Los sabuesos y la tradición: cómo el desfile de foxhounds da alma al Iroquois Steeplechase

Más allá de las apuestas y los jinetes: la presencia de los foxhounds conecta la hípica estadounidense con raíces británicas y un público de 25,000 personas

El Iroquois Steeplechase, una carrera que nació en 1941 y que hoy reparte premios por cientos de miles de dólares, vive cada año un momento mágico antes de que los caballos tomen lo más alto del pasto: el desfile de los foxhounds. Este acto, aparentemente sencillo, concentra historia, técnica, espectáculo y una relación humana-animal que explica por qué la jornada en el hipódromo de Nashville atrae tanto a aficionados de la hípica como a familias que vienen a disfrutar un día de campo.

El espectáculo que no es carrera

Más de veinte sabuesos especializados en acompañar a jinetes y cazadores recorren la pista para abrir la jornada. No compiten por un premio, pero muchas veces se llevan los aplausos y la atención. La razón es simple: para buena parte del público son el símbolo vivo de una tradición —la caza con perros y la caza a la inglesa— que se fusiona con la steeplechase, la modalidad de salto que convirtió en deporte aquello que antes era una práctica rural.

Del campo británico a los potreros de Tennessee

La steeplechase, palabra que en inglés alude a la carrera de iglesia a iglesia (steeple = campanario), tiene orígenes en las rutas rurales de las Islas Británicas, donde se corría de una iglesia a otra sorteando vallas, arroyos y setos. Con el tiempo esa práctica derivó en carreras organizadas con obstáculos fijos que imitan los retos del campo. El Iroquois Steeplechase alberga esa herencia: pista de césped, vallas y saltos que exigen resistencia y técnica a los equinos.

Los sabuesos: más que un adorno

Los foxhounds que participan en el desfile no son mascotas de exhibición: son animales de trabajo, entrenados para seguir rastros y colaborar en cacerías controladas. Charles Montgomery, master y huntsman del grupo Mells Foxhounds, explica que hay una lógica detrás de quiénes desfilan: “Suelo llevar a los sabuesos veteranos que pueden guiar a los más jóvenes por la pista” (declaración recogida durante el evento).

Esos veteranos actúan como referentes para el resto de la jauría, ayudando a que los perros más jóvenes no se desorienten entre la multitud, los olores de las carpas de comidas y el ruido de 25,000 personas en las gradas y el infield. Por eso, aunque el público vea sólo un desfile pintoresco, detrás hay selección, entrenamiento y responsabilidad.

Anécdotas que humanizan la tradición

Las historias del desfile ayudan a comprender por qué la gente se encariña con los animales. Montgomery recordó una hound con fama de fiestera: “Le encantaba ir a las tiendas de cerveza”, contó sobre una perra que un año se desvió hacia las carpas y se quedó a disfrutar del ambiente; desde entonces no la invitan de nuevo al evento (declaración del huntsman en la jornada). Otra memoria recurrente es la de la tentación: un niño ofreció una pata de pollo frita a través de las barreras y «no hay quien culpe a Brightly por detenerse a comer», dijo Boo Montgomery, una de las whippers-in encargadas de ayudar a controlar a la jauría.

Estas imágenes —un sabueso que se echa en el trébol, otro que corre a saludar a los espectadores, los jinetes preparados para la carrera— son parte del relato que convierte al Iroquois en algo más que una competición deportiva: es una celebración comunitaria.

Seguridad y tecnología: los collares GPS

En un mundo en el que las responsabilidades y los riesgos crecen con las multitudes, los organizadores aplican medidas modernas. Los sabuesos llevan collares con GPS tanto en las jornadas de caza como en su aparición en la pista. Esa decisión preventiva dio resultados: cuando un sabueso se sobresaltó y se fue hacia un bosque cercano, el collar facilitó su rápida localización y retorno. La combinación de tradición y tecnología muestra que preservar una práctica histórica también exige gestión profesional y cuidado animal.

La relación con los caballos

La conexión entre perros y caballos en el steeplechase no es sólo simbólica. Según Stephen Heard, miembro del Iroquois y de los Mells Foxhounds, “muchos de los caballos que utilizamos para la caza de zorro son ex-caballos de steeplechase” (declaración recogida en el evento). Esta transición es lógica: la resistencia, la valentía para saltar obstáculos y la capacidad de mantener ritmo a campo abierto son cualidades útiles tanto en competencia como en la caza tradicional.

La reutilización de equinos provenientes de las pistas para labores de campo también plantea preguntas éticas y prácticas sobre el cuidado posterior a las carreras y la reinserción de animales en actividades compatibles con su formación. Que esos caballos encuentren un segundo propósito —en vez de envejecer en inactividad— es una ventaja para su bienestar físico y mental.

Un público diverso: de puristas a familias de picnic

El Iroquois Steeplechase atrae a espectadores de perfiles variados: entusiastas de la hípica, cazadores, familias que van a pasar el día, grupos universitarios e incluso aficionados que buscan disfrutar del ambiente y la oferta gastronómica. Las cifras del evento suelen rondar los 25,000 asistentes, según estimaciones de los organizadores en ediciones recientes, lo que transforma la pista en una pequeña ciudad temporal con tiendas, carpas y rituales de tailgating.

Ese cruce de audiencias obliga a los responsables a equilibrar tradición, espectáculo y seguridad: desde el control de los animales hasta la gestión de multitudes y la regulación del consumo de alcohol en las zonas habilitadas.

Historia del Iroquois: una obra pública que nació en 1941

El hipódromo donde se celebra la carrera fue abierto en 1941 como parte de un proyecto del Work Progress Administration (WPA), un programa del New Deal estadounidense orientado a generar empleo mediante obras públicas durante la Gran Depresión. Esa raíz gubernamental produjo infraestructuras que, décadas después, todavía sirven como escenario de eventos culturales y deportivos. La longevidad del Iroquois —más de ocho décadas— atestigua cómo un proyecto de utilidad pública puede volverse patrimonio local y nacional.

Preservación y futuro

Para que tradiciones como el desfile de foxhounds pervivan, existen retos: la percepción pública sobre la caza con perros ha cambiado en muchas regiones, las normativas sobre bienestar animal son más exigentes y las nuevas generaciones demandan explicaciones éticas sobre prácticas históricas. Los organizadores del Iroquois parecen navegar ese terreno mostrando el aspecto cultural y deportivo de la actividad, subrayando el entrenamiento, la seguridad y el rol social de los animales.

Además, iniciativas de divulgación —como mostrar el trabajo de los sabuesos, explicar el papel de cada miembro del equipo y usar tecnología para garantizar su localización y salud— ayudan a transformar la curiosidad en comprensión. Para muchos espectadores, ver a los sabuesos en la pista es una puerta de entrada a aprender cómo se entrenan, se cuidan y se respetan estos animales.

Reflexión final

El desfile de foxhounds del Iroquois Steeplechase no es un simple preámbulo: es la factoría de imágenes y sensaciones que define la jornada. Entre el estruendo de la multitud, el olor a comida de campo y el pulso de la competición, los sabuesos recuerdan una historia compartida entre humanos y animales que atraviesa océanos y siglos. Conservada con responsabilidad, adaptada con tecnología y explicada con transparencia, esa tradición puede seguir emocionando a nuevas generaciones sin renunciar al respeto por el bienestar animal ni a la seguridad del público.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press