Agua en tiempos de guerra: la crisis silenciosa que asfixia a Gaza

Cómo la destrucción de la infraestructura y las restricciones en suministros transformaron el acceso al agua en un asunto de supervivencia y política

Gaza enfrenta hoy una emergencia no solo por la violencia directa, sino por la erosión de aquello que hace posible la vida cotidiana: el agua. Tras meses de conflicto y una pausa formal en los combates, millones de personas siguen dependiendo de camiones cisterna, botellas en mercados informales y pozos cada vez más contaminados. Esta realidad pone en evidencia no solo un problema humanitario inmediato, sino un entramado político, logístico y sanitario que amenaza la salud y la dignidad de la población.

Una infraestructura casi destruida

Según informes de organismos internacionales, gran parte de la infraestructura hidráulica del enclave fue dañada o destruida durante las operaciones militares. Naciones Unidas señaló que cerca del 90% de la infraestructura de agua fue afectada, incluyendo plantas de desalación y plantas de tratamiento de aguas residuales (ONU). La consecuencia tangible es sencilla pero devastadora: sistemas que antes proveían agua de manera continua ya no funcionan, y los recursos remanentes se han vuelto escasos y caros.

Dependencia masiva del agua entregada

El WASH Cluster, la red liderada por la ONU que agrupa organizaciones dedicadas a agua, saneamiento e higiene, estima que aproximadamente el 80% de la población en Gaza depende de agua entregada por camiones cisterna hacia puntos centrales de distribución (WASH Cluster / UNICEF). En la práctica, eso significa filas interminables, peleas por el acceso a camiones que pocas veces alcanzan a abastecer a todos y una logística de racionamiento doméstico: familias con latas y garrafones marcados con el nombre del hogar, una sola lata destinada a cada niño, y largas caminatas de cientos de metros para llegar a los puntos de recolección.

Testimonios recogidos en el territorio describen escenas perturbadoras: “El camión de agua llega y entre 500 y 1,000 personas se lanzan a él. Empiezan a pelear. Es un sufrimiento real”, relata una mujer que vive en uno de los campos de tiendas donde se agrupan miles de desplazados.

El agua como mercancía y como arma

Además de la destrucción física de estaciones de bombeo, tuberías y plantas, existe una fuerte presión sobre el mercado informal. Muchas empresas privadas y grupos locales venden agua embotellada en mercados —pero los precios son prohibitivos para una población con pérdidas masivas de empleo y acceso limitado a ingresos—. En paralelo, organizaciones médicas y de derechos humanos han denunciado prácticas que consideran manipulación del acceso al agua con efecto coercitivo.

Médicos Sin Fronteras (MSF) publicó un informe en el que afirma que las restricciones y bloqueos a insumos y equipos para el tratamiento del agua han contribuido a una situación en la que la población queda “privada” de recursos hídricos esenciales. Claire San Filippo, gerente de emergencias de MSF, señaló: “Sin agua la vida termina, y las restricciones deliberadas sobre la infraestructura y los suministros agravan la crisis” (MSF).

Por su lado, las autoridades que supervisan el acceso humanitario han defendido que el suministro de agua no está intencionalmente limitado y han publicado cifras sobre volúmenes diarios permitidos entrar en la Franja. La entidad militar encargada de asuntos humanitarios declaró que facilita el ingreso de miles de metros cúbicos de agua diariamente —una cifra que, según declaraciones oficiales, rondaría los 70,000 metros cúbicos diarios— argumentando que ello cubre necesidades de saneamiento, riego y consumo.

¿Cuánta agua necesita una persona?

Para dimensionar la brecha, los estándares internacionales de ayuda humanitaria estiman que una persona necesita al menos 15 litros diarios para cubrir consumo, higiene y lavado básico. Sin embargo, con el ritmo actual de distribución y las pérdidas en las redes dañadas, muchas familias reciben mucho menos. Las agencias humanitarias advierten que menos de esa cantidad diaria incrementa el riesgo de brotes de enfermedades transmitidas por el agua y deteriora las condiciones de vida en campamentos y barrios densamente poblados.

Riesgos sanitarios y ambientales

La destrucción de plantas de tratamiento de aguas residuales ha provocado desbordes y contaminación del entorno. Las aguas residuales sin tratamiento se mezclan con fuentes subterráneas y con el suministro que aún llega a través de tuberías dañadas, aumentando la prevalencia de infecciones gastrointestinales y enfermedades relacionadas con el agua. Además, los análisis independientes y los informes de organismos médicos han detectado la presencia de contaminantes y residuos de municiones en acuíferos y pozos comunitarios.

Las enfermedades de transmisión hídrica, como diarreas agudas, cólera y otras infecciones, afectan especialmente a niños y ancianos. En contextos de desplazamiento masivo, las barreras a la higiene (falta de jabón, imposibilidad de bañarse regularmente) multiplican los riesgos de epidemias.

Restricciones a materiales “dual use” y la reconstrucción

Uno de los obstáculos más persistentes para la recuperación física de la red hídrica es la clasificación de ciertos materiales como “de uso dual” —es decir, útiles tanto para fines civiles como militares—. Productos como tuberías, bombas, cemento, combustible y ciertos químicos de tratamiento (por ejemplo, cloro en concentraciones industriales) han sido regulados o bloqueados en algunos puntos debido a preocupaciones de seguridad. El resultado es que incluso cuando hay voluntad política o fondos internacionales para la reconstrucción, la importación de elementos esenciales se ve demorada o denegada, dejando obras paralizadas.

Organizaciones humanitarias subrayan que la rehabilitación de una red hidráulica no es solo un asunto técnico: requiere permisos, cadenas logísticas seguras y una coordinación política entre múltiples actores para garantizar que los suministros lleguen y sean instalados correctamente.

Impacto económico y social

El acceso inseguro al agua tiene también un costo económico directo e indirecto: las familias gastan una proporción creciente de sus ingresos en agua embotellada cuando está disponible; además, la falta de agua frena actividades productivas, la agricultura local y el funcionamiento de pequeñas industrias que podrían generar empleo. En una economía pulverizada por el conflicto, esos efectos profundizan la pobreza y la dependencia de la ayuda exterior.

¿Qué plantean las organizaciones humanitarias?

  • Apertura sin restricciones para el ingreso de materiales esenciales para el tratamiento, transporte y almacenamiento de agua, con mecanismos de verificación que permitan su uso exclusivamente civil.
  • Rehabilitación urgente de plantas de desalación y tratamiento, priorizando servicios en áreas densamente pobladas y zonas de desplazamiento.
  • Aumento y regularidad de los suministros a través de camiones cisterna y puntos de distribución, con protección de las rutas humanitarias para evitar incidentes y demoras.
  • Monitoreo independiente de la calidad del agua y de la salud pública, con reportes abiertos que permitan detectar y contener brotes.
  • Apoyo económico a familias para cubrir necesidades básicas mientras se restablecen empleos y medios de vida.

Una crisis con letra pequeña política

Detrás de las cifras y de las colas por agua hay decisiones políticas que complican la respuesta. El debate sobre desarme, seguridad y quién controla la reconstrucción ha tenido como efecto colateral el estancamiento de proyectos esenciales. Mientras tanto, la población vive el día a día de la escasez: padres que racionan latas entre sus hijos, vecinos que comparten lo poco que llega, comerciantes que no se atreven a comprar agua por la falta de recursos.

La solución requiere más que camiones y donaciones temporales: exige un compromiso sostenido para reconstruir una red que haga posible el acceso humano básico al agua, proteger las inversiones y asegurar que la rehabilitación no quede atrapada en disputas políticas. Hasta entonces, el agua seguirá siendo tanto un bien vital como un indicador de la profundidad de la crisis en Gaza.

Fuentes y referencias: Naciones Unidas (informes sobre Gaza y rehabilitación de infraestructura); WASH Cluster / UNICEF (estimaciones de dependencia de distribución por camiones); Médicos Sin Fronteras (informes sobre acceso a agua y saneamiento). Enlaces: https://www.un.org/, https://www.unicef.org/, https://www.msf.org/.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press