La fiebre por la Antártida: turismo en aumento, riesgos crecientes y el dilema de la conservación

Mientras viajeros buscan dejar su huella en el último gran desierto helado, científicos advierten sobre amenazas biológicas, ecológicas y el efecto del llamado “turismo de última oportunidad”.

La Antártida se presenta hoy ante muchos como un destino mítico: icebergs monumentales, colonias de pingüinos, ballenas que emergen entre témpanos y una sensación de soledad y pureza difícil de igualar. Sin embargo, ese creciente deseo por visitar el continente blanco trae aparejado un conjunto de problemas que la comunidad científica y ambientalistas consideran urgentes: desde la amenaza de contaminar un ecosistema extremadamente frágil hasta la propagación de enfermedades y el impacto del cambio climático que motiva buena parte del interés turístico.

Un auge imparable: cifras que llaman la atención

Aunque todavía limitada por los costos y la logística, la afluencia de visitantes a la Antártida se ha disparado en las últimas décadas. Según datos compilados por la International Association of Antarctica Tour Operators (IAATO), en 2024 más de 80.000 turistas desembarcaron en el continente y otros 36.000 lo observaron desde embarcaciones. Además, la International Union of Concerned Scientists (IUCS) estima que el turismo en la Antártida ha crecido diez veces en los últimos 30 años.

Investigadores de la Universidad de Tasmania, que estudian la dinámica del turismo polar, proyectan que ese número podría triplicarse o incluso cuadruplicarse en la próxima década, superando los 400.000 visitantes al año, conforme bajen los costos y aumente la disponibilidad de barcos con cascos preparados para hielo.

¿Por qué esta prisa por llegar?

Una de las razones que explican el fenómeno es el llamado “last chance tourism” o turismo de última oportunidad: viajeros que desean conocer paisajes y especies que se perciben como en peligro de desaparecer por el calentamiento global. Las modificaciones en la criosfera no son rumor: la NASA publicó que, entre 2002 y 2020, aproximadamente 149.000 millones de toneladas métricas de hielo antártico se perdieron por año en promedio (National Aeronautics and Space Administration).

Ese dato alimenta la percepción de que la Antártida —o al menos sus regiones más accesibles, como la Península Antártica— podría cambiar irreversiblemente en pocas décadas, lo que empuja a muchos a visitar ahora antes de que el paisaje sea distinto.

Riesgos biológicos: de aves que vuelan enfermedades a brotes a bordo

El aumento de visitantes no es una amenaza solo estética: trae riesgos tangibles para la salud humana y la integridad ecológica. Por ejemplo, en años recientes se registró la llegada de la gripe aviar a la región —cuyo vector fueron aves migratorias— lo que demostró que incluso virus provenientes de Sudamérica pueden alcanzar islas y costas antárticas y afectar aves locales (U.S. Centers for Disease Control and Prevention).

Además, los viajes en crucero concentran a cientos de personas en espacios relativamente cerrados, lo que facilita la propagación de enfermedades. Hay ejemplos dramáticos que recuerdan esa vulnerabilidad: brotes de norovirus en embarcaciones y el infame episodio del COVID-19 en un crucero en 2020 demostraron lo rápido que un patógeno puede propagarse en alta mar.

Más recientemente, un brote de hantavirus a bordo de un crucero polar encendió las alarmas y motivó investigaciones por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para determinar si existió transmisión entre personas durante el viaje (Organización Mundial de la Salud). Aunque los casos detectados podrían haberse originado antes del embarque, el evento subraya la necesidad de protocolos sanitarios estrictos en expediciones polares.

Bioseguridad y normas: lo que hoy se exige

Frente a esos riesgos, operadores turísticos, científicos y organizaciones internacionales han reforzado las normas de conducta y bioseguridad. La IAATO y otras entidades establecen protocolos que incluyen:

  • Prohibición de acercarse a la fauna y la obligación de mantener una distancia segura.
  • Limpieza y desinfección de botas, equipos y material para evitar el ingreso de semillas, insectos, microbios o cualquier material biológico ajeno.
  • Limitaciones en el número de visitantes por desembarco y control de rutas para minimizar la huella humana en sitios sensibles.

Como recuerda Hanne Nielsen, profesora de derecho antártico en la Universidad de Tasmania, y quien ha trabajado como guía en expediciones, “hay reglas que la gente debe cumplir cuando se dirige hacia el sur”, y describe procedimientos como aspirar y cepillar botas para eliminar restos orgánicos. La intención es evitar la introducción de especies invasoras, tanto visibles como microscópicas.

El marco legal: un tratado pensado para otra época

La Antártida está regida por el Tratado Antártico de 1959, concebido originalmente como un santuario científico y una zona dedicada a fines pacíficos. El tratado y sus protocolos posteriores exigieron evaluaciones de impacto ambiental y establecieron principios para proteger los valores científicos y estéticos del continente.

Sin embargo, el tratado fue negociado en una era de turismo prácticamente inexistente. Hoy, con la presión de miles de visitantes y la aparición de actores comerciales cada vez más numerosos, especialistas como Claire Christian, directora ejecutiva de la Antarctic and Southern Ocean Coalition, sostienen que es necesario reforzar las normas y adaptarlas a la realidad actual: “Los sitios que verás en la Antártida son extremadamente únicos y no replicables en ninguna otra parte del planeta… hace una enorme impresión en las personas” (Antarctic and Southern Ocean Coalition).

Impactos ecológicos: huellas que perduran

El vecino más vulnerable ante la presencia humana en la Antártida es el propio ecosistema: aves que abandonan nidos por la presencia humana, alteración de caminerías de focas o pingüinos, compactación del suelo en áreas libres de hielo y la posibilidad de introducir especies que compitan con la biota local. Como advierten conservacionistas, una huella humana puede permanecer visible por décadas en un clima donde la descomposición y el reciclado natural son lentos.

Además, el incremento de navegación acarrea riesgos de derrames de combustible, emisiones y ruido submarino que afectan a cetáceos y a la cadena trófica. Un elemento crítico en la región son los krill: pequeñas criaturas que forman la base de la red alimentaria antártica. La alteración de sus hábitats o cambios en la disponibilidad por la pesca y la temperatura del mar pueden repercutir en pingüinos, focas y ballenas.

¿Turismo responsable es posible?

La respuesta corta es: sí, pero con condiciones mucho más estrictas que las actuales. Algunas medidas concretas que las partes interesadas proponen o ya aplican incluyen:

  1. Cuotas estrictas de visitantes y desembarcos en zonas sensibles.
  2. Evaluaciones de impacto ambiental vinculantes para operaciones comerciales.
  3. Protocolos de bioseguridad estandarizados y auditables para todos los barcos y viajeros.
  4. Programas de educación previa al viaje para sensibilizar a los visitantes sobre conducta y riesgos.
  5. Monitoreo científico permanente en sitios de alto tráfico para evaluar efectos acumulativos.

También existe un debate sobre si parte del modelo turístico debe transformarse hacia experiencias virtuales de alta calidad; tecnologías como la realidad virtual podrían ofrecer vistas inmersivas de lugares remotos sin los riesgos logísticos y ecológicos del viaje físico.

Reflexión final: entre la experiencia y la responsabilidad

La Antártida plantea una disyuntiva ética que enlaza la experiencia humana y la responsabilidad colectiva: visitar el último gran desierto helado puede generar conciencia ambiental en miles de personas, pero también puede acelerar procesos de deterioro si no se maneja con cautela. Como lo resumió Claire Christian, la Antártida deja una marca emocional pero también una responsabilidad: lo que hagamos hoy determinará si las huellas de nuestras botas serán un recuerdo inofensivo o el preludio de daños difíciles de revertir.

Si la comunidad internacional decide acompañar el aumento del turismo con regulaciones más estrictas, inversión en investigación y una política que priorice la conservación por encima del beneficio inmediato, todavía hay margen para que la Antártida sea un destino que enseñe sobre la fragilidad del planeta sin condenarlo a ser solo un recuerdo en fotografías.

Fuentes citadas:

  • International Association of Antarctica Tour Operators (IAATO) — datos de visitantes 2024.
  • International Union of Concerned Scientists (IUCS) — estimación del crecimiento turístico en 30 años.
  • National Aeronautics and Space Administration (NASA) — estimación de pérdida de hielo antártico 2002-2020.
  • Centers for Disease Control and Prevention (CDC, EE. UU.) — seguimiento de gripe aviar en aves migratorias.
  • Organización Mundial de la Salud (OMS) — declaración sobre investigación de brotes en cruceros.
  • Antarctic and Southern Ocean Coalition — declaraciones de Claire Christian sobre valores y protección.
Este artículo fue redactado con información de Associated Press