Cuando la belleza se adapta a la escasez: cómo la crisis en Cuba redefine rutinas y autoestima

Entre cortes, uñas recortadas y soluciones caseras, las habaneras reinventan sus cuidados personales en un país con agua, combustible y electricidad cada vez más escasos

En La Habana y en otras ciudades cubanas, la crisis económica y los cortes recurrentes de agua y electricidad han empezado a transformar algo que durante décadas fue casi un ritual social: los cuidados personales. Peluquerías con paredes pintadas de colores llamativos que hoy atienden a la mitad de sus clientes, manicuras que desaparecen y mujeres que priorizan pestañas y peinados sencillos son algunos de los signos visibles de un fenómeno que combina adaptación cotidiana y pérdida de rutinas queridas.

Belleza y dignidad en tiempos de penuria

Para muchas cubanas, arreglarse no es un lujo superficial sino una forma de dignidad, identidad y resistencia cultural. La costumbre de hacerse las uñas, teñirse el cabello o acudir al salón para un corte formaba parte de la vida social: conversar, intercambiar novedades y mantener vínculos. Ahora, esas rutinas se recortan o mutan. Algunas optan por procedimientos más baratos o por técnicas de bajo consumo de agua; otras simplemente esperan más tiempo entre una cita y otra.

En términos prácticos, la escasez de agua obliga a priorizar necesidades básicas: cocinar, beber y aseo mínimo. El resultado visible en la calle puede ser un aumento de cabello natural —rizado, sin alisados complicados— y estilos que requieren menos mantenimiento. También se observa que quienes aún pueden pagar servicios optan por que la estilista haga visitas a domicilio, aprovechando para reunir a varias clientas en una sola cita y así optimizar el gasto en transporte y energía.

Creatividad sobre carencias: trucos del oficio

Las profesionales del sector han desarrollado soluciones prácticas. En salones donde el agua llega a cuentagotas, algunas manicuristas usan mezclas de agua con vinagre en bote pulverizador para ablandar cutículas y reducir el uso de agua corriente; esta práctica también contribuye a disminuir problemas de hongos al evitar remojos prolongados. Otros recursos incluyen:

  • Emplear técnicas de peinado en seco y productos que prolongan el aspecto arreglado entre lavados.
  • Ofrecer cortes que favorezcan la textura natural del cabello, en lugar de tratamientos térmicos que requieren agua y energía eléctrica para mantenimiento.
  • Programar citas agrupadas a domicilio para reducir traslados y compartir costos.

Estas adaptaciones no solo muestran ingenio: reflejan una economía de supervivencia donde cada recurso cuenta. Sin embargo, también tienen un costo emocional: la sensación de pérdida de control sobre la propia apariencia y, para algunos, un golpe a la autoestima.

Impacto económico en el sector de la belleza

El reducido flujo de clientes ha afectado los ingresos de peluquerías y salones. Donde antes un día podía llenarse con varias citas, hoy el silencio en la sala es frecuente. Los trabajadores refieren haber perdido clientela estable y dicen que muchos han dejado de pagar tratamientos regulares.

Para entender el contexto macroeconómico: la economía cubana ha enfrentado retrocesos significativos en los últimos años por una combinación de factores, entre los que figuran la caída del turismo tras la pandemia, restricciones en el comercio internacional y problemas en la logística de importaciones de combustibles. Según datos del Banco Mundial, la economía cubana sufrió una contracción importante en 2020 y su recuperación ha sido desigual desde entonces (fuente: World Bank). Estos vaivenes macroeconómicos se traducen en menos poder adquisitivo para bienes y servicios cotidianos.

Higiene, salud pública y prioridades domésticas

Más allá de la estética, la reducción de lavados afecta la higiene y la salud. Algunas personas han declarado que lavan su cabello con menos frecuencia —a veces apenas un par de veces al mes— y que la ropa se lava con menor regularidad, lo que dificulta la eliminación de sudor y suciedad en climas cálidos. Estos cambios pueden incrementar molestias dermatológicas, proliferación de hongos en pies y uñas, y malestar general.

Las peluqueras y manicuristas locales han notado un incremento en casos relacionados con infecciones y hongos por el espaciamiento entre citas y por la imposibilidad de llevar a cabo limpiezas más profundas. Esto lleva a que quienes trabajan en el sector tengan que aconsejar cuidados caseros preventivos, pero las recomendaciones también chocan con la falta de recursos: menos agua, menos jabón, menos tiempo.

La política, el embargo y la percepción pública

En el debate público y político, muchos cubanos apuntan a factores externos como el embargo internacional —en vigor en distintas formas desde los años sesenta— y a sanciones recientes que afectan el suministro energético y de combustible. La esfera gubernamental y diplomática ha colocado la eliminación de sanciones como prioridad en negociaciones. Mientras tanto, en la vida diaria, las familias enfrentan decisiones inmediatas: recortar servicios, priorizar compras de alimentos y, para algunos, renunciar temporalmente a cuidados personales que antes eran rutina.

La historia reciente explica parte de estas tensiones: las restricciones de comercio y el control de divisas dificultan la importación de insumos básicos, incluidos productos cosméticos y equipos para salones; la falta de combustible afecta a la logística y al transporte público, incrementando el costo real de desplazarse para un servicio de estética.

Género y simbolismo: por qué importa lo estético

La estética para las mujeres cubanas tiene una dimensión simbólica que va más allá de la vanidad: es una forma de expresión cultural, un elemento vital de la sociabilidad y, en muchos casos, una herramienta de empleo. Trabajos en la atención al público y en servicios personales dependen de la presentación. Reducir o cambiar estas prácticas obliga a repensar roles y estrategias laborales, y en el caso de mujeres de mayor edad, puede marcar una notable pérdida de bienestar emocional.

En perspectivas sociológicas, la pérdida de rutinas estéticas puede desencadenar efectos en la autoestima, el tejido social de barrios y la economía informal alrededor de los salones. Las peluquerías y salones han sido tradicionalmente centros de intercambio comunitario; su declive limita espacios de reunión y apoyo mutuo.

Casos y relatos desde el terreno

En barrios de La Habana, los relatos se repiten con variaciones: estilistas que ofrecen cortes que exijan menos mantenimiento, manicuristas que reemplazan baños de remojo por spray con vinagre y clientas que priorizan tratamientos económicos o simplemente esperan hasta poder costearlos. Estas historias describen no solo una economía en contracción, sino un proceso de ajuste humano y cultural.

Algunos profesionales intentan mantener precios accesibles y, al mismo tiempo, subsistir. Otros han diversificado servicios, agregando tratamientos rápidos que no requieran agua ni energía eléctrica. La creatividad es, en muchos casos, la mejor herramienta para resistir.

¿Qué queda por hacer?

Las soluciones de corto plazo pasan por estrategias domésticas y microemprendedoras: educación sobre higiene con recursos limitados, intercambio de conocimientos entre profesionales para minimizar riesgos sanitarios y la búsqueda de productos locales o alternativas menos dependientes de importaciones. A medio y largo plazo, la recuperación de servicios públicos esenciales —agua y electricidad— y la estabilización económica son fundamentales para que las rutinas de cuidado y belleza vuelvan a ser una elección, no una renuncia.

La belleza, en este contexto, no es solo un accesorio: es una ventana hacia cómo una sociedad maneja la fragilidad de su cotidianidad. Las historias de salones con pocos clientes, de manos que ahora esconden uñas recortadas y de pestañas priorizadas para desviar la mirada hacia arriba, son testimonios de la capacidad de adaptación de las personas. Pero también son un recordatorio de que la dignidad cotidiana depende, en gran medida, de servicios e infraestructura que empiezan por el agua corriente y la electricidad estable.

Mientras tanto, en las calles de La Habana, el oficio continúa: tijeras, secadores manuales, pulverizadores caseros y, sobre todo, conversación. La estética se reinventa en cada gesto, adaptándose a la contingencia y a la esperanza —pequeña, cotidiana— de que mañana habrá más agua, más luz y la posibilidad de volver a reservar una cita sin dudarlo.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press