Cannes entre el arte y la filantropía: Rami Malek en “The Man I Love” y la gala amfAR

Un recorrido por la película íntima de Ira Sachs protagonizada por Rami Malek y la noche benéfica que reúne a celebridades para la investigación del VIH/SIDA

El Festival de Cannes siempre ha sido un vivero de contrastes: estrenos que descubren nuevas formas de mirar el mundo conviven con noches de esplendor donde la alta sociedad y las grandes estrellas celebran, negocian y donan. En esta edición, dos relatos emergen como espejos complementarios de ese espíritu: por un lado, la nueva película de Ira Sachs, The Man I Love, que coloca el arte, el amor y la enfermedad en el centro de una historia íntima; por otro, la emblemática gala de la fundación amfAR, que vuelve a reunir a celebridades y coleccionistas para recaudar fondos para la investigación del VIH/SIDA.

Un actor en busca de verdad: Rami Malek y el reto de “The Man I Love”

Rami Malek llega a Cannes con un papel que muchos han calificado como su mejor trabajo desde el que le valió el Oscar. En The Man I Love, ambientada en los años 80, Malek interpreta a Jimmy George, un artista de performance neoyorquino que lucha por seguir creando mientras su cuerpo se va agotando. La película —firmada por el cineasta Ira Sachs, conocido por su mirada sensible en títulos como Passages y Love Is Strange— rehúye el melodrama hospitalario y se concentra en la pulsión de crear frente a la inminencia de la muerte.

El propio Malek define su experiencia con la película como una revelación: “Se trató más de la vida que de la muerte; hay una amenaza latente, pero es un subtexto. A lo largo del film hay una cacofonía de sonido, de imágenes y de belleza que te llena el alma”, comentó durante la presentación en Cannes. Esa apuesta por la belleza como resistencia atraviesa toda la obra de Sachs: buscar la intensidad sensorial y emocional en lugar de la crónica clínica.

Una estética de la urgencia: performance, música y piel

El tono del filme se sostiene en escenas de performance que funcionan como pequeños milagros cinematográficos. Algunas de las secuencias más poderosas son las que muestran a Jimmy en pleno acto: ensayos en estudios minados por la fragilidad, funciones donde el cuerpo ya no responde como antes y, en un momento culminante, una interpretación desgarradora de “What Have They Done to My Song, Ma” (1970), de Melanie. Para Malek ese número fue “directo del alma” y le permitió explorar un territorio actoral que, según sus palabras, lo llevó a descubrir una valentía nueva: “Pude ser peligroso. Llegué a límites que no había explorado antes”.

La elección de la música y la puesta en escena conectan con un pasado específico: los años 80 en Nueva York, una época marcada por la efervescencia de las artes performativas y la emergencia de la crisis del sida. Sachs, que llegó a la ciudad en 1984, alimentó la película con relatos de artistas como John Kelly y John Jesurun; estas voces fueron claves para recrear una atmósfera donde el arte era a la vez celebración y exorcismo. “Quería hacer un filme que contuviera todas las cosas que echaré de menos cuando me haya ido”, ha dicho Sachs, subrayando la intención de convertir el montaje en un inventario de placer, dolor y memoria.

Actuar la pérdida: ética y decisión artística

Interpretar a un personaje que agoniza plantea decisiones morales y estéticas: ¿cómo representar la enfermedad sin reducir al personaje a un síntoma? Sachs y Malek optaron por la complejidad: el sufrimiento está presente pero no lo devora todo; en su lugar, la enfermedad intensifica los deseos, los conflictos y la necesidad de ser visto. El resultado es una película que respira y que, en su respiración, deja entrever la dignidad de alguien que se esfuerza por sostener su obra pese al colapso físico.

Ese enfoque responde a una tradición cinematográfica y teatral que ha tratado la enfermedad como un punto de inflexión creativo. Piensen en producciones como Angels in America (la obra de Tony Kushner y su adaptación televisiva) o en ciertos films europeos que, alejándose del sensacionalismo, buscan formas sensibles de narrar el advenimiento del final. La apuesta de Sachs es, sin duda, el contrapunto estético frente a la era de la información, donde las historias sobre el sida se han vuelto tópicos de archivo; su película reclama la experiencia vivida y el gesto artístico como formas de resistencia.

Contexto histórico: los años 80 y la memoria artística

Recrear los años 80 implica más que vestuario y música: es también rememorar un ecosistema cultural en el que la performance ocupó un lugar central en las vanguardias neoyorquinas. Artistas como Ethyl Eichelberger o Frank Maya dejaron relatos de noches en que el cuerpo sobre el escenario se transformaba en todo: furia, comedia, eros y duelo. Sachs recupera esa memoria oral y la imprime en la textura de su película, donde la escena no es solo una demostración de talento sino un acto de supervivencia.

Además, el contexto del sida no puede omitirse: en la década de 1980 la epidemia provocó una reacción tardía por parte de gobiernos y sistemas de salud, generando una gran devastación entre comunidades artísticas. Esa historia —de abandono institucional y de organización comunitaria— es un telón de fondo que Sachs no dramatiza en exceso, pero que permea la sensibilidad del film.

Reacciones en Cannes y el lugar del film en la carrera de Malek

La recepción en el festival ha sido cálida: críticos y espectadores han destacado la contención emocional y la potencia de la interpretación de Malek. Para un actor que alcanzó la fama masiva con personajes icónicos —desde el enigmático Elliot Alderson en Mr. Robot hasta la biopic de Freddie Mercury—, The Man I Love representa una oportunidad para afianzar una carrera más centrada en papeles de textura y riesgo.

El propio Sachs eligió a Malek por una cualidad difícil de nombrar: una especie de brillo interior que permite pasar de la palabra al gesto con naturalidad. “Lo que vi en ‘Mr. Robot’ fue a un actor muy natural, alguien con la capacidad de hacer que no sepas cómo pasa de una palabra a la siguiente”, señaló el director. Esa continuidad entre lo verbal y lo físico es justamente lo que exige interpretar a un performer que se juega la vida en cada acto.

De la pantalla al evento: amfAR y la gala que une brillo y propósito

Mientras en Cannes se proyectan películas que interrogan la memoria cultural, en Antibes —a pocos kilómetros de la Croisette— tiene lugar la tradicional gala amfAR en el Hotel du Cap-Eden-Roc. Este evento, famoso por su exclusividad y por la capacidad de convocar a celebridades, coleccionistas y filántropos, combina espectáculo, subasta y música para una causa concreta: la investigación del VIH/SIDA.

Desde su fundación en 1985, amfAR (The Foundation for AIDS Research) ha recaudado cientos de millones de dólares destinados a investigación, prevención y programas comunitarios alrededor del mundo. Según datos de la propia organización, las iniciativas de amfAR han permitido financiar miles de proyectos y subvenciones a equipos científicos. La gala de Cannes se ha convertido en una de sus veladas emblemáticas: no solo por el glamour, sino por la visibilidad que ofrece para la causa y por los fondos que logra movilizar.

Cómo se vive la noche: del acceso restringido a la pista de baile

Llegar al Hotel du Cap-Eden-Roc requiere sortear un dispositivo de exclusividad: permisos de acceso, una ruta controlada para taxis y limusinas y la famosa fila para el desembarque junto a las puertas del palacio. El ritual del ingreso es casi tan performativo como lo que sucede dentro: alfombra, posado, cócteles y la asignación de una pulsera con el número de mesa. Algunos invitados evitan el espectáculo público y se escabullen por accesos laterales para evitar la atención mediática.

En el césped posterior, que se asoma al Mediterráneo con los yates a lo lejos, se despliega una atmósfera relajada: barras que sirven Champagne y canapés, DJs con sets contenidos y conversaciones que van desde el coleccionismo hasta la salud pública. El contraste entre la frivolidad de la alfombra y el trasfondo benéfico es parte de la ambivalencia del evento: una velada en la que la ostentación y la donación conviven —aunque con tensiones— en el mismo ámbito.

La subasta: piezas únicas y experiencias extraordinarias

La subasta de amfAR es célebre por mezclar objetos de alto valor artístico con experiencias exclusivas. En ediciones pasadas han salido a puja desde coches y obras de arte hasta cenas privadas con estrellas o expediciones únicas. Entre los artículos que han captado atención global se cuentan vehículos utilizados en producciones cinematográficas, piezas curadas por nombres del mundo de la moda y encuentros privados con celebridades. Estas piezas, además de su valor económico, funcionan como convocatorias simbólicas que atraen la generosidad de coleccionistas y mecenas.

El carácter performativo de la subasta —un espectáculo dentro del espectáculo— se alimenta de la teatralidad de las pujas en vivo y de la expectación del público. Al final de la noche, muchos se quedan en los jardines o junto a la piscina para prolongar la velada en un after-party que suele durar hasta altas horas.

Filantropía mediática: ¿qué gana el público y qué gana la causa?

Los eventos como la gala amfAR plantean preguntas importantes sobre la relación entre filantropía, espectáculo y eficacia. Por una parte, la visibilidad que ofrece la alfombra roja moviliza atención mediática hacia la investigación sobre el VIH/SIDA en un momento en que la agenda pública —saturada por otras crisis— podría desplazarla. Por otra, la naturaleza elitista del evento suscita críticas sobre el papel de la caridad de alto perfil y su capacidad real para transformar estructuras de salud pública.

Sin embargo, hay datos concretos: las grandes galas recaudan millones que terminan en subvenciones y programas investigativos. Esa financiación resulta vital para proyectos que requieren inversión sostenida en laboratorio, ensayos clínicos y redes de prevención. La tensión entre el formato glamuroso y la seriedad científica es inevitable, pero no invalida la contribución que generan estos espacios de encuentro.

Vínculos entre arte y activismo: dos fuerzas convergentes en Cannes

Si observamos ambos relatos —la película íntima sobre la creación frente a la enfermedad y la gala benéfica que busca fondos para combatirla— emerge una convergencia simbólica: el arte y el activismo se retroalimentan. El cine recuerda y humaniza procesos históricos; la filantropía aprovecha la visibilidad del espectáculo para traducir sensibilidad en recursos. Esa sinergia no es perfecta, pero es potente.

En el trabajo de Sachs, el arte actúa como una forma de resistencia frente al borramiento. En el evento de amfAR, la puesta en escena y la subasta se transforman en mecanismos de apoyo tangible a la investigación. Cannes, en este sentido, funciona como una plataforma donde la mirada estética y la mirada solidaria pueden dialogar, discutir y —con suerte— contribuir a cambios reales.

Reflexiones finales sobre el poder del relato

Las historias que regresan de Cannes en esta edición nos recuerdan que el cine y los eventos culturales conservan una capacidad singular: transformar el dolor y la memoria en conversación pública. The Man I Love ofrece una experiencia cinematográfica que prioriza la intimidad y la intensidad, reclamando un lugar para las voces de una generación marcada por la crisis del sida. Al mismo tiempo, la gala amfAR demuestra que, aun en la era de la información instantánea, la recaudación de fondos sigue dependiendo de narrativas potentes y de la convergencia de públicos diversos.

En efecto, si hay una lección compartida es que el arte no es un adorno frente a la tragedia: puede ser la forma en que la tragedia se piensa, se siente y se transmite. Y la filantropía, cuando se organiza con transparencia y enfoque, puede convertir esa atención en recursos que prolonguen y sostengan la vida. Cannes, con sus contrastes y excesos, mantiene así su condición ambivalente: es un lugar para soñar y, a la vez, para invertir esos sueños en acciones concretas.

Si te interesa profundizar en la programación y las crónicas del festival, la selección de títulos y las crónicas de sala seguirán alimentando el debate sobre qué papel debe jugar el cine frente a las memorias colectivas. Y, por supuesto, la noche en Antibes seguirá siendo, año tras año, un termómetro de cómo la cultura de alto perfil se cruza con la urgencia científica.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press