Netanyahu en la cuerda floja: guerras inconclusas, confianzas erosionadas y una campaña electoral decisiva

Entre enfrentamientos con Irán, Hezbollah y Hamas, la gestión bélica del primer ministro más longevo de Israel enfrenta críticas que pueden definir las próximas elecciones

Israel ha vivido más de dos años de conflicto intenso que han puesto a prueba su seguridad, su diplomacia y, sobre todo, la confianza ciudadana en su liderazgo. Lo que comenzó con el ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023 desembocó en confrontaciones cruzadas: Gaza, el Líbano y un enfrentamiento directo e indirecto con Irán y sus proxies. En cada frente, los resultados han sido complejos y en buena medida inconclusos, lo que plantea una pregunta central de cara a las elecciones previstas para finales de octubre: ¿puede Benjamin Netanyahu convertir el esfuerzo militar en capital político o, por el contrario, su manejo de la guerra lo aleja del poder?

Una percepción pública en retroceso

Los sondeos recientes reflejan una caída en la confianza pública respecto a la gestión gubernamental durante los conflictos. Un sondeo del Israel Democracy Institute mostró que, al inicio de la campaña contra Irán, un 64% de los encuestados confiaba en Netanyahu para dirigir la operación; sin embargo, tras el cese al fuego y las decisiones que lo rodearon, la valoración del manejo del conflicto por parte del gobierno se volvió más negativa que positiva (Israel Democracy Institute). Esta variación no es menor: indica que la opinión pública puede responder no solo a las victorias o derrotas militares, sino a la sensación de consecuencias duraderas y claridad estratégica.

Objetivos estratégicos vs. resultados políticos

Al anunciar la campaña contra Irán a fines de febrero, Netanyahu fijó objetivos ambiciosos: degradar la capacidad militar iraní, eliminar sus programas nucleares y de misiles balísticos y crear condiciones que pudieran derivar en el cambio de régimen. Desde el punto de vista operacional, Israel infligió daños relevantes a activos militares iraníes y vinculados a su influencia regional; no obstante, esas acciones no tradujeron en la consecución plena de los objetivos declarados. Irán sigue siendo un actor capaz de amenazar rutas marítimas —especialmente el estratégico Estrecho de Ormuz— y de mantener presencia e influencia en Siria, Líbano, Gaza y Yemen.

En el Líbano, el conflicto reciente con Hezbollah terminó con un cese del fuego mediado, en buena parte, por la diplomacia estadounidense. Aunque las fuerzas israelíes llegaron a ocupar franjas del sur del Líbano, el resultado no fue la neutralización definitiva del grupo chií. En Gaza, pese a operaciones militares prolongadas que llevaron a degradar parte de la capacidad de Hamas, el grupo sigue existiendo y la cuestión humanitaria y política asociada a Gaza permanece sin resolver.

La fatiga social y el horizonte electoral

El desgaste es palpable en diversas capas de la sociedad israelí. Las poblaciones del norte, sometidas a meses de cohetes y sirenas por parte de Hezbollah, han mostrado frustración por lo que perciben como interrupciones prolongadas de la normalidad y una sensación de vulnerabilidad continua. En ciudades cercanas a la frontera, comercios siguen cerrados y las protestas locales han dirigido su ira hacia el gobierno.

Ese descontento se traslada al tablero político: múltiples líderes de la oposición han buscado capitalizar el descontento uniendo fuerzas. Recientemente, Naftali Bennett y Yair Lapid anunciaron una alianza que busca consolidar al bloque alternativo a Netanyahu. El objetivo es claro: presentar una alternativa unificada capaz de atraer a votantes hartos de la incertidumbre bélica y de la percepción de mala gestión.

La relación con Estados Unidos: ¿aliados, pero con matices?

La guerra no se libra solo en el terreno; también se hace en la diplomacia. La relación entre Netanyahu y el presidente de Estados Unidos ha sido hasta ahora intensa y con grandes gestos: premios simbólicos, invitaciones y comunicación diaria según fuentes anónimas citadas en medios. Sin embargo, inesperadas divergencias en prioridades y tiempos han puesto en evidencia que el alineamiento absoluto no siempre es posible.

Para muchos israelíes, la mediación estadounidense en los ceses al fuego suscitó dudas sobre hasta qué punto los intereses de seguridad de Israel fueron plenamente defendidos en las negociaciones. En la encuesta del Israel Democracy Institute, la mayoría consideró que el acuerdo entre Washington e Irán tendría una probabilidad baja de tener en cuenta la seguridad de Israel en grado apropiado. Esa percepción alimenta la narrativa crítica hacia el gobierno de que las decisiones claves se están tomando, en términos reales, fuera de Jerusalén.

¿Por qué las victorias militares no siempre se traducen en apoyo político?

Hay varios factores que explican esta aparente paradoja:

  • Expectativas versus resultados: Cuando los líderes prometen resultados transformadores (derrocar regímenes, destruir capacidades nucleares) y las acciones producen daños pero no cambios sistémicos, la percepción pública puede inclinarse hacia la frustración.
  • Costes prolongados: Las guerras que se alargan producen fatiga económica, social y psicológica. Las poblaciones que viven bajo amenaza constante, aunque haya logros tácticos episódicos, pueden valorar más la estabilidad que las victorias parciales.
  • Legitimidad y narrativa: Si la ciudadanía siente que las decisiones se toman atendiendo a intereses externos o que no hay una estrategia política clara postconflicto, la legitimidad del liderazgo se erosiona.

El enemigo no es unívoco: múltiples frentes, múltiples desafíos

La particularidad del conflicto israelí contemporáneo es que no se trata de un enfrentamiento clásico entre estados solamente: Irán opera tanto con capacidades propias como mediante redes de aliados y proxies (Hezbollah en Líbano, milicias chiíes en Siria e Irak, y apoyo indirecto a grupos en Gaza y Yemen). Esa complejidad complica cualquier expectativa de victoria rápida y definitiva.

Históricamente, Israel ha logrado imponer costos a sus adversarios —la guerra de 1967, por ejemplo, redefinió fronteras y poder regional—, pero el siglo XXI presenta guerras asimétricas en las que la derrota absoluta del adversario resulta mucho más difícil de alcanzar y menos definitoria políticamente. La resiliencia de organizaciones ideológicas y la capacidad de actores externos de reconstruir capacidades hacen que los resultados tácticos sean frágiles.

Escenarios políticos de cara a las elecciones

Si Netanyahu logra convencer a la mayoría de votantes de que sus acciones han impedido una amenaza existencial inminente, podría convertir la seguridad en un activo electoral. Para ello es indispensable que presente una narrativa creíble sobre las ganancias a largo plazo: reducción sostenida de ataques, acuerdos que fortalezcan la disuasión, o avances diplomáticos que mejoren la posición de Israel en la región.

Por el contrario, si la oposición —con figuras como Bennett, Lapid y posiblemente Gadi Eisenkot involucrados— logra unificar votantes insatisfechos y articular un plan claro para la seguridad y la estabilización, Netanyahu enfrentarían dificultades. Los votantes del norte, los ciudadanos fatigados por interrupciones de la vida cotidiana y aquellos preocupados por la legitimidad democrática son electorados clave que podrían inclinar la balanza.

Lo que está en juego más allá de un gobierno

Las elecciones no solo decidirán quién ocupa la oficina del primer ministro: definirán la dirección estratégica de Israel en un momento en que el mapa geopolítico del Medio Oriente está en movimiento. La relación con Estados Unidos, las respuestas a Irán, la política hacia Gaza y la conducción de la seguridad fronteriza serán asuntos que el próximo gobierno deberá gestionar con delicadeza.

En términos más amplios, el desenlace influirá en la percepción internacional de Israel como actor capaz de equilibrar seguridad y legitimidad democrática. La política interior y la seguridad exterior están íntimamente ligadas: decisiones militares tienen consecuencias domésticas, y la política interna condiciona la capacidad de acción en el exterior.

Reflexión final

Israel enfrenta una encrucijada: por un lado, la necesidad de mantener una respuesta creíble frente a actores como Irán y Hezbollah; por otro, la urgencia de reconstruir la confianza ciudadana y presentar estrategias sostenibles que trasciendan la gestión táctica del conflicto. Para Netanyahu, la prueba no es solo militar sino política: demostrar que las operaciones se traducen en seguridad duradera y en un futuro viable para la ciudadanía. Si no lo consigue, las urnas podrían dictar un cambio en la conducción del país.

Citas y fuentes citadas: sondeo del Israel Democracy Institute sobre la percepción pública de la gestión de seguridad (Israel Democracy Institute, encuestas públicas) y declaraciones públicas de líderes políticos y comentaristas citados en medios israelíes especializados.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press