Sheila, la tres-ruedas que desafió África: 22.500 km de locura, amistad y mecánica improvisada

Cómo dos aventureros y un automóvil británico, pensado para ir al mercado, completaron un viaje épico desde Londres hasta Ciudad del Cabo

Sheila no nació para atravesar selvas, salvar dunas o aguantar convoys militares. Fue diseñada, según la cultura popular británica, para algo mucho más prosaico: ir a la tienda y volver en la Inglaterra de los años setenta. Sin embargo, hace apenas unos meses una de esas reliquias de tres ruedas —uno de los últimos modelos Reliant Robin— terminó su periplo en el extremo sur de África tras un viaje de más de 22.000 kilómetros que comenzó como una broma y terminó como una epopeya humana.

La idea tan absurda que había que aceptar

Todo empezó con una propuesta tan descabellada que fue imposible negarla. Dos amigos —un inglés, Ollie Jenks, y un canadiense, Seth Scott— compraron a propósito una Reliant Robin plateada y la bautizaron Sheila. La meta: conducirla desde Londres hasta Ciudad del Cabo, cubriendo alrededor de 14.000 millas (22.500 km) y atravesando 22 países. Según los propios protagonistas, la cuenta de Instagram del viaje reunió casi 100.000 seguidores bajo el lema “14,000 miles, 3 wheels, 0 common sense” (Instagram).

Un vehículo con estatus de culto y fama televisiva

La Reliant Robin goza de un estatus casi mítico en el Reino Unido. Producida por la Reliant Motor Company, la familia Robin se popularizó en las décadas de 1970 y 1980; su figura de tres ruedas y su aspecto frágil se consolidaron en la imaginación popular, sobre todo tras aparecer en programas como la sitcom “Only Fools and Horses”. Aunque la producción de Reliant disminuyó hacia finales del siglo XX y los modelos dejaron de fabricarse a comienzos del 2000, su iconografía perdura entre aficionados y coleccionistas (Wikipedia: Reliant Robin).

Más que un problema de confiabilidad: una prueba de resistencia humana

Jenks no ocultó desde el primer momento lo inadecuada que era Sheila para ese viaje: “No tiene dirección asistida, ni aire acondicionado, y no va bien ni cuesta arriba ni cuesta abajo. Es el coche más inadecuado para probablemente cualquier travesía”, dijo en varias entrevistas y publicaciones durante la ruta (entrevistas del equipo del viaje, Instagram).

Y sin embargo fue precisamente esa inadecuación la que alimentó el proyecto. El contraste entre el vehículo y el terreno —selvas tropicales, macizos montañosos, desiertos inmensos y tramos fronterizos complejos— convirtió el recorrido en una sucesión de pequeños milagros mecánicos y grandes muestras de solidaridad.

La logística, el dinero y la planificación

El viaje duró cuatro meses y medio y costó entre 40.000 y 50.000 dólares, según los mismos aventureros. El financiamiento vino de patrocinadores y micromecenazgo, y buena parte del relato se contó en tiempo real a través de sus redes. Esa mezcla de financiación participativa y comunidad digital es un rasgo definitorio de las aventuras modernas: no solo viajas, sino que llevas a decenas de miles de seguidores contigo.

Riesgos reales: golpes, política y combates

La ruta no estuvo exenta de peligros. Sheila llegó a Benín en pleno intento de golpe de Estado; atravesó el norte de Nigeria mientras se registraban bombardeos contra objetivos del Estado Islámico; y recibió un acompañamiento militar durante aproximadamente 480 kilómetros en una región de violencia separatista de Camerún. Los contrastes eran extremos: un coche pensado para trayectos urbanos en medio de maniobras militares y conflictos regionales.

En un tramo en la República Democrática del Congo, un autobús que adelantaba a gran velocidad estuvo a punto de embestirles contra un cortado. “Imagínate este coche en un convoy militar”, comentó Jenks en tono de asombro al relatar ciertos pasajes del viaje (relatos publicados por los viajeros en redes sociales).

El rosario de averías: improvisación y redes de ayuda

Sheila no tardó en mostrar su fragilidad mecánica: en las primeras dos semanas cambiaron los muelles de las ruedas; en Ghana se les rompió la caja de cambios y quedaron con una sola marcha (cuarta); en Camerún tuvieron problemas con el embrague y el distribuidor; y en un momento crítico el motor se destrozó por completo.

Pero la otra cara de la moneda fue la solidaridad. Gente anónima organizó el envío de una caja de cambios a Ghana; entusiastas de Reliant en el Reino Unido localizaron un motor que viajaría hasta Camerún; mecánicos locales, a menudo con herramientas rudimentarias, tornillos y mucho ingenio, atornillaron, martillaron y soldaron para mantener a Sheila en la carretera. Tras una avería, los locales incluso subieron a Sheila en una baca o en la parte trasera de camiones de ganado para trasladarla a talleres lejanos.

Momentos de gloria: fauna, paisajes y la llegada

La travesía no fue solo sufrimiento mecánico y peligro. Hubo también escenas que justifican cualquier aventura: pasar por parques donde los viajeros fotografiaron jirafas, rinocerontes en peligro de extinción y elefantes gigantes; atravesar cadenas montañosas y desiertos donde nadie imaginaría ver un vehículo de tres ruedas; y esos instantes íntimos de triunfo cuando el pequeño motor, a pesar de un sobrecalentamiento persistente en el desierto de Namibia, les permitió rodar los últimos mil seiscientos kilómetros hasta Ciudad del Cabo.

Ante la vitrina de concesionarios de lujo en Sudáfrica, Sheila, con su ventana lateral rota, parabrisas manchado de gasolina, llantas dobladas y abolladuras por doquier, se convirtió en centro de atención. Un entusiasta local resumió la sensación: “Es una gran historia de desvalidos. Veo lo cómico, lo absurdo, pero también la enorme admiración. Tienen una tenacidad absoluta” (comentario de seguidores y visitantes, redes sociales).

La dimensión humana del viaje

Más allá del récord potencial —ser el primer viaje de esa magnitud en un vehículo de tres ruedas—, la aventura puso en primer plano la capacidad de colaboración entre desconocidos y la diferencia entre idea y ejecución. Jenks y Scott aprendieron a confiar en la hospitalidad africana: desde ayuda logística hasta piezas de recambio, la ruta fue una cadena de favores que permitió a Sheila seguir rodando.

El viaje también expone cómo la narración digital transforma las expediciones: lo que antaño era un álbum de fotos y anécdotas locales ahora es contenido continuo que atrae patrocinadores, seguidores y apoyo organizativo. Seguir la ruta a través de actualizaciones, fotos y videos creó una comunidad global que aplaudió y asistió en momentos críticos.

¿Qué sigue para Sheila?

Tras su llegada a Ciudad del Cabo y un descanso merecido, Sheila será sometida a una reparación exhaustiva. El plan es llevarla luego a Kenia, embarcarla hacia Turquía y, finalmente, devolverla al Reino Unido para que encuentre un hogar en el Museo del Transporte de Londres. Convertir esa carrocería maltrecha en objeto museable es la última voltereta simbólica: de vehículo cotidiano a icono de una aventura única.

Reflexiones sobre riesgo, turismo y sentido de la hazaña

Este viaje plantea preguntas interesantes sobre turismo extremo y los límites de la experiencia moderna. ¿Hasta qué punto una travesía así es un acto de valentía o de imprudencia? ¿Qué líneas éticas deben trazar quienes cruzan zonas con inestabilidad política o militar? Más allá del debate, lo cierto es que Jenks y Scott demostraron dos cosas: que la tenacidad humana y la ayuda mutua pueden sostener un proyecto aparentemente irracional, y que las historias verosímiles siguen teniendo un gran valor narrativo en un mundo saturado de contenido.

  • Duración del viaje: aproximadamente 120+ días y medio.
  • Distancia aproximada: 14.000 millas / 22.500 kilómetros.
  • Países atravesados: alrededor de 22.
  • Coste aproximado: entre 40.000 y 50.000 USD (patrocinios y crowdfunding).

Sheila será recordada no por su rendimiento técnico, sino por ser el catalizador de una historia donde la amistad, la improvisación mecánica y la generosidad de desconocidos sostuvieron una hazaña improbable. En tiempos en que las máquinas están hechas para la eficiencia, a veces un vehículo frágil y una idea absurda son suficientes para recordarnos lo que significa atreverse.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press