Fujimori vs. Sánchez: el segundo round que definirá el futuro político y económico del Perú

Entre la herencia política de una dinastía y la promesa de reformas mineras, el balotaje del 7 de junio pondrá a prueba las prioridades de una sociedad golpeada por el crimen y la inestabilidad

Una carrera marcada por la fragmentación y la urgencia

La elección presidencial peruana definirá, en un nuevo balotaje programado para el 7 de junio, el rumbo de un país que acumula desgaste institucional, aumento de la violencia y demandas sociales por una distribución de recursos más justa. Keiko Fujimori, líder conservadora y figura emblemática de una de las familias políticas más controversiales del Perú, y Roberto Sánchez, congresista y exministro de Comercio Exterior con un discurso nacionalista y de revisión de contratos mineros, emergieron como los dos candidatos que disputarán la presidencia después de una primera vuelta en la que compitieron más de 30 postulantes.

Resultados y contexto inmediato

Con el 100% de las actas contabilizadas, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) informó que Keiko Fujimori obtuvo 17.18% de los votos, mientras que Roberto Sánchez alcanzó 12.03%. Estos números, relativamente bajos para un escenario presidencial, evidencian la fragmentación del electorado y la ausencia de una candidatura hegemónica capaz de canalizar mayorías claras.

El proceso electoral estuvo empañado por problemas logísticos que impidieron votar a miles de personas en el país y en el exterior, lo que llevó a la autoridad electoral a extender la votación en Lima y en algunas circunscripciones en Estados Unidos para más de 52,000 inscritos. Este tipo de incidentes alimenta la desconfianza ciudadana en la capacidad del Estado para administrar procesos básicos y consolida la percepción de crisis institucional recurrente.

¿Por qué el crimen redefine la agenda política?

La prioridad número uno para la ciudadanía peruana en este ciclo electoral ha sido la seguridad. El incremento de la violencia —incluyendo delitos como extorsión, sicariato y crimen organizado vinculado al narcotráfico— obligó a los candidatos a proponer medidas contundentes. Entre las propuestas más llamativas estuvieron la construcción de megaprisiones, restricciones a la comida de reclusos e incluso la reedición del debate sobre la pena de muerte para crímenes graves.

No obstante, la discusión pública evidencia una tensión difícil de resolver: mientras la población exige respuestas inmediatas y severas, buena parte de las leyes y prácticas recientes han generado obstáculos para la investigación y persecución del delito. La misma Fujimori, cuyo partido respaldó reformas procesales que limitan medidas cautelares en ciertos casos, enfrenta el dilema de prometer mano dura mientras su discurso político defiende marcos legales que numerosos expertos consideran menos efectivos para combatir la impunidad.

La propuesta de Sánchez: revalorizar el papel del Estado frente a la minería

Roberto Sánchez, por su parte, ha capitalizado parte del voto de descontento con el statu quo económico. Sus propuestas incluyen la renegociación de contratos con empresas mineras, mayor recaudación fiscal por actividad extractiva, participación comunitaria en la propiedad de proyectos mineros y restricciones a la minería a cielo abierto.

Este conjunto de iniciativas responde a una percepción extendida en muchas regiones del Perú: a pesar de ser el segundo productor mundial de cobre y de contar con importantes recursos mineros, las comunidades locales no siempre ven reflejados en empleo, servicios o infraestructura los beneficios de la extracción. Según datos del Ministerio de Energía y Minas y del Banco Central de Reserva del Perú, la minería representa una porción relevante del Producto Interno Bruto y de las exportaciones del país; en años recientes, el crecimiento económico—por encima del 3% en 2024 y 2025—ha estado impulsado en gran medida por el sector extractivo y los precios internacionales de los metales.

Obstáculos institucionales: ¿puede Sánchez implementar sus reformas?

Un aspecto crucial que muchos analistas señalan es la capacidad real de un eventual gobierno Sánchez para llevar adelante cambios estructurales: su partido no controla el Congreso y el sistema político peruano continúa fragmentado, lo que dificulta impulsar reformas ambiciosas sin alianzas amplias.

Además, la renegociación de contratos y cambios en la normativa minera suelen enfrentarse a factores externos: cláusulas internacionales, contratos con garantías legales y la dependencia de las inversiones privadas. Reformas abruptas o retroactivas podrían generar conflictos legales y reducir la inversión extranjera, con impactos en el empleo y en la recaudación fiscal. Por ello, cualquier plan de reequilibrio requeriría un diseño técnico cuidadoso y negociación multilateral con empresas, regiones y organismos internacionales.

Fujimori: mano dura, dudas sobre el marco legal

Keiko Fujimori propone un choque frontal contra la delincuencia y una política de seguridad enfocada en el fortalecimiento de las fuerzas del orden. Sin embargo, su historial y el de su partido generan inquietudes. Obras legislativas promovidas por Fuerza Popular en años recientes han suprimido la prisión preventiva en ciertos casos y han elevado umbrales para la incautación de bienes, lo que, según especialistas en derecho penal, puede limitar la capacidad del Estado para investigar y neutralizar redes criminales complejas.

La candidata sostiene que tiene la experiencia política y la mano dura necesaria para contener la ola delictiva, pero los críticos advierten que la coherencia entre retórica y reformas prácticas será la prueba de fuego: ¿se asumirán ajustes legales que permitan una persecución más eficaz o se mantendrá un marco que favorezca la impunidad?

Herencia política y memoria social

La postulación de Keiko Fujimori imprime una dimensión histórica al balotaje. La familia Fujimori ha marcado profundamente la política peruana desde la presidencia de Alberto Fujimori en los años noventa, periodo asociado tanto a la derrota de grupos insurgentes como a graves violaciones a los derechos humanos y episodios de corrupción que terminaron con la caída y el juicio del expresidente.

La propia Keiko ha sido una figura polarizadora en sucesivas campañas: para una parte del electorado representa orden y experiencia; para otra, simboliza la continuidad de prácticas políticas que socavaron las instituciones. La memoria social peruana, todavía marcada por las heridas del conflicto interno y las revelaciones de corrupción, influirá en cómo se interprete su eventual victoria o derrota.

El fantasma de 2021 y la polarización electoral

El recuerdo de la elección de 2021 —en la que Pedro Castillo, un maestro rural sin experiencia política tradicional, venció a Fujimori por un margen estrecho y gobernó hasta su destitución en 2022 tras un intento de disolver el Congreso— está presente en el debate actual. Roberto Sánchez ha buscado acercarse a sectores rurales y a votantes que respaldaron a Castillo, incluso incorporando símbolos y gestos asociados con esa campaña, con la intención de recuperar su base de apoyo.

El fenómeno demuestra que el electorado peruano no se divide ya solo por ejes tradicionales (izquierda/derecha), sino por expresiones de desconfianza hacia las élites, demandas de justicia social y expectativas contradictorias sobre seguridad y política económica. La polarización se alimenta tanto de identidades regionales como de la percepción de un sistema que no distribuye beneficios de forma equitativa.

Qué está en juego más allá del 7 de junio

El resultado del balotaje tendrá efectos que van más allá de la sustitución de un gobernante. Impactará en el clima de inversiones, en la relación entre el Estado y los operadores mineros, en la capacidad de respuesta frente a la inseguridad y en la estabilidad institucional a corto plazo.

Si gana Fujimori, es probable que el énfasis sea en respuestas penalizantes a la delincuencia y en mantener la orientación económica de apertura a la inversión. Si Sánchez se impone, el país podría enfrentar un período de negociación de contrato y reformas tributarias específicas al sector minero, con el riesgo de tensiones políticas si no logra construir mayorías en el Congreso.

Reflexiones finales: la necesidad de mayor institucionalidad

La votación del 7 de junio representa una nueva oportunidad para que la sociedad peruana exija no solo medidas de corto plazo, sino reformas institucionales que reduzcan la impunidad, mejoren la gobernanza y promuevan una distribución más equitativa de los recursos naturales. El desafío no es únicamente elegir un presidente, sino fortalecer el entramado institucional que permita traducir políticas públicas en resultados tangibles para la ciudadanía.

En un país donde la minería ha sido motor de crecimiento pero también fuente de conflictos sociales, encontrar mecanismos de gobernanza que integren la justicia fiscal, el respeto a los derechos locales y la protección del medio ambiente será clave para romper ciclos de volatilidad política. Asimismo, las propuestas de seguridad requieren claridad técnica y garantías legales para evitar que la mano dura se traduzca en retrocesos en derechos fundamentales.

El balotaje promete ser definitorio: más que enfrentar dos candidaturas, el electorado decidirá entre dos narrativas sobre qué tipo de Perú se quiere construir en los próximos años.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press