California y la encrucijada del plástico: ambición regulatoria, resistencia industrial y desafíos técnicos

La norma más ambiciosa de EE. UU. exige envases reciclables o compostables para 2032; ¿es realista, justa y suficiente?

California aprobó regulaciones que obligan a los productores de plástico a garantizar que todo su empaquetado sea reciclable o compostable antes de 2032, el plazo más ambicioso en Estados Unidos. La medida, derivada de la ley estatal SB 54 (la Plastic Pollution Prevention and Packaging Producer Responsibility Act), traslada responsabilidades históricas desde consumidores y municipios hacia las empresas que fabrican y venden productos empaquetados. Pero lejos de cerrar el debate, las reglas abiertas este año han desatado críticas cruzadas: grupos ambientales aseguran que las normas quedan cortas y permiten lagunas peligrosas; la industria afirma que las exigencias son técnicamente impracticables y subirán los precios para los consumidores; y algunos actores amenazan con acudir a los tribunales.

¿Qué cambia la ley y por qué es importante?

Hasta hace poco, la narrativa dominante era que la reducción de residuos dependía del comportamiento individual: separar envases, enjuagar recipientes y depositarlos en el contenedor azul. Sin embargo, esa estrategia ha demostrado ser insuficiente. En 2022 California dio un vuelco legal: SB 54 exige responsabilidad ampliada del productor (EPR, por sus siglas en inglés), obligando a fabricantes y titulares de marcas a unirse a un sistema colectivo —organizado por la Circular Action Alliance— que financie la recolección, reciclaje y reducción del plástico. Las vías para cumplir incluyen:

  • Reducir el uso de plásticos de un solo uso.
  • Diseñar empaques reciclables o compostables.
  • Invertir en infraestructura de reciclaje y sistemas de reutilización/refill.

Además, California requiere que los productores aporten hasta 5.000 millones de dólares durante una década para mitigar los daños ambientales causados por los plásticos, fondos que el estado prevé comenzar a repartir a partir de 2027, según estimaciones regulatorias.

El problema real: un sistema de reciclaje fracturado

Los datos son elocuentes: la tasa de reciclaje de plástico en Estados Unidos es extremadamente baja. Un informe de la organización Beyond Plastics registró que en 2021 la tasa nacional de reciclaje de plástico fue solo del 6%, inferior al 8% en 2018, una caída que se relaciona en parte con el fin de las exportaciones de residuos sólidos a mercados como China. En California, un informe de CalRecycle de 2025 mostró recuperaciones muy modestas incluso para las resinas tradicionalmente más recicladas: jarras de leche y envases de detergente alcanzaron aproximadamente un 19%, mientras que la mayoría de categorías quedaron en cifras de un solo dígito.

Estas cifras ayudan a entender por qué los legisladores impulsaron un cambio de modelo: si no se puede confiar en que el consumidor o el municipio resuelvan el problema, hay que rediseñar incentivos y responsabilidades.

Las críticas ambientales: lagunas y tecnologías problemáticas

Organizaciones ambientales como Natural Resources Defense Council (NRDC) y Californians Against Waste han anunciado su intención de impugnar las regulaciones en tribunales. Dos líneas principales alimentan su reclamo:

  1. Exenciones y procesos de exclusión que, en la práctica, permiten a ciertos plásticos eludir obligaciones sin plazos claros ni requisitos estrictos. Por ejemplo, materiales regulados por la FDA o el USDA (usados en comida y agricultura) podían quedar fuera del alcance; principios regulatorios ajustados terminaron por excluir únicamente lo exigido por la ley federal, pero los críticos consideran que aún hay puertas abiertas para demoras.
  2. La inclusión, bajo ciertas condiciones, de tecnologías de “reciclaje químico” y otros procesos que generan residuos peligrosos si bien cuentan con permisos ambientales. Los grupos ambientales sostienen que la ley original prohibía claramente que procesos que produzcan cantidades significativas de desechos tóxicos se consideraran reciclaje. Nick Lapis, director de advocacy de Californians Against Waste, afirmó que las regulaciones “ignoran los límites explícitos sobre tecnologías de reciclaje y crean salidas permanentes que la ley no autorizó”. Cuando las organizaciones citan a la fiscalía estatal, recuerdan además litigios previos contra compañías petroleras por supuestas publicidades engañosas que presentaban al reciclaje químico como solución milagrosa.

Estas objeciones no solo son técnicas: se plantean como un esfuerzo por preservar la integridad de la transición hacia una economía de plásticos más circular y segura para comunidades afectadas por la contaminación.

La posición de la industria: coste y falta de alternativas técnicas

Por su parte, fabricantes y asociaciones industriales sostienen que el calendario y las exigencias técnicas son inviables. Argumentan que muchos plásticos cumplen funciones críticas —por ejemplo, envases tipo clamshell que protegen frutos delicados como berries, o filmes que regulan intercambio de gases para prolongar vida útil— y que no existen sustitutos con las mismas prestaciones a escala industrial.

Empresas como Emerald Packaging y la Dairy Institute of California han señalado costos de reconversión y la necesidad de grandes inversiones en infraestructura. CalRecycle calculó que cumplir la primera meta del programa —reducir en 25% el plástico de un solo uso para 2032— podría implicar inversiones de hasta 15.400 millones de dólares. Además, cambiar líneas de envasado puede suponer decenas de millones para una sola planta, según estimaciones del sector lácteo.

Pero para investigadores como Joe Árvai, director del Wrigley Institute de la Universidad del Sur de California, la discusión no es sobre si se puede reemplazar el plástico, sino sobre el ritmo del proceso: “Estas transformaciones vienen, queramos o no; habrá actores mejor posicionados para adaptarse y otros que sufrirán más”, ha señalado.

El dilema de las etiquetas y la confianza del consumidor

Otro punto de fricción es el etiquetado. La ley estatal SB 343 limita el uso del símbolo de las flechas en reciclabilidad para evitar confusión —es decir, prohíbe usar el icono a menos que se cumplan criterios estrictos—, lo que algunos productores interpretan como una restricción que disuade el reciclaje porque el consumidor no recibe señales claras. Activistas replican que etiquetas engañosas han sido uno de los factores que dañaron la confianza pública en el sistema y que la precisión es esencial.

Modelos a observar y el papel de la Circular Action Alliance

Para operacionalizar la ley, CalRecycle designó a la Circular Action Alliance como organismo organizador que debe presentar en junio un plan para que los productores cumplan metas. Ese plan será clave: contempla la financiación, métodos colectivos de recolección y la definición de qué materiales se incluirán y cuáles podrán recibir exenciones.
Como referencia práctica, el caso de Oregón —que también aprobó una ley EPR para empaques y enfrenta desafíos legales— muestra que, incluso ante litigios, los fondos y subvenciones para sistemas de reutilización y mejoras en recolección pueden empezar a moverse mientras se resuelven disputas judiciales.

Qué está en juego para comunidades y consumidores

A largo plazo, la transición plantea tanto riesgos como oportunidades. Riesgos: aumentos temporales en costos de productos, retirada de ciertos formatos del mercado si no hay alternativas rápidas, y la posibilidad de que exenciones amplias debiliten la eficacia de la ley. Oportunidades: incentivos reales para innovar en materiales y empaques, creación de empleos en nuevas infraestructuras de reciclaje y reaprovechamiento, y disminución de la contaminación plástica que afecta ecosistemas y salud humana.

El éxito o fracaso de la implementación dependerá de varios factores:

  • La solidez del plan colectivo que presente la Circular Action Alliance y su capacidad para financiar proyectos de infraestructura.
  • La claridad y rigor en la evaluación de solicitudes de exclusión o exención por razones técnicas o de seguridad alimentaria.
  • La supervisión pública y el escrutinio judicial para evitar que lagunas regulatorias permitan incumplimientos generalizados.
  • La inversión pública-privada en investigación de materiales alternativos y en escalamiento de soluciones de reutilización y refill.

Un momento definitorio

California se posiciona como prueba de fuego para una política que muchos países han adoptado en distintas formas: responsabilizar al productor por el ciclo completo del empaque. Como dijo el senador Ben Allen, autor de la ley, el proceso fue marcado por compromisos y concesiones, pero él cree que la norma “mueve significativamente la aguja” frente a un problema masivo. Aun así, la implementación exigirá equilibrio técnico, presión ciudadana y vigilancia legal para que la ambición no quede neutralizada por excepciones ni por soluciones que trasladen el problema a otros tipos de contaminación.

La reflexión final es clara: reducir la contaminación plástica requiere transformar mercados, diseños y responsabilidades. La pregunta clave ahora es si las normas y los planes en marcha lograrán traducir la ambición normativa en cambios concretos y medibles antes de 2032, o si terminaremos con otra promesa incumplida en una crisis ambiental que no espera.

Fuentes y lecturas recomendadas:

  • CalRecycle, reporte sobre tasas de reciclaje en California (2025).
  • Beyond Plastics, análisis sobre la tasa nacional de reciclaje de plásticos (2021).
  • Textos legales: Senate Bill 54 y Senate Bill 343 (California State Legislature).
  • Declaraciones y análisis publicados por CalMatters sobre la implementación de SB 54.
  • Organizaciones: Natural Resources Defense Council (NRDC), Californians Against Waste, Ocean Conservancy.
Este artículo fue redactado con información de Associated Press