Tensiones en la región: drones, marchas y una paz frágil entre Israel y sus vecinos
Análisis de los recientes ataques con drones de Hezbolá, las negociaciones Israel-Líbano y la confrontación social en Jerusalén durante el Día de la Ciudad
Contexto de una escalada interconectada
En las últimas semanas la región ha mostrado nuevamente la complejidad y la interconexión de conflictos que parecen locales pero que tienen impacto regional: por un lado, la reanudación de incidentes militares entre Israel y Hezbolá en la frontera norte; por otro, las tensiones internas en Jerusalén que estallan en manifestaciones religiosas y políticas con efectos directos sobre la convivencia y la seguridad.
Un ejemplo paradigmático de esa dinámica fue el incidente reportado en un jueves reciente, cuando un dron atribuido a Hezbolá explotó dentro de territorio israelí, dejando tres civiles heridos —dos de ellos de gravedad—, según comunicados de las fuerzas militares israelíes y de servicios médicos. Este hecho ocurrió justo antes de una nueva ronda de conversaciones directas entre Israel y Líbano en Washington, impulsadas por la Administración estadounidense con el objetivo de buscar un acuerdo entre dos países que permanecen técnicamente en estado de guerra desde la creación del Estado de Israel en 1948.
La simultaneidad de violencia transfronteriza y de confrontación interna en Jerusalén no es casual: las escaladas en un frente sirven con frecuencia de catalizador simbólico y material para las tensiones en otros. Además, el hecho de que Hezbolá, apoyado por Irán, no forme parte de las conversaciones diplomáticas añade una capa de complejidad: por más que los gobiernos negocien, actores armados no estatales pueden decidir operaciones que pulen o rompen frágiles equilibrios.
El drama de los drones y la persistencia de la guerra en la frontera
Los drones se han convertido en un vector de conflicto relativamente nuevo pero ya establecido en la frontera entre Líbano e Israel. En el episodio citado, el impacto fue directo sobre población civil, un hecho que marcó un salto en la narrativa porque —según reportes del servicio de emergencias israelí Magen David Adom— era la primera vez desde un alto el fuego anterior que proyectiles atribuidos a Hezbolá habían herido a civiles en territorio israelí. Esa afirmación, cuando menos, subraya la sensación de ruptura de la barrera que separa a objetivos militares de objetivos civiles.
Desde el punto de vista militar, Israel ha intentado responder mediante ataques selectivos de su fuerza aérea contra zonas del sur del Líbano, reputadas como bases o plataformas de lanzamiento. Sin embargo, esa respuesta, además de producir víctimas y destrucción, contribuye a un ciclo donde la violencia incentiva represalias, que a su vez justifican nuevas acciones defensivas o punitivas.
La presencia de fuerzas internacionales, como los cascos azules de la ONU desplegados en el sur libanés, agrega otra variable: el secretario general António Guterres, a través de su oficina, ha pedido reiteradamente a ambas partes que respeten el cese de hostilidades y cesen los ataques. Un portavoz adjunto de la ONU recordó que “ambas partes deben observar la tregua y detener las hostilidades”, reflejando la preocupación global por la posibilidad de una escalada mayor.
La guerra que comenzó el 2 de marzo dejó, según el Ministerio de Salud del Líbano, 2.896 muertos y 8.824 heridos en su territorio; en el lado israelí la cifra de bajas incluye 18 soldados y un contratista de defensa, en su mayoría caídos en combates en el sur del Líbano. Estas cifras, aunque parciales y sujetas a actualizaciones, muestran el coste humano de un conflicto que se desarrolla en diferentes frentes simultáneamente. (Fuente: Ministerio de Salud del Líbano reportes oficiales).
Hezbolá, actores estatales y no estatales: un tablero con piezas fuera del control diplomático
La negociación bilateral entre Israel y Líbano intenta dirimir cuestiones territoriales y de seguridad, pero hay actores que no participan de las mesas y, sin embargo, ejercen influencia decisiva: Hezbolá es el actor armado más significativo en el Líbano y mantiene vínculos estrechos con Irán. La ausencia de este grupo en las conversaciones hace que cualquier acuerdo entre Estados sea —en el mejor de los casos— una plataforma incompleta para la paz, salvo que se incluyan garantías efectivas de que los grupos armados adherirán a los términos.
Históricamente, Hezbolá surgió a comienzos de los 80 en el contexto de la invasión israelí al Líbano y ha evolucionado desde un movimiento de resistencia local hasta convertirse en un actor político y paramilitar con proyección regional. Sus operaciones transfronterizas han incluido ataques con cohetes, infiltraciones y, más recientemente, el empleo de vehículos aéreos no tripulados (UAV/drons), que permiten acciones de reconocimiento y ataque con menor riesgo humano directo para quien los opera.
En la práctica, la coexistencia de fuerzas regulares, milicias y actores transnacionales complica el control efectivo del territorio: ningún acuerdo estrictamente entre gobiernos puede garantizar por sí solo que grupos armados respeten una tregua, salvo que exista un mecanismo de verificación y consecuencias claras para su incumplimiento.
Jerusalén: símbolo, válvula de presión y zona de confrontación
Mientras los proyectiles surcan la frontera norte, en Jerusalén se desarrollaron escenas igualmente inflamables: decenas de miles de ultranacionalistas judíos planearon una marcha anual a través de sectores palestinos de la Ciudad Vieja con motivo del Día de Jerusalén, que conmemora la captura de la parte oriental de la ciudad en la guerra de 1967. Esa marcha, que pasa por la Puerta de Damasco y recorre el mercado de la Cuenca Musulmana, ha sido a menudo el foco de cantos racistas y violencia. En años anteriores, cánticos como “Muerte a los árabes” o amenazas a comunidades han encendido incidentes que han derivado en enfrentamientos más amplios.
La conmemoración de 1967 tiene para diferentes comunidades un peso simbólico irreductible: para muchos israelíes se trata de la reunificación y del acceso a los lugares sagrados; para palestinos representa, en la memoria colectiva, una pérdida territorial y de soberanía. Esa discrepancia de narrativas convierte cada acto público en Jerusalén en un posible detonante.
En la jornada reciente, la presencia de figuras políticas de la extrema derecha exacerbó la tensión: el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, realizó una visita al sitio más sensible de la ciudad —el complejo conocido por los judíos como Monte del Templo y por musulmanes como el Haram al-Sharif, donde se encuentra la mezquita Al-Aqsa—. Ben Gvir, al izar una bandera israelí y recordar declaraciones históricas de mando militar en 1967 (“el Monte del Templo está en nuestras manos”), avivó temores de provocación política deliberada en una atmósfera ya enrarecida por la guerra y las elecciones inminentes.
La dinámica de la movilización: desde enfrentamientos callejeros hasta acciones de desescalamiento civil
La marcha no fue un proceso pacífico: grupos de jóvenes entraron en la Ciudad Vieja antes del desfile y se produjeron escaramuzas con residentes palestinos en el barrio cristiano, con lanzamiento de sillas y enfrentamientos que obligaron a la intervención de activistas de organizaciones de coexistencia. Videos difundidos por el colectivo Standing Together mostraron a sus miembros insertándose entre las partes para reducir la violencia, una táctica basada en la presencia física que, según el portavoz internacional Ori Shaham, “a menudo reduce la violencia porque los colonos son menos proclives a agredir cuando hay judíos y cuando documentamos lo que ocurre”.
Otras organizaciones, como Tag Meir, respondieron con iniciativas simbólicas de calma: una “marcha de las flores” destinada a ofrecer apoyo a comerciantes palestinos y a desactivar la hostilidad. Estas acciones cívicas buscan crear espacios de protección y testimonio que mitiguen, en lo posible, la agresividad de las marchas ultranacionalistas.
Sin embargo, la percepción de vulnerabilidad entre los residentes palestinos queda reflejada en escenas cotidianas: mercados cerrados, comercios con candados y calles vacías donde normalmente la vida comercial bulle. Esas imágenes hablan menos de una confrontación puntual que de un deterioro crónico de la convivencia que se activa en fechas simbólicas y en contextos de tensión regional.
Medios, periodistas y la seguridad informativa
La cobertura mediática también se convierte en foco de riesgo: la Policía de Jerusalén asignó un espacio cercado para periodistas, reconociendo que en el pasado reporteros han sido agredidos por multitudes. La violencia hacia la prensa no solo amenaza la libertad de información, sino que empobrece la posibilidad de testimonio independiente en momentos en que la veracidad de los hechos es esencial para la comprensión internacional del conflicto.
Implicaciones políticas: elecciones, gobierno y la tentación del aprovechamiento electoral
Las tensiones internas se desenvuelven además en un contexto electoral. El gobierno israelí, caracterizado por la presencia de líderes de los asentamientos y corrientes de extrema derecha, enfrenta elecciones y tiene incentivos para reforzar su base a través de actos simbólicos que apelan al electorado nacionalista. La peregrinación de ministros y figuras públicas a lugares sensibles, y las declaraciones grandilocuentes en fechas conmemorativas, pueden obedecer a lógicas de movilización política que priorizan la imagen y la promesa de firmeza antes que la coordinación prudente con fuerzas de seguridad y actores internacionales para prevenir la violencia.
Este uso político de la religión y la historia —que instrumenta lugares y fechas sagradas para obtener réditos electorales— es un factor que complica las perspectivas de desescalada. Los líderes que buscan consolidar su capital político en tiempos de conflicto tienen poca motivación para retirar retórica inflamatoria, aunque ello aumente el riesgo de enfrentamientos.
Historias que persisten: 1967 y el legado del statu quo
El recuerdo de la Guerra de los Seis Días de 1967 permanece vivo en ambas orillas. Ese conflicto cambió el mapa de la región: Israel ocupó Gaza, Cisjordania, la península del Sinaí —luego devuelta a Egipto— y la parte oriental de Jerusalén. La anexión de Jerusalén Este por parte de Israel no ha sido reconocida internacionalmente y sigue siendo uno de los puntos neurálgicos del conflicto israelo-palestino. La ciudad, ciudad sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, funciona a la vez como símbolo de identidad y como campo de batalla político y social.
Los monumentos y los lugares sagrados no son solo objetos de devoción; son piezas de soberanía. Por ello, toda visita oficial o marcha masiva por el Casco Antiguo deviene en acto político de alto impacto, con potencial para alterar la calma precaria que se construye a costa de acuerdos internacionales y treguas frágiles.
Qué se puede hacer: medidas prácticas y escenarios posibles
Frente a este panorama, las opciones para reducir riesgos no son simples, pero sí identificables:
- Fortalecer canales de comunicación entre actores estatales y no estatales: cualquier acuerdo Israel-Líbano que no incluya mecanismos para influir sobre grupos como Hezbolá tendrá un alcance limitado. La mediación internacional debe incorporar incentivos y sanciones verificables para actores armados.
- Proteger a civiles y periodistas: es crucial crear corredores seguros y garantías para el trabajo periodístico, así como protocolos claros que eviten el desplazamiento forzado de comerciantes y residentes en días de marcha.
- Reducir la instrumentalización política de lugares sagrados: convocar comités interconfesionales y multilaterales que supervisen visitas oficiales en sitios sensibles puede contribuir a bajar la temperatura política.
- Promover iniciativas de base para la convivencia: las organizaciones de la sociedad civil que se colocan físicamente entre grupos en conflicto y fomentan gestos simbólicos (como la marcha de las flores) demuestran que existen alternativas prácticas de mitigación.
Miradas a futuro: ¿estabilidad negociada o violencia perpetua?
Las variables en juego apuntan a dos escenarios contrapuestos. En uno, la diplomacia logra avances tangibles: un acuerdo Israel-Líbano que incluya medidas de control de armamento, verificación internacional y un marco para reducir incursiones con drones llevaría, con suerte, a una reducción sostenida de los intercambios de fuego. En paralelo, políticas de gestión de Jerusalén y de protección de los derechos civiles podrían prevenir que marchas y visitas oficiales se conviertan en detonantes de un nuevo ciclo de violencia.
En el otro escenario, la polarización política y la acción autónoma de actores como Hezbolá producirían episodios recurrentes de violencia que impiden el desarrollo económico, humanitario y social de la región, con alto coste en vidas y mayor radicalización de comunidades que ya sienten que la paz no les pertenece.
Reflexión final
Lo ocurrido con el dron que explotó en Israel y las marchas de Jerusalén muestran, de manera contundente, que la paz en la región no es solo la ausencia de guerra entre Estados: incluye la contención de actores armados no estatales, la protección de civiles y periodistas, y la gestión sensible de espacios sagrados y simbólicos. La historia de 1967, los números de víctimas y las reacciones políticas actuales recuerdan que sin mecanismos multilaterales robustos y sin iniciativas de base que trabajen la convivencia, cualquier tregua puede convertirse en pausa temporal antes de una nueva escalada.
Mientras tanto, las vidas humanas siguen siendo el indicador más crudo de la eficacia de las políticas: las cifras de muertos y heridos, en ambos lados, no solo cuentan pérdidas, sino que dibujan un mapa de prioridades y urgencias que la comunidad internacional y los actores locales deben atender para que las próximas generaciones encuentren una ciudad —y una región— menos fragmentada y más segura.
Fuentes citadas: comunicado del Ministerio de Salud del Líbano (reportes oficiales sobre víctimas); declaraciones de la ONU y del secretario general António Guterres en comunicados públicos; informes del servicio de emergencias israelí Magen David Adom. Para más información sobre la historia de 1967 y la anexión de Jerusalén Este, ver resúmenes históricos de organismos internacionales y bibliografía especializada (por ejemplo, informes de las Naciones Unidas y análisis de centros de estudios sobre Oriente Medio).
