La encrucijada de la lectura en Estados Unidos: entre la “ciencia de la lectura” y la urgencia de volver a sentar a los alumnos en el aula

Qué muestran los datos recientes, por qué algunas jurisdicciones mejoran y qué lecciones pueden aplicarse a todo el país

Antes de cada examen importante, la profesora Nancy Barajas atenúa las luces, enciende una bola de disco y pone música. Sus alumnos de sexto grado bailan un poco como una “pre-celebración” para levantar ánimos; luego realizan la prueba. Esa escena en Modesto, California, resume un doble énfasis: intervenciones pedagógicas concretas y medidas para aumentar la asistencia y la motivación, dos ingredientes que parecen estar marcando la diferencia donde se ven avances reales.

El panorama nacional: una recesión lectora que ya venía de antes

Los resultados nacionales son preocupantes. Un análisis llamado Education Scorecard, realizado por investigadores de Harvard, Stanford y Dartmouth y que comparó puntajes estatales en tercero a octavo grado en más de 5.000 distritos escolares de 38 estados, muestra que los avances en lectura son la excepción, no la regla. Según ese estudio, solo cinco estados y el Distrito de Columbia registraron un crecimiento significativo en lectura entre 2022 y 2025. A nivel nacional, los estudiantes siguen casi medio año por detrás de los niveles de lectura previos a la pandemia; en matemáticas la caída es algo menor, pero persistente.

Este fenómeno no nació con la COVID-19: las pruebas del National Assessment of Educational Progress (NAEP) registran descensos en lectura para octavo grado desde 2013 y para cuarto grado desde 2015. Como señaló Thomas Kane, profesor de Harvard y coautor del Education Scorecard, “la pandemia fue el deslizamiento de tierra que siguió a siete años de erosión sostenida en el rendimiento” (Education Scorecard, 2025).

¿Por qué ha sido tan difícil revertir la tendencia?

Las explicaciones son múltiples y no excluyentes. Entre las hipótesis están:

  • Menor lectura recreativa en la infancia, asociada al uso intensivo de pantallas y redes sociales.
  • Cambios en políticas de rendición de cuentas: algunos estados relajaron sanciones o exigencias a escuelas con bajo desempeño, reduciendo incentivos para cambios rápidos.
  • Prácticas instruccionales inapropiadas: durante años proliferaron métodos que subestimaron la enseñanza sistemática de la correspondencia entre grafemas y fonemas (fonética), privilegiando estrategias de inferencia por contexto que no responden a cómo aprenden a leer la mayoría de los niños.

El resultado fue una década de retrocesos que la pandemia profundizó, pero no originó.

Algunos estados encontraron un camino: la “ciencia de la lectura”

Donde hubo mejoras sostenibles en lectura, suele repetirse un patrón: mandatos estatales para aplicar enfoques basados en la llamada science of reading (ciencia de la lectura), evaluación temprana sistemática y apoyo intensivo a estudiantes con dificultades, incluido el reconocimiento y la intervención por dislexia.

Ejemplos concretos: Louisiana, Maryland, Tennessee, Kentucky e Indiana cambiaron sus marcos de enseñanza hacia métodos fonéticos sistemáticos, acompañados de formación docente y monitoreo. Aun así, la reforma no garantiza resultados automáticos: Florida, Arizona y Nebraska implementaron cambios pero no registraron mejoras en los puntajes, lo que indica que la implementación (calidad, alcance, acompañamiento) importa tanto como la política formal.

En Modesto, el distrito reestructuró la instrucción de lectura durante la pandemia y pagó a maestros para certificarse en LETRS (Language Essentials for Teachers of Reading and Spelling), un programa intensivo alineado con la ciencia de la lectura. Los resultados: crecimiento equivalente a 13 semanas adicionales de aprendizaje en lectura y 18 semanas en matemáticas —un avance significativo, aunque las puntuaciones aún están por debajo del nivel de grado.

Más allá del plan de estudios: la asistencia y los sistemas de apoyo

La asistencia escolar es otra pieza clave. En Detroit, la mejora en lectura vino de la mano de mayores tasas de asistencia tras años de inversión para reparar infraestructuras escolares y ofrecer apoyo directo a familias. Un caso ilustrativo es Munger Elementary-Middle School, donde la presencia de 18 educadores adicionales y la labor de un “agente de asistencia” que localiza a alumnos ausentes han cambiado la rutina: hoy el promedio de ausentes diarios en algunas aulas cayó de siete u ocho alumnos a uno o dos, lo que permitió a los docentes ofrecer instrucción continua y sistemática.

Como dijo Nikolai Vitti, superintendente de Detroit, “tomó mucho reconstruir sistemas, y ahora los niños aprenden a niveles más altos, pero el desafío es continuar motivando e inspirando” (declaraciones en reportes sobre la intervención post‑demanda por el “derecho a leer”, Detroit, 2016–2025).

El sur: un laboratorio de reformas exitosas

Durante la última década, varios estados del sur han liderado reformas educativas que muestran resultados. Louisiana y Alabama se destacaron: Louisiana fue, en 2025, el único estado que superó su promedio previo a la pandemia en lectura; Alabama logró avances en lectura tras una ley que exige instrucción fonética y luego modeló reformas de matemáticas con su Numeracy Act, enfocada en estandarizar enseñanza y exigir intervenciones tempranas.

El éxito sureño combina leyes estatales, inversión en formación docente, creación de roles específicos (especialistas en lectura o matemáticas) y un régimen de evaluación que permite detectar y corregir temprano a estudiantes rezagados.

Qué revela la historia educativa y qué se puede aprender

No es la primera vez que EE. UU. demuestra capacidad de mejora sostenida. Desde la década de 1990 y durante tres décadas, el país experimentó aumentos en puntajes y tasas de graduación y reducciones en brechas raciales. Como recuerda Sean Reardon, profesor de Stanford, “hicimos un progreso enorme como país durante más de 30 años; los puntajes subieron dramáticamente” (declaración a propósito de los análisis comparativos sobre la trayectoria educativa nacional).

Eso ofrece una lección: las políticas coherentes y sostenidas funcionan. Los ingredientes repetidos en los casos de éxito son:

  1. Adopción de prácticas de instrucción basadas en evidencia científica sobre cómo aprenden a leer los niños (instrucción fonética sistemática, fluidez, vocabulario y comprensión explícita).
  2. Formación docente extensa y sostenida, con coaching en aula y recursos que permitan la implementación fiel del enfoque pedagógico.
  3. Evaluaciones tempranas y frecuentes para identificar dificultades específicas (por ejemplo, dislexia) y activar intervenciones intensivas.
  4. Políticas estatales que establezcan expectativas y fondos para su cumplimiento, sin soluciones cortoplacistas.
  5. Mecanismos para mejorar la asistencia y la participación familiar, porque la instrucción es menos efectiva si los alumnos no están en la escuela de forma consistente.

Limitaciones y riesgos: la implementación importa

Sin embargo, reformar el currículo no es suficiente por sí solo. La experiencia muestra que la misma ley o mandato puede producir resultados divergentes según el grado de inversión en capacitación, los materiales, el tiempo dedicado a la intervención y la supervisión. Además, la polarización política alrededor de las reformas de lectura en algunos estados puede desviar la discusión de la evidencia educativa hacia debates ideológicos, lo que complica la fidelidad de la implementación.

También hay que atender a la equidad: muchas escuelas con recursos limitados necesitan apoyo financiero y técnico adicional para que sus docentes asistan a programas como LETRS o cuenten con especialistas en lectura. Sin ese respaldo, los mandatos estatales pueden convertirse en obligaciones imposibles de cumplir.

Acciones prácticas para escuelas y distritos

Para directores y responsables de política educativa, las prioridades concretas deberían incluir:

  • Evaluar la práctica actual de lectura y comparar con la evidencia científica: ¿se enseña decodificación de forma explícita y sistemática?
  • Invertir en desarrollo docente con programas con evidencia comprobada y coaching en aula.
  • Establecer sistemas de detección temprana de dificultades lectoras y protocolos de intervención intensiva.
  • Atender la asistencia y el compromiso familiar como componentes de la mejora educativa.
  • Medir el progreso con datos frecuentes y transparentes, y ajustar las estrategias según los resultados.

La experiencia de distritos como Modesto y ciudades como Detroit demuestra que las mejoras son posibles, incluso en contextos desafiados por inequidades y recursos limitados. Convertir esas experiencias en políticas replicables exige voluntad política, inversión sostenida y un compromiso con la implementación de calidad. Si el país logró avances educativos durante décadas, la lección histórica es esperanzadora: con estrategias coherentes y basadas en evidencia, es posible recuperar y, eventualmente, superar el terreno perdido en lectura.

Fuentes citadas: Education Scorecard (Harvard/Stanford/Dartmouth, 2025); National Assessment of Educational Progress (NAEP) informes de tendencias; declaraciones públicas de Thomas Kane (Harvard) y Sean Reardon (Stanford); reportes de distrito de Modesto y Detroit (2022–2025).

Este artículo fue redactado con información de Associated Press