Myanmar en la encrucijada: por qué la resistencia amenaza con fragmentarse mientras el Tatmadaw recupera impulso
Con nuevas conscripciones, presiones externas y divisiones internas, el conflicto evoluciona hacia una fase decisiva que definirá el futuro del país
Myanmar atraviesa una fase crítica: después de más de cinco años de guerra civil, el ejército —conocido como Tatmadaw— ha logrado revertir pérdidas y recupera la iniciativa militar mientras la resistencia sufre por la fatiga, la falta de coordinación y la presión diplomática regional. El panorama es complejo y contradictorio: por un lado hay unidades insurgentes consolidadas en varias regiones; por otro, decenas de miles de nuevos reclutas y la diplomacia de potencias vecinas empujan a un equilibrio que podría inclinarse pronto en favor de la junta.
Un retroceso temporal de la resistencia
Hace poco más de un año, la imagen era distinta: alianzas de combatientes experimentados habían expulsado al Tatmadaw de amplias zonas del norte y forzaban a las fuerzas militares a adoptar posiciones defensivas en otras regiones. Sin embargo, la dinámica cambió radicalmente cuando la junta incrementó significativamente sus filas mediante campañas masivas de reclutamiento y movilización, incorporando a decenas de miles de conscriptos que permitieron al ejército recuperar terreno estratégico y pasar a la ofensiva en varios frentes.
El resultado es un conflicto que, tras episodios de avance rebelde, ha entrado en una nueva fase de presión sostenida por parte del Estado militarizado. Morgan Michaels, analista con base en Singapur del International Institute for Strategic Studies (IISS), ha señalado que “el Tatmadaw ha retomado la iniciativa estratégica y todo parece estar a su favor”, una valoración que destaca el vuelco táctico que ha tenido lugar en el último año (IISS).
El coste humano y la fatiga social
Los números dan cuenta del sufrimiento acumulado. Tras más de cinco años de enfrentamientos intensos, hay miles de víctimas y desplazados internos: según estimaciones de organismos humanitarios, decenas de miles han muerto y millones han sido forzados a abandonar sus hogares; se ha citado la cifra de aproximadamente 8.000 civiles fallecidos en distintos recuentos públicos en años recientes, además de destrucción masiva de infraestructura y medios de subsistencia.
La fatiga se siente tanto entre civiles como entre combatientes: líderes locales y analistas recogen el creciente deseo de la población por detener los combates, sin necesariamente interesarse por quién imponga la autoridad final, sino por recuperar seguridad y normalidad. Aung Thu Nyein, analista político que sigue el conflicto desde la vecina Tailandia, ha descrito la existencia de un sentimiento pragmático extendido de: “la población local no está animada por quién gane la guerra, sino por que cese la lucha”.
Divisiones internas y los límites de la coalición rebelde
La oposición a la junta no es monolítica. En la ecuación confluyen las organizaciones armadas étnicas (EAOs, por sus siglas en inglés), con décadas de historia de resistencia en zonas fronterizas; las nuevas milicias progubernamentales pro-democracia conocidas como People’s Defense Forces (PDFs), vinculadas en muchos casos con el Gobierno de Unidad Nacional (NUG) en el exilio; y coaliciones temporales como la Three Brotherhood Alliance, cuyo papel ha sido cambiante en respuesta a presiones externas.
Esas diferencias estratégicas y tácticas han lastrado la construcción de un frente unido. Un grupo de PDF integrado en una alianza de veinte unidades reconocía recientemente que, aunque existe un consenso en el objetivo final de derrocar a la dictadura militar y avanzar hacia una unión federal, “siguen habiendo diferencias de posiciones, perspectivas y enfoques. Muchos mantienen intereses étnicos, regionales y organizativos” (respuesta escrita del grupo a medios internacionales).
El Tatmadaw explota esas fisuras como parte de su estrategia de contrainsurgencia: la táctica clásica de divide y vencerás incluye ofensivas localizadas para romper cadenas de suministro, operaciones psicológicas para sembrar desconfianza entre aliados y maniobras políticas que ofrecen incentivos o presión para que algunas milicias depongan las armas o negocien por separado.
La influencia china y la geopolítica regional
La vecindad con China añade una capa adicional a la dinámica interna. Beijing es un actor clave por varios motivos: mantiene importantes inversiones en recursos naturales, infraestructura y proyectos energéticos en Myanmar; históricamente ha sido un proveedor de armamento y apoyo diplomático a la junta; y, sobre todo, busca estabilidad para proteger sus intereses económicos en la región fronteriza.
En 2023 China apoyó, al menos inicialmente, ciertas ofensivas de grupos armados contra el Tatmadaw cuando percibió que la junta permitía la expansión del crimen organizado en sus fronteras. No obstante, ante el riesgo de desorden generalizado que ponga en peligro operaciones mineras y proyectos energéticos, Pekín pasó a presionar por ceses de fuego y retiró suministros a milicias que operan en zonas limítrofes.
Como resultado, varias fuerzas de la Three Brotherhood Alliance —entre ellas la Myanmar National Democratic Alliance Army y la Ta’ang National Liberation Army— aceptaron alto el fuego tras mediaciones chinas, mientras que sólo la Arakan Army siguió combatiendo con intensidad en el estado de Rakhine. Esa intervención diplomática evidencia cómo las prioridades de seguridad nacional y económica de un vecino poderoso pueden redefinir las opciones de actores locales.
Oferta de diálogo de la junta: ¿gesto genuino o maniobra estratégica?
Tras las elecciones recientes organizadas por la junta —critadas por observadores internacionales por falta de condiciones libres y competitivas— Min Aung Hlaing, ahora presidente, lanzó una invitación a grupos armados para participar en nuevas conversaciones de paz. El ofrecimiento excluía explícitamente al NUG y condicionaba la participación a que los grupos no presentaran “demandas poco realistas”, según comunicados estatales.
Los analistas interpretan la movida como una estrategia de doble filo. Por una parte, si la junta logra acuerdos de alto el fuego con algunos EAOs, podrá reasignar fuerzas a ejes donde la oposición no esté dispuesta a negociar. Por otra parte, aceptar ceses parciales ayuda al Tatmadaw a preservar un nivel mínimo de resistencia que justifique su narrativa de seguridad y autoridad. “A corto plazo, si se logran acuerdos con algunos grupos, se pueden redirigir recursos contra otros que rehúsen cesar el fuego”, explica Morgan Michaels (IISS).
Escenarios futuros: del avance militar a la negociación fragmentada
Existen varios escenarios plausibles en el horizonte:
- Ofensiva sostenida y fragmentación de la resistencia: si el Tatmadaw consolida sus capacidades, mantiene la logística y continúa incorporando conscriptos, puede presionar a unidades aisladas hasta forzar rendiciones o pactos locales.
- Negociaciones parciales mediadas por terceros: China y otros actores regionales podrían facilitar acuerdos sectorizados con algunas EAOs para estabilizar corredores económicos, dejando el conflicto abierto en otras áreas.
- Resistencia persistente y guerra prolongada: si la coordinación entre EAOs y PDFs mejora, y si el NUG logra articular un liderazgo político-militar más integrado, la guerra podría estancarse en múltiples frentes durante años.
Cada escenario conlleva costos elevados: la prolongación del conflicto significaría más desplazamientos, una economía en ruinas y el riesgo de internacionalización del conflicto a través de apoyo exterior a distintos bandos.
Qué pueden hacer los actores externos y la sociedad civil
La comunidad internacional tiene un delicado papel que jugar. Presionar por un alto el fuego verificable, garantizar ayuda humanitaria sin politizar su distribución y mantener canales de diálogo con actores étnicos y con el NUG son medidas imprescindibles para evitar una escalada humanitaria. A su vez, mediadores neutrales pueden ayudar a cerrar brechas de confianza entre EAOs, PDFs y representantes civiles para avanzar en una hoja de ruta política que contemple reforma constitucional y un proceso hacia una unión federal.
La sociedad civil dentro y fuera de Myanmar también es clave: documentar crímenes de guerra, mantener viva la presión por la rendición de cuentas, y construir alternativas políticas a la lógica militarista son tareas de largo plazo que deberán sostenerse independientemente de giros militares momentáneos.
Un conflicto que exige soluciones políticas sostenibles
La lección que surge es clara: la violencia por sí sola no ofrece una solución duradera. Incluso si el Tatmadaw logra ventajas tácticas, la ausencia de una transición política inclusiva que aborde las demandas étnicas, territoriales y de gobernanza condena a Myanmar a ciclos recurrentes de violencia. Una salida viable demandará reformas profundas —incluyendo verdad, justicia y mecanismos federales de reparto de poder— así como garantías de seguridad para todas las comunidades. Hasta entonces, la paz seguirá siendo precaria y el país, una encrucijada.
Fuente de citas: Morgan Michaels, International Institute for Strategic Studies (IISS).