El relámpago gonzo de Jane Schoenbrun en Cannes: entre el slasher, la sátira y la identidad
Cómo Teenage Sex and Death at Camp Miasma redefine el cine queer de terror y reafirma la voz de una directora en plenitud
La proyección de Teenage Sex and Death at Camp Miasma en el Festival de Cannes no pasó desapercibida: mezcla de sátira hollywoodense, slapstick gore y una mirada profundamente personal sobre el deseo y la identidad. Para Jane Schoenbrun, directora trans de 39 años cuya filmografía precedente incluye películas como We’re All Going to the World’s Fair (2021) y I Saw the TV Glow (2024), esta cinta representa un punto de inflexión: la primera que, dice, “siente que representa la plenitud de quién soy”.
Un triunfo ganado a pulso
La recepción en Cannes fue eufórica. Schoenbrun describió la experiencia de la première como “una buena silla eléctrica” y recordó que, tras la proyección, sintió su cuerpo «en estado de convulsión». No es una hipérbole: hablamos de una película que juega con la estética del slasher, pero lo hace desde una óptica queer, irónica y sentimental a la vez, donde la sangre convive con la ternura y la exploración sexual.
El camino hasta ese momento no fue lineal. Schoenbrun pasó por un período profesional y personal que marcó su obra: su transición influyó de forma directa en las películas anteriores, que eran intensas, crudas y plagadas de una urgencia existencial. Pero Camp Miasma nace de una etapa distinta, más sosegada y exploratoria, una fase post-transición en la que la directora se permite jugar, gozar y mirar atrás con ironía hacia la maquinaria del cine.
Argumento y aproximación tonal
En la película, Hannah Einbinder interpreta a Kris, una cineasta indie contratada para dirigir el reboot de Camp Miasma, una franquicia slasher de décadas. En el campamento emblemático se reencuentra con Billy Presley (Gillian Anderson), la «Final Girl» de la película original. A partir del vínculo entre ambas, la película articula una reflexión sobre la fascinación por la cultura de género, la mitología del horror y las expectativas del sistema de estudios.
Lejos de ser solo un pastiche, el film articula varias capas: es una sátira del Hollywood de los reboots y las decisiones ejecutivas; es un homenaje histriónico a los códigos del slasher; y es, sobre todo, una historia de deseos, ansiedad sexual e inspiración creativa. Esa mezcla convierte a Camp Miasma en un ejercicio gonzo que recuerda a ciertos filmes de culto: brusco, irreverente y, paradójicamente, afectuoso.
La voz de una cineasta: íntima y política
El cine de Schoenbrun se caracteriza por convertir la experiencia personal en una alegoría más amplia sobre identidad y pertenencia. Como ella misma lo expresó en Cannes, la película «representa la totalidad» de su yo creativo. Esta afirmación remite a una estrategia artística: usar lo personal para cuestionar estructuras sociales. En el caso de Schoenbrun, esa estructura es la industria cinematográfica, con sus prejuicios y sus filtros sobre qué es «comercial» o «comercializable».
La directora ha compartido la frustración que sintió cuando, pese a la recepción crítica de sus trabajos anteriores, su tercer filme fue rechazado por múltiples distribuidores hasta que Mubi decidió lanzarlo. «Pasó rechazo tras rechazo», dijo, y reflexionó sobre cómo la percepción de «otredad» puede cerrarle puertas a un creador. Esa experiencia ilumina un debate vigente: ¿qué decide la industria qué merece financiación y promoción, y cuánto pesan las estructuras de poder —mayoritariamente ocupadas por hombres blancos— en esa decisión?
Hannah Einbinder y Gillian Anderson: un encuentro de generaciones
El casting aporta capas importantes a la película. Einbinder, conocida por su trabajo en televisión, debuta en el cine con un personaje que es a la vez fan obsesiva y creadora en crisis. En sus palabras, la propuesta de Schoenbrun le pareció «importante» y profundamente personal, una ficción que lleva la impronta biográfica de su directora.
Por su parte, Gillian Anderson encarna a Billy Presley, una figura icónica que proviene del imaginario del slasher. La relación entre su personaje y Kris permite explorar cómo los mitos del cine de terror moldean el deseo y la memoria, y cómo una figura veterana puede ser reimaginada desde una óptica queer y feminista.
La sátira industrial: reboots, ejecutivos y la economía del miedo
Camp Miasma no solo homenajea el slasher; también critica la industria que lo reconstituye una y otra vez para obtener réditos. Schoenbrun satiriza el proceso de apropiación y desnaturalización: los ejecutivos buscan un «origen» comprable, mientras que la cineasta protagonista desea hacer una película que mantenga el núcleo emocional del material original.
Esta tensión tiene resonancias reales: en la última década, el mercado cinematográfico ha priorizado franquicias, reboots y universos compartidos. Según datos de la consultora Comscore, las franquicias representan una proporción creciente de la taquilla mundial; en 2019, por ejemplo, los grandes estudios generaron más del 70% de su recaudación a partir de títulos pertenecientes a franquicias establecidas (fuente: Comscore). Esa lógica industrial condiciona la producción y puede dejar fuera propuestas más arriesgadas o personales.
Un cine queer de terror: herencia y subversión
El cine de terror ha sido históricamente un terreno fértil para lecturas políticas y subtextos sobre identidad. Desde los clásicos góticos hasta los slashers de los 70 y 80, el género ha servido para explorar miedos colectivos, tabúes sexuales y transformaciones sociales. Camp Miasma se inscribe en esa tradición y la subvierte: emplea las convenciones del slasher —final girl, campamento aislado, violencia ritualizada— para reflexionar sobre deseo, representación y apropiación cultural.
El resultado es una obra que funciona en doble clave: como entretenimiento de impacto y como comentario sobre quiénes cuentan las historias y para quiénes. Al posicionar una mirada queer en el centro del slasher, Schoenbrun empuja al género hacia un territorio más inclusivo y autorreflexivo.
La estética: gore, humor y ternura
Uno de los aciertos de Camp Miasma es su equilibrio tonal. La película no rehúye el gore —en ocasiones, cuerpos que escupen sangre parecen más una celebración del exceso que una gratuidad sensacionalista—, pero lo acompaña con momentos de humor, ironía y ternura auténtica. Esa mezcla permite que la violencia cinematográfica se convierta en un instrumento para explorar deseos, miedos y la fragilidad humana, en lugar de ser un fin en sí misma.
La estética gonzo del filme recuerda a otras piezas de culto que combinan grotesco y cariño, y al mismo tiempo reafirma la autoría de Schoenbrun: su cine es reconocible por su capacidad para transformar lo íntimo en espectáculo moral y emocional.
Resonancia cultural y futura trayectoria
Que una película así haya encontrado su espacio en Cannes tiene un valor simbólico. El festival, fundado en 1946 (Festival de Cannes), ha sido históricamente un escaparate para cineastas que buscan legitimidad internacional. La presencia de Schoenbrun en la Croisette no solo subraya la vitalidad de su obra, sino que también plantea preguntas sobre el lugar del cine queer y autoral en la escena internacional.
Para la directora, Camp Miasma es una declaración: la posibilidad de reescribir la propia narrativa y, por extensión, la del cine. Ella misma habla de una ideología del hacer real: «Podemos rehacernos y rehacer el mundo que nos rodea». Esa voluntad creativa se extiende a otros proyectos suyos, incluida la próxima novela de fantasía de 600 páginas que ha escrito, símbolo de un impulso artístico que no se conforma.
Reflexión final (sin etiqueta)
Teenage Sex and Death at Camp Miasma no es una película que busque agradar a todas las audiencias: reivindica su derecho a ser extraña, ruidosa y sensible al mismo tiempo. En un momento en que la industria tiende a dejar poco espacio para lo imprevisible, la aparición de una obra así en un festival como Cannes es, al menos, una bocanada de aire fresco. Schoenbrun ha convertido su experiencia personal y las frustraciones profesionales en materia creativa; el resultado es un film que cuestiona, provoca y conmueve, invitando a repensar qué historias merecen ser contadas y bajo qué condiciones.