El choque del precio de la gasolina y la profundización de la «economía en K» en EE. UU.: quién gana, quién pierde

Cómo el alza repentina de los precios del combustible tras el inicio de la guerra en Irán amplificó las desigualdades de consumo y presupuesto entre hogares

En marzo, tras el inicio del conflicto en Irán, un repentino aumento del precio de la gasolina reveló con crudeza una realidad económica que muchos sospechaban: los shocks energéticos no golpean a todos por igual. Un informe del Federal Reserve Bank of New York documentó un patrón de comportamiento divergente entre hogares según su ingreso, un fenómeno que encaja en lo que los economistas denominan la "economía en K": la parte superior de la distribución mejora o se mantiene, mientras que la base se deteriora.

Qué mostró el informe y por qué importa

El reporte del New York Fed observó que, tras la escalada de precios de la gasolina —que, según los datos oficiales de precios al consumidor, subieron alrededor de un 25% en marzo tras el estallido de la guerra en Irán—, el consumo total de gasolina cayó aproximadamente un 3% en el agregado nacional. Sin embargo, ese número agregado enmascara comportamientos muy distintos por nivel de ingreso:

  • Los hogares de menores ingresos (menos de 40.000 dólares anuales) redujeron su consumo de gasolina en un 7%, pero aún así terminaron gastando alrededor de un 12% más en gasolina durante el mes.
  • Los hogares de ingresos altos (125.000 dólares anuales o más) apenas recortaron su consumo (1% menos) y, a la vez, aumentaron su gasto en gasolina en cerca de un 19%.
  • Los hogares de ingresos medios se situaron entre ambos extremos.

Estas cifras, reportadas por la propia entidad, muestran que el alza de precios afectó de modo dual: los más pobres tuvieron que reducir cantidad consumida (menos desplazamientos, más restricciones), pero el alza de precio fue tan fuerte que su factura aún aumentó; los más ricos absorbieron el aumento del precio sin cambiar substancialmente su comportamiento.

La economía en K: una etiqueta, muchas implicaciones

La expresión "economía en K" empezó a circular amplia y rápidamente en la literatura pública desde la crisis de la pandemia de COVID-19. Describe un proceso en el que distintas franjas de la sociedad experimentan trayectorias económicas divergentes: algunas mejoran o se recuperan con rapidez, mientras que otras se quedan atrás o empeoran. Este fenómeno no es nuevo en la teoría económica, pero los shocks recientes (pandemia, interrupciones en cadenas de suministro, crisis geopolíticas) lo han hecho más visible.

En el caso del reciente episodio petrolero, el patrón es claro: el mismo impacto de precios genera efectos opuestos sobre consumo y gasto según la capacidad financiera y la elasticidad de la demanda de cada hogar. Para los hogares con márgenes financieros ajustados, cualquier aumento en el precio de bienes esenciales fuerza recortes en otras partidas del presupuesto —alimentación, educación, salud— mientras que los hogares con mayor renta pueden internalizar el choque sin alterar en gran medida su estilo de vida.

Algunas cifras y contexto histórico

Para ponerlo en perspectiva:

  • La subida del 25% en los precios de la gasolina que registró marzo se refleja en el índice de precios al consumidor (CPI) de la oficina estadística estadounidense. Estos picos de precio suelen ser volátiles y responden a factores globales como interrupciones en el suministro y riesgos geopolíticos.
  • En 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, se vivió otro shock sobre los precios energéticos. En ese episodio, el reporte del New York Fed señala que los hogares de altos ingresos habían reducido su consumo más que en la reciente subida, mientras que los hogares de menores recursos pudieron contar con más alivio temporal por programas de estímulo implementados por el gobierno en aquel momento.
  • Históricamente, los shocks del precio del petróleo han tenido efectos regresivos: según análisis económicos sobre crisis petroleras pasadas, los aumentos bruscos tienden a afectar con más dureza a los hogares con menor elasticidad presupuestaria (es decir, los que destinan una mayor proporción de su ingreso a combustible y bienes básicos).

¿Por qué los hogares más pobres reducen consumo pero aumentan gasto?

La respuesta está en dos mecanismos complementarios:

  1. Restricción presupuestaria. Los hogares de bajos ingresos reaccionan recortando la cantidad de gasolina que compran: viajes menos frecuentes, uso de transporte público cuando es posible, o reducción de actividades no esenciales. Esa es la caída del 7% en consumo observada.
  2. Choque de precio. Aun cuando compran menos, el precio por unidad sube tanto que el gasto total (precio por galón multiplicado por galones comprados) puede aumentar. Es decir, el precio sube más rápido que la reducción en cantidad.

Esto genera un efecto perverso: reducción de movilidad y oportunidades (por ejemplo, perder horas de trabajo o limitar acceso a servicios), combinado con mayor presión en el presupuesto familiar.

Consecuencias sociales y políticas

El patrón descrito tiene efectos más allá de la economía doméstica inmediata. Cuando una fracción amplia de la población percibe que su situación empeora mientras los indicadores macroeconómicos (crecimiento del PIB, desempleo) parecen correctos, surge una desconexión entre los datos agregados y la experiencia ciudadana. Esa brecha alimenta desconfianza, malestar social y puede endurecer la polarización política.

Además, la desigualdad en la capacidad de absorber shocks energéticos puede traducirse en desigualdades territoriales: zonas rurales o periferias con menor acceso a transporte público y mayor dependencia del automóvil sentirán el impacto con más fuerza. También puede agravar desigualdades laborales: trabajadores que deben desplazarse para tareas presenciales tienen menos alternativas que quienes teletrabajan.

Qué pueden hacer las políticas públicas

Frente a este tipo de shocks, los responsables de política tienen varias herramientas, aunque ninguna es perfecta:

  • Apoyo temporal directo: transferencias dirigidas a hogares vulnerables pueden aliviar de inmediato la presión presupuestaria y evitar recortes en bienes esenciales. En 2022, parte del alivio observado en hogares de menores ingresos se explicó por programas de estímulo y apoyos temporales.
  • Subsidios focalizados al transporte: descuentos en transporte público, vales de movilidad o apoyo al combustible para sectores esenciales podrían disminuir el impacto regresivo.
  • Inversión en alternativas: acelerar la disponibilidad y calidad del transporte público, incentivos para el vehículo eléctrico y políticas de eficiencia energética reduce dependencia a mediano y largo plazo.
  • Políticas fiscales y reguladoras: medidas como créditos fiscales temporales para familias de bajos ingresos o regulación de márgenes comerciales en estaciones de servicio en contextos de abuso podrían considerarse, aunque su implementación exige cuidado.

Sin embargo, cada medida tiene trade-offs: subsidios amplios pueden distorsionar demanda y fiscalmente ser costosos; transferencias temporales requieren identificación rápida y eficaz de beneficiarios; e inversiones en infraestructura son solución de largo plazo, no cura inmediata.

Mirando hacia adelante: lecciones y riesgos

El episodio pone de relieve tres lecciones clave:

  • Los indicadores agregados ocultan heterogeneidades críticas. Los formuladores de política deben mirar separar por deciles de ingreso para entender quién gana y quién pierde.
  • La resiliencia ante shocks energéticos es también resiliencia social. Sistemas de protección social flexibles y dirigidos pueden amortiguar el golpe sin generar grandes distorsiones.
  • La transición energética es también una estrategia de equidad. Diversificar la matriz energética y facilitar el acceso a alternativas limpias reduce vulnerabilidad de los hogares a precios internacionales.

Como lo sintetiza un principio básico de economía pública: la solidaridad temporal y las inversiones estructurales suelen complementarse. Mientras la primera mitiga efectos inmediatos, la segunda reduce la probabilidad de repetir la vulnerabilidad ante futuros shocks.

Fuentes principales citadas: reporte del Federal Reserve Bank of New York (análisis de consumo y gasto por nivel de ingreso) y datos del índice de precios al consumidor (CPI) de la oficina estadística estadounidense sobre la variación del precio de la gasolina en marzo. Para lecturas sobre el concepto de "recuperación en K" y desigualdad durante la pandemia, ver publicaciones de centros de estudio como Brookings y análisis macroeconómicos sobre shocks energéticos históricos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press