¿Valía la pena revivir a Runway? Una mirada crítica a “The Devil Wears Prada 2”

Entre nostalgia, cambios mediáticos y un elenco impecable: por qué la secuela brilla en el vestuario pero tropieza en el alma

La moda vende sueños; las secuelas, nostalgia. Veinte años después de que Miranda Priestly, con su corte glacial y sus refranes afilados, se convirtiera en sinónimo de poder editorial en la pantalla, llega “The Devil Wears Prada 2”. El reparto original —Meryl Streep, Anne Hathaway y Stanley Tucci— vuelve a reunirse para una película que apuesta por el encanto de sus estrellas y por una actualización temática: la era digital, la precariedad laboral en los medios y la tensión entre la calidad periodística y el click fácil.

El regreso de los personajes: familiar pero transformado

Uno de los grandes atractivos del nuevo filme es ver a los actores retomando personajes que ya forman parte del imaginario pop. Streep sigue siendo Miranda; su sola presencia provoca expectativas que la película intenta satisfacer. Anne Hathaway retorna como Andrea Sachs, ahora una periodista más consolidada, y Stanley Tucci conserva su elegante mordacidad. Esta continuidad actoral es, sin duda, la carta de presentación más fuerte de la secuela: en pantalla, la química sigue intacta y los diálogos con Streep siguen siendo el combustible dramático que la franquicia necesita.

Sin embargo, la película no reproduce el conflicto original: ya no tenemos a la asistente novata abrumada por un entorno ostentoso. La dinámica cambia porque los tiempos han cambiado. Andrea es ahora una reportera galardonada que, irónicamente, recibe un premio justo cuando descubre que su sección ha sido despedida. Ese giro inicial es, en términos narrativos, una declaración: el universo del glamour ahora convive —y choca— con la fragilidad del periodismo tradicional.

Temas contemporáneos: aciertos y torpezas

La secuela intenta abordar asuntos reales y pertinentes: la digitalización de las revistas, la primacía del contenido viral por sobre la investigación profunda y cómo la moda debe lidiar con la responsabilidad ética (por ejemplo, cuando un diseñador resulta vinculado a prácticas laborales cuestionables). Estas problemáticas son útiles para modernizar la trama, pero no siempre la película sabe equilibrarlas con lo que el público realmente extraña de la saga original: la crueldad elegante de Miranda y la transformación personal de Andrea a través del choque con ese mundo.

El resultado es una mezcla a veces dispareja. Por un lado, hay momentos que funcionan como comentario social: la pérdida de empleos en redacciones (un fenómeno real y documentado en la última década) y la presión por métricas de audiencia son realidades que muchos espectadores reconocerán. Según Pew Research (2023), entre 2008 y 2022 la industria de noticias sufrió una caída significativa en empleos periodísticos en Estados Unidos; ese dato contextualiza el punto de partida de Andrea y subraya la intención de la película de no quedarse en lo superficial. Fuente: Pew Research Center.

Por otro lado, la película parece vacilar entre ofrecer un drama sobre el estado de los medios y entregar la comedia de etiquetas y pasarelas que la audiencia espera. El equilibrio no siempre se alcanza; los intentos por modernizar a Miranda y suavizar la mala leche del personaje (para mostrar una aparente evolución social) bajan la tensión que hizo memorable el original. En la práctica, el antagonista cruel que definió la primera parte cede terreno a una versión más humana y, por tanto, menos icónica.

El peso de la nostalgia frente a la innovación creativa

Que el filme apueste por traer de vuelta el reparto y por colecciones de moda fastuosas es comprensible: la nostalgia vende entradas. Pero existe un peligro inherente a las secuelas tardías: cuando la reproducción supera a la reinvención, el producto final puede sentirse innecesario. “The Devil Wears Prada” (2006) consiguió capturar algo preciso sobre ambición, sacrificio personal y los costos emocionales de subir en un mundo superficial; la secuela cambia el foco hacia las instituciones y la tecnología. Es una actualización legítima, pero que carece del mismo filo dramático.

La comparación con series contemporáneas que exploran el poder corporativo —por ejemplo, “Succession”— es casi obligada. La secuela parece aspirar a esa complejidad, pero con menos corrosión moral y más glamour. El resultado: una película que brilla en exteriores (Milán, Hamptons, alfombras rojas) y en vestuario, pero que no se atreve a despojarse de la comodidad narrativa que ofrece su legado de culto.

Personajes nuevos y viejas amistades: ¿suma o resta?

El filme suma caras conocidas (Emily Blunt reaparece como Emily Charlton, ahora en un rol corporativo de alto perfil) y rostros nuevos —desde Simone Ashley hasta Caleb Hearon— que intentan aportar aire fresco. Además hay cameos curiosos (desde figuras del mundo tech hasta deportistas), una decisión que puede verse como guiños para la audiencia contemporánea o como distracciones que entorpecen el hilo central.

Un problema recurrente es que el conflicto principal se diluye en subtramas: la toma de control por parte del hijo “tech bro” del presidente de Runway, los vaivenes románticos y las crisis de reputación del medio ocupan espacio que, tal vez, hubiera sido mejor destinado a profundizar la relación entre Andrea y Miranda. Como consecuencia, la película renuncia a la tensión uno a uno que hizo tan irresistible el original.

Lo que funciona: Streep, Tucci y el vestuario

No todo es reprochable. Meryl Streep compone, como siempre, un personaje magnético; incluso en una versión algo domesticada de Miranda, sus frases y gestos siguen generando crédito emocional. Stanley Tucci, por su parte, ofrece momentos de alivio y sofisticación. En cuanto al diseño de vestuario, la película cumple con creces: la moda vuelve a ser un personaje más, con atuendos que hablan tanto como los diálogos.

Desde una perspectiva técnica, la cinta mantiene altos estándares: fotografía cuidada, locaciones internacionales y una banda sonora que acompaña sin pretender sustituir la narrativa. Para quienes busquen escapismo con una dosis de glamour y unas cuantas frases punzantes de Streep, el filme ofrece eso y más.

¿Para quién es “The Devil Wears Prada 2”?

  • Para los fanáticos del reparto: si tu principal interés es volver a ver a Streep, Hathaway y Tucci compartir pantalla, la película es un reencuentro satisfactorio.
  • Para espectadores interesados en reflexiones sobre medios: ofrece puntos de partida válidos, aunque no profundiza tanto como podría.
  • Para quienes aman la sátira de oficina y la crueldad elegante: pueden quedar decepcionados por la suavización de Miranda y la pérdida del dinamismo asistente-jefe que definió la primera entrega.

En última instancia, “The Devil Wears Prada 2” es un ejercicio ambivalente: celebra el legado de su predecesora con un montaje de moda y estrellas, pero tropieza cuando intenta transformarse en comentario socio-laboral contemporáneo. Si la pregunta es si el público necesitaba esta secuela, la respuesta dependerá de cuánto valore cada espectador el retorno del elenco frente a la urgencia de una historia que realmente justifique su propia existencia.

Ficha técnica: “The Devil Wears Prada 2”, 20th Century Studios. Clasificación MPAA: PG-13. Duración: 119 minutos. Puntuación sugerida: 2 de 4 estrellas (valoración crítica aproximada, por su equilibrio entre virtudes actorales y debilidades narrativas).

Este artículo fue redactado con información de Associated Press