Khartoum tras la batalla: la amenaza invisible de las municiones sin detonar

Cómo campos minados y artefactos explosivos remanentes están impidiendo el regreso seguro y la reconstrucción en la capital sudanesa

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Khartoum parece haber recuperado su silencio, pero no su seguridad. Tras los combates que sacudieron la ciudad en 2023 y el flujo de población que ha vuelto desde entonces, miles de residentes se encuentran con un enemigo que no hace ruido: municiones sin detonar, minas y restos de armamento que permanecen activos en calles, parques y zonas residenciales.

Un peligro cotidiano y subestimado

Los relatos de víctimas son contundentes. Khaled Abdulgader perdió dos dedos cuando un objeto que los niños usaban como balón explotó en su mano; la metralla le abrió además heridas en el pecho. Casos similares —niños y adultos que recogen fragmentos, piezas metálicas o juguetes improvisados— se repiten en barrios de Khartoum y Omdurman. Este patrón refleja una realidad trágica: la población que regresa desconoce con frecuencia los riesgos de los restos de guerra.

Según datos difundidos por agencias de Naciones Unidas y organizaciones humanitarias, en 2025 y los primeros meses de 2026 se contabilizaron decenas de víctimas en Khartoum a causa de artefactos explosivos remanentes. El Programa de Acción sobre Municiones (PAM) y la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos de Desminado (UNMAS) han documentado la limpieza de millones de metros cuadrados en el estado de Khartoum, y la recuperación de decenas de miles de artefactos.

Dimensiones del problema: cifras y alcance

Las cifras más relevantes permiten dimensionar la gravedad:

  • Áreas contaminadas que equivaldrían a miles de campos de fútbol: estimaciones locales apuntan a una superficie combinada comparable a unas 7.700 canchas de fútbol comprometidas por explosivos remanentes.
  • Superficie despejada recientemente: los equipos de desminado reportan haber trabajado en más de 7,8 millones de metros cuadrados en Khartoum durante el último año, con más de 36.000 artefactos retirados o neutralizados, incluidos cientos de minas antipersona y antitanque (fuente: reportes operativos de las misiones de desminado en Sudán).
  • Víctimas: casi 60 personas resultaron heridas o murieron en el estado de Khartoum en un año reciente, más de la mitad eran niños; en los primeros tres meses de 2026 se registraron otras decenas de víctimas, con predominio infantil en los afectados, según datos compilados por agencias humanitarias y las Naciones Unidas.

Esos volúmenes muestran que, más allá del abandono material, la contaminación por restos explosivos es sistémica y afecta tanto a zonas periféricas como a espacios urbanos centrales: parques, puentes, mercados y rutas de evacuación han sido identificados como peligrosos.

La lenta y costosa labor de desminado

Desactivar y retirar este tipo de artefactos no es comparable a una tarea de limpieza común: requiere equipos especializados, protocolos de seguridad y, sobre todo, tiempo. Juma Abuanja, líder de un equipo sudanés de desminado llamado Jasmar, resume el desafío: “La presencia de minas y otros artefactos explosivos preocupan a todo el mundo… llevará años limpiarlo” (entrevista con personal de desminado, 2026).

Los equipos de desminado, trabajando con procedimientos manuales y equipo protector, avanzan habitualmente entre 10 y 15 metros cuadrados por día por persona en tareas de inspección y choque controlado. En el caso de parques urbanos o áreas con infraestructura dañada, ese ritmo puede reducirse aún más: es imprescindible detectar, excavar, evaluar la movilidad del dispositivo y decidir si puede trasladarse o debe neutralizarse in situ.

Por ejemplo, en Khartoum un equipo ha trabajado durante meses en la limpieza de un parque popular identificado como campo minado. La operación, que comenzó en agosto, abarcó más de 123.000 metros cuadrados y se proyectó para completarse tras varios meses de labor persistente; ya se han eliminado más de 160 dispositivos, entre minas antipersonal y antitanque. Antes de la intervención, al menos una persona murió en esa área.

Responsabilidad y obstáculos políticos

Durante el conflicto, tanto las fuerzas del Ejército como el grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) han sido señalados por organizaciones humanitarias como responsables de la colocación de minas y otros artefactos. El uso indiscriminado de este tipo de armamento tiene implicaciones legales y humanitarias: convierte zonas civiles en trampas letales y dificulta la prestación de ayuda humanitaria y la recuperación económica.

Además, existen barreras sociales y administrativas para reportar hallazgos. Algunas personas temen informar a las autoridades por miedo a represalias o a ser investigadas por tenencia de armas u otras acusaciones en contextos de postconflicto. Un informe de derechos humanos publicado recientemente puso de relieve detenciones arbitrarias y sospechas de colaboración con la RSF en áreas recuperadas por el Ejército, lo que a su vez desalienta la denuncia pública y retrasa las labores de limpieza.

Impacto humano y social

Las consecuencias van más allá de las víctimas directas. Jóvenes que perdieron capacidades laborales —como el caso de un obrero de 18 años que sufrió la amputación de dedos tras manipular un fragmento metálico— describen el efecto devastador en sus familias: pérdida de ingresos, agravamiento de problemas de salud mental y estigmatización. “Me siento deprimido e inútil. Yo sustentaba a mi familia y ahora no puedo hacer nada”, relató un joven afectado por una explosión en Omdurman (testimonio local, 2026).

La presencia de campos minados también frena la vuelta de servicios básicos y la reconstrucción: escuelas y centros de salud permanecen cerrados o operan con limitaciones; agricultores no pueden trabajar parcelas; el comercio local se resiente. En suma, la contaminación por restos explosivos amplifica la crisis humanitaria.

Respuesta humanitaria y necesidades críticas

Organizaciones de desminado, ONGs y agencias internacionales trabajan en colaboración con equipos locales, pero la escala del problema supera los recursos disponibles. Las prioridades señaladas por actores humanitarios incluyen:

  1. Financiación sostenida para operaciones de desminado y compra de equipo especializado.
  2. Programas de educación y sensibilización comunitaria sobre amenazas explosivas dirigidos a escuelas, mercados y líderes locales.
  3. Atención médica y rehabilitación para víctimas, incluidos programas de salud mental y apoyo económico.
  4. Investigación y registro de áreas contaminadas para priorizar intervenciones y garantizar el acceso seguro a servicios esenciales.

Según estimaciones operativas, la remoción completa de las áreas identificadas podría requerir años y una inversión significativa en personal capacitado y equipamiento. Los donantes internacionales y las administraciones locales se enfrentan al reto de mantener la atención sobre un problema que, por su naturaleza lenta, compite con otras prioridades de respuesta.

Qué pueden hacer las comunidades y los viajeros

Hasta que se avance en la limpieza, las recomendaciones prácticas que han difundido grupos de seguridad y desminado incluyen:

  • No manipular objetos desconocidos; marcar y reportar su ubicación a las autoridades o a organizaciones humanitarias si es posible.
  • Evitar retornar a edificios o áreas marcadas como peligrosas; respetar los cordones y señalizaciones temporales.
  • Participar en sesiones de sensibilización local y campañas educativas que expliquen los riesgos y las conductas seguras.
  • Apoyar, dentro de lo posible, iniciativas de rehabilitación de víctimas y de apoyo a familias afectadas.

La información y la prudencia salvan vidas. En contextos postconflicto, la percepción de seguridad puede engañar; lo que aparenta ser un objeto inofensivo puede resultar letal.

Mirada a futuro: reconstrucción con seguridad

La recuperación de Khartoum exigirá, además de reconstrucción física, una estrategia integral de seguridad humana que coloque la remoción de restos explosivos en el centro de la agenda. Esto implica coordinación entre autoridades locales, equipos de desminado, agencias internacionales y la sociedad civil para priorizar áreas críticas: rutas de acceso a hospitales, escuelas y mercados.

Como señaló un responsable de desminado local, la tarea es titánica pero no imposible: requiere compromiso a largo plazo, transparencia en la gestión de recursos y la participación activa de las comunidades afectadas (declaraciones del personal de Jasmar, 2026). Sin esa conjunción, el retorno a la normalidad seguirá siendo una meta lejana para miles de sudaneses que hoy vuelven a calles que todavía explotan en silencio.

Para más información sobre protocolos de seguridad y los esfuerzos internacionales de desminado, consulte los recursos de la UNMAS y las últimas alertas humanitarias emitidas por coordinadores de asistencia en Sudán.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press