Voz y resistencia: la gala de PEN America como termómetro de la libertad de expresión

Desde el Museo Americano de Historia Natural, autores, productores y activistas reclamaron defensa de las letras, las bibliotecas y el derecho a contar historias

La noche en que la literatura se reunió con la urgencia cívica

En una velada celebrada en el imponente escenario del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, la organización PEN America combinó brillo mediático y un mensaje firme: la libertad de expresión está en juego y defenderla es hoy una prioridad democrática. Autores como Ann Patchett, productores como Jason Blum y activistas locales subieron al estrado para recordar que la literatura, las bibliotecas y las voces disidentes no son accesorios culturales sino pilares de una sociedad libre.

El simbólico lugar de la gala

Elegir un museo natural como sede de una gala literaria no fue casual. Como señaló la escritora y librera Ann Patchett durante su intervención, el propio recinto recuerda que el mundo trae una historia previa a la nuestra: “La historia de la naturaleza está hecha de belleza extrema y violencia, volcanes y mariposas, placas tectónicas que cambian y marsupiales, los huesos del estegosaurio y la luz de la Vía Láctea” (discurso en la gala de PEN America). Esa advertencia —que la vida y la historia son teatro de fuerzas mayores— se convirtió en metáfora para la resiliencia de la palabra frente a la censura.

Libro, censura y democracia: cifras que llaman la atención

La gala tuvo lugar en un contexto en el que organizaciones como PEN America y la American Library Association vienen advirtiendo sobre un aumento sostenido de prohibiciones y retiradas de libros en escuelas y bibliotecas de Estados Unidos. Según reportes consolidados entre 2021 y 2024 por la ALA, las acciones para restringir títulos alcanzaron picos notables en varios estados, con miles de obras cuestionadas por motivos que van desde contenido sexual hasta cuestiones de identidad y raza (informes de la ALA, compilados públicamente por la asociación).

Estas dinámicas no son un fenómeno menor: las restricciones de acceso a la lectura afectan desproporcionadamente a estudiantes y comunidades en situación de vulnerabilidad. Las bibliotecas, señaló Keri Lambert, codirectora de la Rutherford County Library Alliance, “no son simplemente edificios llenos de libros. Son una de las pocas instituciones que realmente pertenecen a todo el mundo, independientemente de la edad, los ingresos, los antecedentes o las creencias” (declaración en la gala de PEN America).

Premios y reconocimientos: nombres que señalan desafíos

La gala distinguió a figuras diversas. Ann Patchett recibió el PEN/Audible Literary Service Award y, en su discurso, recordó el valor de seguir escribiendo y leyendo en tiempos convulsos. El productor de cine Jason Blum, conocido por proyectos que van desde el éxito independiente Get Out hasta franquicias de terror, obtuvo el PEN Business Visionary award; su aceptación incluyó un guiño a la historia de los ataques culturales que enfrentan las formas narrativas nuevas o populares: “Todas las formas de narración, especialmente cuando son nuevas y distintas, necesitan protección frente a las fuerzas de la esnobismo y la supresión” (discurso en la gala de PEN America).

También se reconoció el coraje de escritores perseguidos: Golrokh Ebrahimi Iraee y Ali Asadollahi, disidentes iraníes que no pudieron asistir, fueron homenajeados con el PEN/Barbery Freedom to Write Award; su ausencia quedó simbolizada por dos sillas vacías en el escenario, un recordatorio potente de que la represión continúa en muchos países. Como pidió Dinaw Mengestu, presidente de PEN: imaginar “un tiempo sin sillas vacías en este escenario ni en ningún escenario del mundo” fue la invitación a no normalizar la ausencia forzada de voces.

Activismo local con impacto global

Una de las ovaciones más largas de la noche se reservó para Tatiana Silvas y Keri Lambert, activistas de Tennessee cuya alianza contra la censura en bibliotecas locales logró visibilizar y revertir intentos de prohibición. Su trabajo ilustra una realidad esencial: la defensa de la libertad de expresión no siempre ocurre en tribunales internacionales sino en reuniones de juntas escolares, audiencias locales y campañas comunitarias. En palabras de Lambert, “Defender las bibliotecas es en realidad defender la democracia misma”.

Por qué importa hoy defender la palabra

Las amenazas a la libertad de expresión toman formas diversas: desde leyes y políticas públicas que fomentan la retirada de contenidos, hasta campañas de presión mediática y social que estigmatizan obras y autores. Summer Lopez, co-CEO de PEN, lo sintetizó con crudeza: “Primero vienen por tu libertad de expresión. Sin esa libertad para alzar la voz, es mucho más fácil despojarte de todos los demás derechos” (discurso en la gala de PEN America). Esa afirmación conecta directamente con una lección histórica: los ataques contra la libre circulación de ideas preceden frecuentemente a retrocesos políticos más amplios.

Históricamente, los esfuerzos por controlar la narrativa no son nuevos. Desde la censura de impresos en la Europa de la Edad Moderna hasta los libros prohibidos en regímenes autocráticos del siglo XX, la literatura ha sido tanto un arma como una amenaza. Como ejemplo histórico, la lista de libros prohibidos por gobiernos y tribunales durante distintos periodos demuestra que lo que hoy se disputa no es un fenómeno aislado, sino parte de una larga lucha por la autonomía intelectual.

Una respuesta plural: cultura, industria y comunidad

La gala también resaltó el papel que pueden jugar sectores aparentemente alejados de la literatura: la industria cultural y el entretenimiento. Jason Blum, desde su experiencia en cine, añadió una perspectiva práctica: las narrativas que se consideran masivas o de entretenimiento han sido históricamente menospreciadas por la crítica, pero eso no las hace menos valiosas. Su visión empresarial —crear estructuras seguras para la creatividad y ofrecer libertad dentro de esos marcos— se presenta como un modelo para proteger proyectos culturales frente a presiones externas.

Además, la recaudación de más de dos millones de dólares durante la cena subraya la capacidad de la comunidad cultural para financiar la defensa de la libertad de expresión. Es una cifra que no solo sostiene actividades operativas de defensa jurídica y campañas públicas, sino que también simboliza el respaldo social a la causa.

Qué queda por hacer: propuestas y desafíos

La noche dejó claros algunos caminos de acción:

  • Fortalecer bibliotecas y educadores: apoyar recursos para la compra y preservación de material, formación de mediadores y programas que fomenten la alfabetización crítica.
  • Incidencia pública y legal: sostener litigios estratégicos y campañas de información que expongan las consecuencias de la censura.
  • Visibilidad internacional: enlazar causas locales con redes globales de defensa de derechos humanos para proteger a escritores perseguidos.
  • Alianzas transversales: incluir a la industria cultural, empresas y filantropía en estrategias que reconozcan el valor social de las artes y la lectura.

La combinación de premios, testimonios de perseguidos, reconocimiento a activistas locales y discursos de figuras públicas en la gala de PEN America funcionó así como un catalizador: recordó que la defensa de la palabra exige tanto actos simbólicos como compromiso práctico y sostenido.

La libertad de expresión no es una cuestión abstracta; es un entramado de instituciones, hábitos culturales y decisiones cotidianas. Protegerla implica proteger la capacidad de los ciudadanos para informarse, cuestionar y crear. La velada en el museo no solo celebró la literatura: la nombró arma vital y escudo contra la pérdida de derechos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press