Jerome Powell y la Fed: ocho años de decisiones que cambiaron la economía estadounidense

Entre la inflación, la búsqueda del pleno empleo y la defensa de la independencia del banco central, el legado de Powell mezcla aciertos, errores y lecciones para el futuro

Un retrato en tiempo convulso

Cuando Jerome “Jay” Powell fue juramentado como presidente de la Reserva Federal hace ocho años, pocos imaginaban que su mandato estaría marcado por sucesos tan disruptivos como una pandemia global, una oleada inflacionaria de décadas, tensiones políticas sin precedentes y una remodelación completa de la política monetaria. Powell, un abogado con experiencia en finanzas y no un economista típico entre los presidentes del banco central, afrontó una sucesión de dilemas en los que cada decisión implicaba riesgos políticos y económicos considerables.

El escenario inicial: bajas tasas y prioridad al empleo

Antes del COVID-19, la economía de Estados Unidos exhibía una inflación contenida y una tendencia hacia la recuperación del empleo tras la Gran Recesión. La Fed, bajo la dirección de Powell, puso un énfasis notable en la búsqueda del pleno empleo, paradigma que inspiró que no se apurara una subida de tasas en fases iniciales de expansión. Ese enfoque resonó con economistas progresistas y defensores de políticas laborales porque una economía con empleo robusto tiende a beneficiar en particular a trabajadores menos privilegiados.

En discursos y comparecencias públicas, Powell destacó que una coyuntura de menor desempleo era un objetivo central y que, si no había señales claras de presión inflacionaria, mantener condiciones monetarias acomodaticias podía ser apropiado. Esta orientación se apoyaba en décadas de convenciones macroeconómicas que relacionaban inflación con presión salarial y demanda agregada, y en la hipótesis de que shocks temporales de oferta no debían contrariarse con subidas agresivas de tasas que pudieran disparar el desempleo.

La pandemia y la irrupción de la inflación

La llegada de la pandemia en 2020 trastocó ese panorama de forma radical. En dos movimientos en marzo de 2020, la Fed redujo su tasa de referencia en 1.5 puntos porcentuales hasta cerca de cero y desplegó compras masivas de deuda pública y valores garantizados por hipotecas para sostener el crédito y evitar un colapso financiero. Powell afirmó entonces que la institución actuaría “de forma enérgica, proactiva y agresiva” hasta que hubiera certezas de la recuperación.

Esas medidas monetarias se complementaron con paquetes fiscales de gran envergadura: gobiernos federales —bajo administraciones demócrata y republicana— inyectaron estímulos que, según estimaciones oficiales y académicas, suman aproximadamente 5 billones de dólares durante la fase aguda de la crisis. El resultado fue un choque dual: por un lado, una oferta global limitada por cierres de fábricas y cuellos de botella logísticos; por otro, una inyección de demanda muy fuerte en términos nominales.

Los primeros indicios de inflación elevada llevaron a un diagnóstico compartido por muchos: que sería «transitoria», vinculado a disrupciones de oferta y a la reapertura económica. Sin embargo, el fenómeno resultó mucho más persistente. En junio de 2022, la inflación interanual alcanzó 9.1%, un máximo de cuatro décadas. Para ponerlo en perspectiva: en los seis años previos a la pandemia los precios aumentaron cerca del 10%; en los seis años posteriores al inicio de la pandemia, el alza acumulada supera el 27%. Algunos rubros muestran desplazamientos dramáticos: los alimentos a nivel consumidor subieron alrededor de 30% en ese periodo, comparado con un 3.6% en el periodo anterior a la crisis (datos compilados por índices del gasto del consumidor y series del Departamento de Trabajo de EE. UU.).

La respuesta tardía y la crítica de los analistas

La Fed mantuvo la tasa de interés cercana a cero hasta marzo de 2022, incluso cuando la inflación ya superaba el objetivo institucional del 2% desde 2021. La decisión reflejó una visión tradicional: si la inflación se debía predominantemente a un shock de oferta, una política monetaria restrictiva podría asfixiar la demanda y aumentar el desempleo sin resolver el problema de los precios. No obstante, analistas y economistas hicieron notar que la agregación de una política monetaria extremadamente laxa y estímulos fiscales masivos alimentó una presión de demanda considerable.

Mickey Levy, economista veterano que trabajó en Bank of America y hoy es investigador, señaló que había evidencia de una explosión en la demanda agregada y que la Fed tardó en reconocerla, sosteniendo el diagnóstico de shock transitorio incluso cuando los datos mostraban lo contrario. Otros críticos apuntaron que mantener tasas muy bajas por tanto tiempo contribuyó a sobrecalentar ciertos mercados y a amplificar la inflación.

El giro: subidas de tasas y la búsqueda del “aterrizaje suave”

Ante la persistencia del alza de precios, Powell y la mayoría de los gobernadores de la Fed dieron un giro y llevaron a cabo la escalada más pronunciada de tasas en décadas. Entre 2022 y 2023 el tipo de referencia alcanzó niveles no vistos en veinte años: la curva de política monetaria fue reajustada con rapidez y la Fed comenzó un proceso de reducción de su balance (quantitative tightening) para retirar liquidez del sistema.

Muchos esperaban que la combinación de endurecimiento monetario provocara una recesión pronunciada y un aumento agudo del desempleo, un escenario que economistas como Larry Summers advirtieron podría ser la consecuencia de derrotar a la inflación. Sin embargo, la economía estadounidense mostró una resistencia inusual: el desempleo descendió a niveles cercanos al mínimo de medio siglo mientras la inflación retrocedía significativamente. Para septiembre de 2024, la medida preferida por la Fed situó la inflación en torno al 2.3% anual, casi regresando al objetivo de 2% sin que se manifestara la caída abrupta del empleo que muchos habían pronosticado.

Ese resultado —la reducción de la inflación sin una recesión profunda— ha sido interpretado por varios observadores como la obtención de un “aterrizaje suave”, un desenlace buscado por los bancos centrales durante décadas y que, cuando ocurre, exige una sincronía entre política monetaria, condiciones del mercado laboral y dinámica global de precios.

Factores externos y políticas comerciales recientes

No obstante, la historia no culmina ahí. En 2025 y 2026, decisiones políticas exteriores y comerciales —como la imposición de aranceles generalizados por parte de la administración presidencial— volvieron a mover la aguja de los precios, empujando ciertos índices al alza. Las políticas tarifarias, al elevar costos de importación, ejercen presión inflacionaria adicional en un entorno donde todavía persisten vulnerabilidades en las cadenas globales de suministro.

El papel político: tensiones con la Casa Blanca y defensa de la independencia

Un elemento decisivo del legado de Powell es su confrontación con presiones políticas directas, en particular las provenientes del expresidente Donald Trump. A partir de su nombramiento Powell fue blanco de críticas y ataques personales del entorno político. Sin embargo, su manejo de ciertas escaramuzas públicas reforzó la idea de un presidente de la Fed dispuesto a defender la autonomía de la institución.

Un episodio emblemático fue la presentación pública junto a Trump en la obra de renovación del complejo de edificios de la Reserva Federal. Trump criticó el costo del proyecto y mostró al público un papel con cifras que, según Powell, mezclaban partidas. En plena cámara, Powell tomó sus gafas y aclaró una discrepancia —gesto que, más allá de la anécdota, simbolizó su disposición a confrontar afirmaciones públicas erróneas.

La independencia del banco central es un principio ampliamente valorado por académicos y hacedores de política. Don Kohn, ex vice presidente de la Fed, resumió la postura de muchos al afirmar que la defensa de esa independencia es, quizás, “lo más importante” del legado de Powell, porque protege la capacidad de la institución de tomar medidas dolorosas pero necesarias para el bienestar público, sin ceder a ciclos políticos cortoplacistas.

Relaciones con el Congreso y capital político

Powell trabajó intensamente en la construcción de relaciones con el Congreso. Estudios académicos, como el análisis del economista Thomas Drechsel de la Universidad de Maryland, indican que Powell se reunió con senadores más del doble de veces que sus dos predecesores, repartiendo encuentros en ambos partidos. Esa obra de interlocución fue crucial en momentos de tensión política y ayudó a blindar la Fed frente a intentos de politización directa.

El episodio de la investigación judicial sobre el proyecto de renovación, que incluyó audiencias y presiones para nombramientos, terminó por resolver a favor de la Fed tras la eventual desestimación de la pesquisa por parte del Departamento de Justicia. Esa resolución reforzó la narrativa de que Powell había logrado, pese a vientos adversos, mantener la credibilidad institucional.

Evaluación crítica: errores y aciertos

El balance del mandato de Powell es, necesariamente, complejo. Por un lado, la demora en reconocer la persistencia de la inflación y la prolongación de políticas ultraexpansivas en 2020–2021 constituyen fallos dignos de análisis. Economistas como Mickey Levy y otros sostienen que la Fed contribuyó a la sobreexpansión de la demanda. Por otro lado, la firmeza posterior para elevar las tasas de manera consistente y el logro de moderar la inflación sin causar una depresión económica forman parte de lo que muchos interpretan como un notable acierto.

David Wilcox, del Peterson Institute for International Economics, señaló que aunque el registro no es intachable, en un contexto extremadamente desafiante Powell “se desempeñó de forma sumamente eficiente” y que el país fue afortunado de tenerlo como jefe de la Fed. Esa apreciación resume la tensión entre errores de diagnóstico iniciales y la gestión posterior que consiguió mitigar daños mayores.

Lecciones para el futuro de la política monetaria

El ciclo Powell ofrece diversas lecciones: la importancia de una comunicación clara y adaptable por parte de los bancos centrales; la necesidad de calibrar las medidas macroeconómicas en coordinación con la política fiscal para evitar desbalances; y la relevancia de blindar la independencia institucional frente a presiones políticas. Además, evidencia la dificultad de predecir la duración de shocks económicos en un mundo globalizado donde la demanda, la oferta y las políticas públicas interactúan de modos no lineales.

En términos técnicos, los episodios recientes impulsan debates sobre si los marcos tradicionales de evaluación de la inflación —basados en conceptos de shocks de oferta transitorios o en la relación clásica entre desempleo e inflación— son suficientes para enfrentar crisis modernas que combinan factores sanitarios, tecnológicos y geopolíticos.

¿Qué queda del legado de Powell?

Jerome Powell podría permanecer en la junta de gobernadores hasta enero de 2028, dependiendo de decisiones personales y políticas. Su legado tendrá varias dimensiones: la búsqueda inicial del pleno empleo, la gestión de una respuesta monetaria extremadamente laxa durante la emergencia sanitaria, la tardía pero firme reacción al alza de precios, y una defensa consistente de la independencia del banco central en un escenario político polarizado.

Quizá la memoria histórica recuerde su mandato por la frase “transitorio”, utilizada por la Fed y por muchos economistas en 2021 para describir la inflación. Esa palabra simboliza el debate más amplio sobre la tensión entre actuar con celeridad para evitar el sobrecalentamiento y actuar con cautela para no estrangular una recuperación. Más allá del juicio académico, el resultado práctico —reducir la inflación hacia el objetivo sin inducir una recesión profunda— será un argumento de peso en su defensa.

Reflexión final: instituciones frente a la incertidumbre

El ciclo de Powell subraya la fragilidad y la fortaleza de las instituciones públicas en tiempos de crisis. Fragilidad porque diagnósticos erróneos o retrasos en la acción pueden costar caro en términos de bienestar; fortaleza porque líderes institucionales con credibilidad y habilidad política pueden corregir el rumbo y preservar la misión central de entidades como la Reserva Federal. En un mundo donde shocks inesperados y presiones políticas convergen con mayor frecuencia, la experiencia de estos ocho años servirá como caso de estudio para académicos, responsables de política y ciudadanos interesados en comprender cómo se toman decisiones que afectan el bolsillo y el futuro económico de millones.

Como apuntó Don Kohn, la protección de la independencia del banco central constituye, posiblemente, la contribución más duradera del mandato de Powell. Esa protección no es un fin en sí misma, sino un medio para permitir políticas que, aunque impopulares a corto plazo, pueden favorecer la estabilidad de precios y el bienestar general a largo plazo. La tensión entre legitimidad democrática y autonomía técnica seguirá siendo uno de los dilemas centrales del diseño institucional en las próximas décadas.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press