El artesano del trofeo: cómo Jarbas Meneghini convierte yeso en sueños de campeón

En un taller de Campo Grande, Río de Janeiro, un ex metalúrgico transforma moldes y pintura en réplicas que alimentan la pasión futbolera de Brasil y del mundo

En la esquina de un barrio de Río de Janeiro, entre olor a pintura y polvo de yeso, nace la ilusión de ser campeón. Jarbas Meneghini Carlini, 58 años, no es escultor renombrado ni trabaja con oro; es un artesano que, tras ver al capitán Dunga alzar la Copa del Mundo en 1994, decidió fabricar para su comunidad lo que no estaba a la venta: réplicas del trofeo más codiciado del fútbol.

Un oficio forjado entre metalurgia y pasión

Formado como metalúrgico, Jarbas aplicó su experiencia en materiales y herramientas a un proyecto que empezó como una pulsión emocional y terminó siendo un pequeño negocio y una forma de vida. “No estaban en venta. Entonces decidí fabricarlas yo mismo. Y hoy soy un artesano de trofeos”, dice Jarbas desde su taller en Campo Grande, en la parte oeste de la ciudad.

Sus piezas, elaboradas a mano a partir de moldes y rematadas con pintura, reproducen la silueta reconocible de la Copa Mundial: dos figuras humanas estilizadas sosteniendo un globo. En lugar de 18 quilates de oro, Jarbas utiliza yeso y técnicas sencillas que le permiten ofrecer productos que van desde poco más de un dólar hasta alrededor de 100, según tamaño y acabado.

Más que ventas: recuerdos, devoción y comunidad

Las réplicas no sólo se venden a turistas y aficionados en las inmediaciones del mítico estadio Maracanã; muchas son obsequios que Jarbas entrega a figuras del fútbol y a vecinos orgullosos. Ha regalado sus trofeos a leyendas como Pelé, Jorginho y Ronaldinho, y los envía por todo Brasil y el extranjero. Para él, la recompensa no es únicamente económica: “Todo el mundo quiere ser campeón, todo el mundo quiere ser el mejor”, explica, describiendo la emoción visible en los rostros de quienes posan con sus piezas.

La artesanía de Jarbas conecta con algo profundo de la identidad brasileña: la convicción de que el fútbol es arte y fiesta. En sus palabras, la alegría y la creatividad son ingredientes esenciales para que la Seleção recupere la gloria en torneos venideros: “Eso es lo que tenemos que usar en la próxima Copa del Mundo para ser campeones: usar la alegría, usar la artística”.

De 1994 a la actualidad: una demanda que crece en años mundialistas

Brasil ostenta el récord de cinco títulos mundiales (1958, 1962, 1970, 1994 y 2002), lo que alimenta una cultura de coleccionismo y recuerdo en torno a los trofeos y las conmemoraciones del fútbol. Según datos históricos de la FIFA, esas cinco coronas colocan a Brasil en la cima de los países más laureados en la historia de la Copa del Mundo (fuente: fifa.com).

Las temporadas de Mundial multiplican la demanda: Jarbas preparó 200 trofeos para el torneo que se disputó en Estados Unidos, Canadá y México, y calcula que la cifra podría triplicarse —hasta 600— en caso de una victoria brasileña. Estos números ilustran una lección sencilla pero poderosa: la conexión entre el rendimiento deportivo y el mercado de memorabilia es directa, y en países con tradición futbolera, la venta de recuerdos se dispara cuando la esperanza colectiva se enciende.

Técnica y variedad: más allá de la Copa mundial

Con el tiempo, Jarbas amplió su catálogo. Además de la réplica del trofeo actual, reproduce la copa que se entregó entre 1930 y 1970, el trofeo de la Copa Libertadores, balones dorados, guantes y botas. Cada pieza requiere adaptación del molde, cambios en los acabados y, sobre todo, la puesta a punto de una narrativa que hace que un objeto de yeso se convierta en reliquia emocional.

La fabricación artesanal tiene ventajas y límites. Por un lado, permite personalización: tamaños, inscripciones y colores. Por otro, la producción está condicionada por la capacidad del taller y el trabajo manual; no es comparable con una línea industrial que sustituya la calidez de una pieza hecha a mano.

El valor simbólico del trofeo

El trofeo oficial de la Copa Mundial ha sido un símbolo global desde que se adoptó su diseño moderno, donde la figura humana levanta el planeta. Su origen y transformaciones a lo largo del siglo XX representan la evolución del torneo y la globalización del deporte. Aunque las réplicas de Jarbas no estén bañadas en oro ni sean obras de metales preciosos, cumplen una misión parecida: permitir que la gente toque, posea y celebre una idea.

En contextos de identidad nacional, el trofeo funciona como un artefacto ritual: reúne a familias, barrios y comunidades frente a una pantalla, y se convierte en epicentro de festejos, apuestas y nostalgias. Jarbas lo sabe y, con oficio, ofrece un objeto tangible para esa experiencia colectiva.

Economía informal y microemprendimiento creativo

La labor de Jarbas también ejemplifica la economía informal creativa que impulsa muchos microemprendimientos en América Latina. Un artesano que produce réplicas y las vende a pie de estadio se inserta en una cadena de turismo, consumo local y recuerdos que tiene un impacto económico real para su hogar y su comunidad.

Según estudios sobre economía informal en Brasil, millones de trabajadores generan ingresos fuera del circuito formal, contribuyendo a la oferta de bienes y servicios turísticos y culturales. Aunque las cifras varían por región y metodología de medición, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que la informalidad laboral constituye una porción significativa del mercado laboral en América Latina (fuente: ilo.org), y actividades como la de Jarbas están en el corazón de esa realidad.

Arte, patrimonio y derechos

La reproducción de trofeos plantea también preguntas legales y éticas sobre propiedad intelectual y marcas. La Copa Mundial y otros trofeos son símbolos registrados, y su uso comercial está regulado. Sin embargo, la fabricación de réplicas artesanales a pequeña escala para souvenirs suele transitar una zona gris que, en la práctica, ha existido durante décadas alrededor de los grandes estadios y en ferias.

Jarbas, consciente de los límites, se centra en la capacidad de dar alegría y consuelo simbólico más que en competir con productos oficiales. Su propuesta es afectiva: vender un recuerdo asequible al fan que no busca la autenticidad de un trofeo oficial, sino la magia de sostener una versión propia del sueño mundialista.

Historias que trascienden el objeto

Cada trofeo que sale del taller trae detrás una historia: un niño que ahorró para regalárselo a su abuelo, una turista que lo compra como recuerdo de una visita al Maracanã, un coleccionista que busca versiones de todas las copas. Jarbas no solo moldea yeso; cataliza experiencias humanas.

“Trae la misma sensación de asombro, como si estuviera hecho de oro”, afirma Jarbas sobre sus réplicas. Esa frase resume el valor social de su trabajo: la capacidad de provocar asombro y orgullo, de materializar una esperanza colectiva aunque, materialmente, la pieza sea modesta.

Reflexiones finales: el objeto como espejo de la pasión

En un mundo donde los grandes eventos deportivos generan millones en derechos de televisión, patrocinios y ventas oficiales, también hay espacio para la economía de afectos. Jarbas Meneghini es un ejemplo de cómo la pasión por el fútbol puede convertirse en oficio y en servicio a la comunidad: un taller pequeño, réplicas de yeso y la certeza de que, frente a una foto con el trofeo, muchos sienten por un instante que son los mejores.

Si la Seleção vuelve a coronarse, es probable que muchas manos, como la de Jarbas, celebren desde sus talleres y puestos, multiplicando en pequeñas piezas el eco de una victoria que pertenece a todos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press