Red Square sin tanques: la celebración de la Victoria en tiempos de guerra y drones
Cómo la guerra en Ucrania transformó la conmemoración más sacrosanta de Rusia y qué revela el cambio sobre la política, la seguridad y la narrativa nacional
El 9 de mayo en Moscú suele ser un espectáculo de poderío militar y memoria colectiva: formaciones que marchan al paso, columnas blindadas, misiles exhibidos como emblema de disuasión y un discurso presidencial que mezcla recuerdo y legitimación política. En 2026, sin embargo, la icónica Plaza Roja ofreció una versión distinta: un desfile sin tanques ni rampas de lanzamiento, reducido en material pesado y rodeado por medidas de seguridad extraordinarias. El cambio no es meramente logístico; es un síntoma de cómo la guerra, la tecnología y la política han reconfigurado una ceremonia que durante décadas ha servido para unir identidad nacional, memoria histórica y demostración de fuerza.
Una tradición explotada políticamente
Victory Day —el día en que Rusia conmemora la derrota de la Alemania nazi en 1945— ha sido, para el Kremlin contemporáneo, mucho más que una efeméride histórica. Vladimir Putin ha utilizado la fecha repetidamente como escenario para mostrar músculo militar y justificar políticas de seguridad interior y exterior. El ritual anual combina el relato de sacrificio colectivo con la puesta en escena de capacidades armamentísticas, y sirve además para legitimar acciones del Estado —internas o externas— apelando a una memoria fundadora que, en el imaginario público ruso, consagra tanto el heroísmo como el derecho a la grandeza.
La dimensión simbólica de la conmemoración es profunda. Según estimaciones corrientes, la Unión Soviética sufrió bajas humanosas inmensas entre 1941 y 1945; incluso cifras generalizadas citan alrededor de 27 millones de fallecidos en lo que los rusos denominan la Gran Guerra Patria (fuente: Encyclopaedia Britannica, https://www.britannica.com/event/World-War-II). Ese trauma colectivo ha convertido el 9 de mayo en una de las pocas fechas capaces de generar consenso social en un país con profundas fracturas políticas.
Del poderío sin restricciones a la prudencia táctica
Desde 2008 los desfiles en la Plaza Roja incluyeron habitualmente todo el abanico del arsenal ruso: blindados, lanzadores de misiles balísticos intercontinentales y otros equipos estratégicos destinados tanto a uso real como a exhibición. La decisión, repentina para muchos observadores, de prescindir de esos elementos en 2026 —manteniendo solo el tradicional sobrevuelo de aeronaves— fue atribuida por las autoridades a la “situación operativa actual” y al riesgo de ataques ucranianos.
El hecho de que, por primera vez en casi dos décadas, no desfilaran carros de combate en la Plaza Roja tiene implicaciones prácticas y simbólicas. En términos de seguridad, revela una apreciación del riesgo más conservadora: la guerra contemporánea incorpora capacidades de largo alcance y plataformas no tripuladas (drones) capaces de penetrar defensas y alcanzar objetivos internos, lo que obliga a la organización de eventos masivos a replantear protocolos que antes parecían rutinarios. En términos políticos, la retirada de armamento pesado al espacio público reduce la teatralidad del Estado y, paradójicamente, pone de manifiesto vulnerabilidades que la narrativa oficial prefiere ocultar.
Drones, alcance estratégico y el nuevo rostro del conflicto
La guerra en Ucrania ha acelerado la adopción y el perfeccionamiento de drones de ataque y vehículos aéreos no tripulados para misiones de largo alcance. En los últimos años se han reportado ataques ucranianos contra instalaciones energéticas, plantas y depósitos dentro de territorio ruso, lo que sugiere que la capacidad de proyectar efectos más allá de la línea de frente se ha incrementado de manera significativa. Aunque las cifras exactas de alcance y disponibilidad operacional varían según la fuente, lo cierto es que la percepción del riesgo en eventos públicos ha cambiado: las autoridades rusas llegaron a restringir servicios de internet móvil y mensajería en Moscú el día del desfile —una medida pensada para limitar comunicaciones en tiempo real y reducir vectores de ataque o de coordinación de incidentes.
La presencia de amenazas aéreas y de largo alcance introduce un nuevo requerimiento para la seguridad civil: cerrar espacios aéreos, controlar comunicaciones y aceptar una reducción de la espectacularidad para priorizar protección. Esa elección tiene un costo político: cada tanque que no desfila es una pieza menos del relato de invulnerabilidad que el liderazgo busca proyectar.
Ceasefires y gestos diplomáticos en medio de la exhibición
La conmemoración de la Victoria en 2026 coincidió con una pausa anunciada en los combates —un alto el fuego de tres días que un mediador internacional promovió y que, según declaraciones públicas, pudo haber sido facilitado por un tercero—. Históricamente, los ceses al fuego temporales han sido frágiles: en conflictos recientes y lejanos, los acuerdos a corto plazo suelen romperse por desconfianza, errores de cálculo o escaramuzas locales.
En el contexto ruso-ucraniano, los intentos de tregua se han visto repetidamente minados por acusaciones mutuas. Para Moscú, la posibilidad de que drones entorpezcan una conmemoración tan sensible empujó a reforzar medidas de seguridad y, como dijeron portavoces oficiales, a tomar “medidas adicionales”. Para Kiev, la retórica fue, en ciertos momentos, provocadora: hubo comunicados satíricos y decretos simbólicos que jugaron con la idea de declarar zonas "temporalmente fuera de alcance" para ataques, como gesto político para subrayar la vulnerabilidad rusa durante la festividad.
Repercusiones internacionales y las visitas de aliados
La asistencia de líderes internacionales a la ceremonia —desde jefes de Estado de Asia central hasta monarcas del sudeste asiático— traduce dos realidades: por un lado, la ceremonia sigue funcionando como un foro diplomático para reafirmar alianzas y mostrar respaldo; por otro, la lista de visitantes revela la polarización global. Algunos líderes occidentales evitaron la plaza o mantuvieron distancia formal, lo que refleja la incomodidad de sostener gestos protocolarios en un contexto de guerra abierta y sanciones.
Además, las amenazas explícitas formuladas en ambos sentidos —desde advertencias rusas sobre represalias masivas hasta la decisión de varias misiones extranjeras de no abandonar ciertos territorios pese a los llamados de evacuación— muestran que la conmemoración no es un evento aislado, sino parte de un tablero geopolítico donde simbolismo y coerción se entrelazan.
Memoria histórica y el desafío de la narrativa
El 9 de mayo funciona también como un ancla narrativa que el Estado aprovecha para construir legitimidad: conectar la continuidad histórica desde la victoria sobre el nazismo hasta la actualidad permite una lectura del presente como prolongación de un pasado heroico. Sin embargo, cuando esa conmemoración se ve obligada a depurarse de su exhibición militar, la narrativa oficial pierde herramientas: la exhibición de armamento no solo impresiona, sino que refuerza el mensaje de seguridad y poder.
En sociedades con control centralizado de los medios y restricciones crecientes a la disidencia, la pérdida de rituales performativos puede acelerar malestares latentes. Las restricciones al acceso a internet y la censura creciente generan, a su vez, tensiones internas y episodios de descontento que, aunque rara vez visibles en la esfera pública, constituyen un desafío para la estabilidad social a mediano plazo.
¿Qué nos dice todo esto sobre el futuro?
- Militarmente: la guerra moderna incorpora vectores no convencionales (drones, ataques cibernéticos, sabotaje a infraestructuras) que obligan a repensar la exposición pública del poderío. La exhibición tradicional pierde eficacia si la seguridad no puede garantizar integridad física y simbólica.
- Políticamente: reducir la espectacularidad del desfile puede señalar prudencia ajustada al riesgo, pero también deja al liderazgo sin un instrumento de propaganda efectiva; ello obliga a buscar otras formas de legitimar decisiones estratégicas.
- Socialmente: el uso del recuerdo histórico como pegamento nacional sigue siendo potente, pero su eficacia depende de que el Estado provea seguridad y bienestar. Si el costo del conflicto se percibe como demasiado alto, la narrativa heroica puede debilitarse.
En suma, la Plaza Roja sin tanques es una fotografía elocuente: un país que quiere proyectar poder y, al mismo tiempo, redefine los límites de la ostentación frente a riesgos reales. La conmemoración de la Victoria no ha perdido su centralidad en el imaginario ruso, pero la forma y el tono han cambiado. Esa transformación nos ofrece una ventana para entender cómo la guerra y la tecnología reformulan rituales, estrategias estatales y, en última instancia, la relación entre memoria histórica y poder en el siglo XXI.
