Correr entre muros y memoria: el renacer del Palestine Marathon en tiempos de guerra
Cómo una carrera reunió a corredores en Cisjordania y Gaza para transformar el asfalto en acto de resistencia y recuperación
Mohamad Al‑Assi corrió junto a la morgana del amanecer, con la respiración que se empañaba en el aire frío de Belén y las zapatillas demasiado acostumbradas al desgaste de calles angostas y checkpoints. Su historia —prisión, debilitamiento físico, recuperación— se convirtió en uno de los hilos narrativos más potentes del reciente Palestine Marathon, celebrado por primera vez en tres años y marcado por la sombra de la guerra en Gaza y las restricciones crecientes en Cisjordania.
Una carrera que evita los puestos de control, pero no la realidad
El circuito por el que pasaron miles de corredores no es el de las grandes maratones internacionales: la ruta rodeó el muro de separación, atravesó dos campos de refugiados —con calles angostas y bloques de cemento pintados por grafitis— y descendió hasta tierras agrícolas partidas por alambres de púas y cámaras. Los organizadores lo dejaron claro: en este lugar los corredores no sólo “se topan con un muro” en sentido figurado, sino que literalmente lo hacen a lo largo del recorrido.
En territorios ocupados como la Cisjordania palestina, completar 42,2 kilómetros sin cruzar un checkpoint o una puerta militar es prácticamente imposible. Por eso el trazado repitió un circuito y buscó convertir la limitación en símbolo: cada vuelta era una metáfora de la vida diaria bajo restricciones, pero también una reafirmación colectiva de presencia y dignidad.
La historia de Al‑Assi: del encierro a arrodillarse en la meta
Mohamad Al‑Assi, de 27 años, representa el rostro humano de esa tensión. Liberado tras 32 meses en detención administrativa —una práctica por la cual Israel retiene a personas sin cargos por períodos renovables—, volvió a calzarse para entrenar y reconstruir su cuerpo y su ánimo. En sus propias palabras, recogidas durante la carrera, “estaba emocionalmente destrozado después de pasar tanto tiempo en prisión”.
Según su registro en la aplicación Strava, Al‑Assi empezó a entrenar en diciembre: 100 kilómetros en el primer mes, llegando a 217 kilómetros en abril. La progresión muestra disciplina, pero también la urgencia de recuperar lo que la cárcel le arrebató. Tras cruzar la meta en segundo lugar, cayó de rodillas, lloró y agradeció a Dios, dedicando la carrera a quienes siguen detenidos.
El deporte como espacio de celebración y resistencia
La jornada en Belén tuvo un tono festivo a pesar de las circunstancias: gente reunida alrededor de la Iglesia de la Natividad, gaitas y tambores que rompían el silencio matinal y gritos de ánimo para corredores de todas las edades. Paralelamente, en la Franja de Gaza —en la localidad de Nuseirat— se celebraron pruebas adaptadas: una carrera de 2 km para personas con discapacidad, incluidos amputados, y una de 5 km con miles de participantes.
La vuelta de las mujeres a las carreras en Gaza también fue un signo. Hace 13 años la agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) canceló una maratón en 2013 después de que se prohibiera la participación de mujeres por mandato de Hamas; ahora, las mujeres volvieron a las calles para demostrar que el deporte es también una herramienta de normalidad y empoderamiento.
Obstáculos concretos: checkpoints, carreteras y seguridad
Los corredores de Cisjordania deben lidiar con problemas que trascienden el esfuerzo físico: vehículos que bloquean rutas, presencia de fuerzas de seguridad y operaciones militares que interrumpen entrenamientos. Al‑Assi contó que en más de una ocasión debió suspender jornadas de entrenamiento debido a operaciones en su campamento, volviendo a casa “sin haber logrado lo que me propuse”. Esa frustración es la frontera entre la disciplina deportiva y las limitaciones impuestas por el conflicto.
Las restricciones de movimiento no sólo afectan a la práctica deportiva: ralentizan el acceso al trabajo, a escuelas y a servicios médicos. Para muchos habitantes de la región, la maratón representó un respiro —aunque efímero— y una prueba de resiliencia comunitaria.
Detención administrativa y sus cifras
La detención administrativa, que permite retener a sospechosos sin cargos por períodos renovables, es un capítulo central en la historia de Al‑Assi. Organizaciones de derechos israelíes y palestinas estiman que entre 3.000 y 4.000 palestinos están detenidos bajo este régimen (fuente: Addameer / Palestinian Prisoner Support and Human Rights Association).
La polémica sobre la práctica radica en su impacto humano: jornadas en celdas, acusaciones que no se hacen públicas y dificultades para una defensa transparente han sido recurrentes en los informes de derechos humanos. En el caso de Al‑Assi, fue condenado por transferencias de dinero a entidades consideradas sospechosas —cargo que él niega—, un ejemplo de cómo redes de solidaridad y ayuda pueden quedar atrapadas en controles más amplios.
El muro: memoria física y simbólica
El muro de separación, cuya construcción se aceleró a partir de 2002, no sólo divide territorios; redefine paisajes urbanos y rurales, afecta rutas de desplazamiento y queda impreso en la cotidianeidad como límite ineludible. Para los organizadores del Palestine Marathon, el paso junto a la barrera buscó poner en evidencia esas restricciones pero también resignificar el espacio: convertir un elemento de división en escenario de resistencia pacífica.
Históricamente, el trazado del muro ha generado controversia internacional. Organizaciones de derechos humanos y tribunales internacionales han señalado el impacto socioeconómico y humanitario de la separación, mientras que el gobierno israelí argumenta razones de seguridad para su existencia.
Impacto local y miradas externas
En un momento en que festivales y eventos internacionales se han reducido o cancelado por la guerra y las restricciones, la maratón devolvió a Belén una escena turística y comunitaria, aunque en menor escala. Para la economía local —ya golpeada— la llegada de corredores y simpatizantes supuso ingresos modestos para comerciantes y servicios, además de un impulso moral.
El evento también tuvo una dimensión internacional: participantes de otros países tomaron parte de manera simbólica o virtual, alineándose con la causa y enviando un mensaje de solidaridad. Las carreras simultáneas en Gaza y Cisjordania mostraron, además, la diversidad de experiencias: desde quienes corren en terrenos relativamente abiertos hasta quienes deben sortear la congestión urbana y militarizada.
Deporte y rehabilitación: cuerpo y mente
Más allá de la protesta simbólica, la maratón brindó una oportunidad de rehabilitación física para quienes volvieron de prisión o heridas. Al‑Assi mencionó que en prisión la dieta era insuficiente y que la pérdida de peso había afectado principalmente su masa muscular, erosionando años de entrenamiento. Recuperar esa masa fue, en la práctica, recuperar una parte de sí mismo.
El deporte como terapia y recuperación no es un descubrimiento reciente: programas de rehabilitación física y psicológica basados en actividad física han mostrado beneficios en contextos de trauma. Para comunidades que enfrentan violencia y desplazamiento, estas iniciativas ayudan a reconstruir rutinas y esperanza.
¿Qué significa correr en tiempos de conflicto?
Correr en Belén o en la costa de Gaza implica una coexistencia de contradicciones: esfuerzo y celebración; restricción y libertad efímera; salud y dolor. Para muchos participantes, la maratón fue una afirmación de que la vida continúa pese a las adversidades. Para otros, una plataforma para visibilizar limitaciones y exigir cambios.
Como dijo una corredora en Gaza: “All of Gaza loves sports” —toda Gaza ama el deporte—, una frase sencilla que resume la dimensión humana más allá de la geopolítica: el deseo universal de moverse, de competir y de experimentar comunidad.
Reflexión final
El Palestine Marathon de este año no fue sólo una prueba atlética: fue un acto de memoria, una reivindicación de cuerpos que se rehacen y una denuncia de barreras que siguen marcando vidas. Correr, en ese contexto, es tanto una necesidad física como una forma de hablar sin palabras. Y mientras corredores como Mohamad Al‑Assi transforman la fatiga en gesto colectivo, la pregunta persiste: ¿podrá algún día una carrera como ésta llevarse a cabo sin muros en el horizonte?