios universitarios para obtener visas de estudiante, aceptar alojamientos colectivos abarrotados o, como una arquitecta freelance de Teherán entrevistada en Estambul, plantearse una nueva partida hacia países con políticas menos restrictivas, como Malasia, donde planea intercambiar trabajo por alojamiento durante su visa sin visado.
¿Por qué no piden protección internacional?
El sistema de protección internacional en Turquía presenta barreras burocráticas y prácticas que desalientan su uso. Según Sedat Albayrak, del Centro de Derechos de Refugiados y Migrantes del Colegio de Abogados de Estambul, obtener el estatus de protección internacional puede ser complicado, costoso y lento; por ello, muchos iraníes optan por recurrir a permisos de estancia cortos, incluso cuando viven así durante años. “Hay gente que ha vivido con ellos durante más de 10 años”, afirma Albayrak (testimonio recogido en Estambul).
La elección entre solicitar asilo y permanecer en un limbo temporal tiene consecuencias tangibles: acceso restringido al mercado laboral formal, precariedad sanitaria y educativa, y riesgo constante de encontrarse en una situación irregular. Para familias que dependen en parte de apoyos informales, esto se traduce en trabajos nocturnos, convivencia en pensiones saturadas y la imposibilidad de invertir en un futuro estable.
Impacto en la educación y la identidad
Los niños y jóvenes que han pasado la mayor parte de su infancia en Turquía enfrentan desafíos de integración inversa si se ven obligados a regresar a Irán: lenguas, currículos y costumbres distintas pueden convertirse en barreras. El testimonio de familias con hijos que no leen ni hablan farsi con fluidez es un ejemplo directo de cómo la diáspora prolongada genera nuevas identidades que no encajan fácilmente en ninguno de los dos lados.
Hoy, la educación de muchos jóvenes iraníes en Turquía depende de estrategias como matrículas universitarias que sirvan para legalizar estancias, aun cuando la asistencia económica y el acceso real a estudios de calidad sean limitados. Esta situación expone un problema estructural: la falta de vías legales de integración para migrantes cercanos en países vecinos.
Condiciones laborales y económicas
La imposibilidad de trabajar legalmente empuja a muchos a empleos informales y precarios en el sector servicios: restaurantes, limpieza, y pequeños comercios. La mujer iraní que se gana la vida con trabajos de servicio y estudia por la mañana para mantener su estatus relata jornadas agotadoras que se extienden hasta la madrugada y una convivencia en pensiones con varias mujeres en una misma habitación. “Vine a Turquía con esperanza, para apoyar a mis padres y construir un futuro. Ahora me siento desesperanzada”, confiesa (testimonio de una trabajadora iraní en Estambul).
Además, las sanciones internacionales y los cortes de internet en Irán complican transferencias de fondos y la continuidad de pequeños negocios que dependían de un flujo estable de dinero o comunicación digital con clientes y proveedores en Irán. Esto reduce la capacidad de ahorro y aumenta el riesgo de que familias que llegaron con recursos limitados se queden sin sustento.
¿Qué implica un posible retorno?
Para muchos, volver a Irán no es una opción neutral: implica jugársela con un país en guerra, con redes familiares amenazadas y con economías locales empobrecidas. Para otros, regresar puede significar exponerse a controles, represalias o a la imposibilidad de retomar empleos anteriores. Por eso, la amenaza de que más personas se vean obligadas a volver si el conflicto se prolonga genera un pesimismo generalizado.
Los expertos en movilidad humana señalan que el cierre de vías legales de regularización puede producir retornos abruptos y desordenados. Según organizaciones internacionales consultadas en 2025, la falta de alternativas de regularización en países de tránsito suele multiplicar la vulnerabilidad de la población migrante, incrementando riesgos de explotación laboral y marginalidad (OIM).
Respuestas posibles y recomendaciones
Ante este panorama, actores humanitarios y organizaciones de derechos recomiendan varias medidas:
- Facilitar vías de regularización: crear programas temporales que permitan el acceso al trabajo formal y a servicios básicos, reduciendo la dependencia de permisos de corta duración.
- Asistencia legal y orientación: fortalecer la oferta de asistencia jurídica gratuita para trámites migratorios y solicitudes de protección internacional.
- Programas educativos adaptados: implementar iniciativas que permitan la continuidad educativa de niños y jóvenes migrantes, incluyendo clases de lengua y programas de equivalencia curricular.
- Apoyo económico y remesas seguras: facilitar mecanismos seguros y económicos para transferencias internacionales, así como apoyos temporales para familias en riesgo de quedarse sin recursos.
Estas medidas no son soluciones mágicas, pero pueden reducir la precariedad y evitar que decisiones desesperadas —como separar familias o aceptar retornos forzosos— se conviertan en la regla. La experiencia de Turquía con población iraní demuestra la necesidad de políticas de migración regionales flexibles y humanas, que consideren los vínculos familiares, las trayectorias laborales y las condiciones reales en los países de origen.
Vidas en pausa, decisiones que cuestan
Las historias recogidas en Estambul muestran personas que han convertido la incertidumbre en una rutina diaria: madres que envían a sus hijos de regreso por temor a la deportación; jóvenes que se quedan sin internet y pierden clientes; trabajadores que no pueden legalizar su empleo; familias que calibran cuánto tiempo más pueden aguantar lejos de su patria. Entre visas renovables cada seis meses y el riesgo de un conflicto regional que empeore, muchas familias viven en un continuo estado de espera.
Como dice una frase que se repite en los barrios donde viven migrantes iraníes: la temporalidad prolongada puede ser peor que la crisis misma, porque borra la posibilidad de planear, de invertir y de soñar. Ante eso, la respuesta institucional y comunitaria resulta decisiva para que esas vidas en pausa no terminen por romperse.
Fuentes citadas: Instituto Turco de Estadística (TÜİK), Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Testimonios y entrevistas realizadas en Estambul con personas de origen iraní.
