Desaparecidos y tumbas improvisadas: el drama humano que persiste en Jartum tras años de conflicto

Historias de familias que buscan respuestas entre fosas comunes, restos exhumados y la incertidumbre que deja la guerra en Sudán

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

En las afueras de Jartum, la capital sudanesa, la vida cotidiana está marcada por ausencias que pesan como una piedra: padres, hermanos, hijos que salieron una mañana y nunca regresaron. Sus nombres aparecen en carteles, en fotos que se muestran a desconocidos, en llamadas y en la memoria de quienes se niegan a aceptar la incógnita. El fenómeno no es anecdótico: organizaciones internacionales han documentado miles de desapariciones a raíz de los combates que azotan a Sudán desde hace años.

Una llamada que no llegó a casa

El caso de Fahmy al-Fateh resume el dolor de muchas familias. Lo último que se supo de él fue una conversación breve con su esposa: acabaría el día en el mercado y volvería a casa. En realidad, Fahmy salía de un cuartel militar en motocicleta tras participar en operaciones para retomar sectores de la ciudad. No volvió a aparecer. Su esposa, Azaher Abdallah, buscó entre amigos, preguntó en el ejército y revisó morgues y hospitales, pero la incertidumbre continúa. Su hijo de 3 años ahora grita a cada motocicleta, convencido de que escucha la voz de su padre.

“Era lo más precioso de mi vida”, dice Abdallah, entre sollozos, describiendo la angustia de no saber si su esposo está vivo o muerto. Para muchas familias, el saber —aunque sea devastador— resulta a veces menos pesado que la espera sin respuesta.

Escala del problema

Según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), más de 8.000 personas han sido reportadas como desaparecidas durante los tres años de conflicto en Sudán (CICR). Ese número incluye personas separadas en medio de huídas masivas, detenciones clandestinas y quienes fueron vistos por última vez en zonas de combate. Las cifras oficiales y los registros forenses dificultan la comprensión real de la magnitud: destrucción de laboratorios, falta de especialistas y el caos logístico han hecho que la identificación sea compleja.

En Jartum, las autoridades han movido casi 30.000 cuerpos de fosas improvisadas a cementerios públicos, de un total estimado de 50.000 enterramientos apresurados en el momento de mayor control por parte de milicias paramilitares. Alrededor del 10% de los cuerpos reinhumados aún permanecen sin identificar, según responsables forenses locales.

Fosas improvisadas y exhumaciones: restos que cuentan historias

Cuando el conflicto escaló, muchas familias no pudieron enterrar a sus muertos en cementerios: la violencia en las calles y las ordenes de las milicias impidieron los ritos y procesiones funerarias. Los cuerpos fueron enterrados en campos deportivos, al lado de carreteras o delante de casas. Con el paso del tiempo y la recuperación de zonas por parte del ejército, se hallaron decenas de miles de restos humanos en enterramientos sin registro.

Hisham Zienalabdien, director general del departamento de medicina forense del estado de Jartum, ha señalado que las autoridades procuran conservar muestras de ADN de los cuerpos sin identificar con la esperanza de que sean comparadas en el futuro con las de sus familiares. “Estamos guardando ADN para que, cuando las condiciones lo permitan, podamos intentar coincidencias que den respuestas”, explicó Zienalabdien (declaración pública del departamento forense).

El peso psicológico de la pérdida ambigua

La incertidumbre sobre el destino de un ser querido no es solo una herida emocional: se trata de una condición particular que en psicología se denomina «pérdida ambigua». Nathalie Nyamukeba, psicóloga del CICR, advierte que “las familias de personas desaparecidas experimentan capas adicionales de vulnerabilidad debido a las hostilidades, el desplazamiento y la pérdida ambigua” (CICR).

La espera permanente, la imposibilidad de realizar ritos fúnebres o de llorar un cuerpo identificado, y la presión de la vida cotidiana hacen que muchos enfermen de ansiedad, depresión o trastornos del sueño. Para algunos, la búsqueda se transforma en el único mecanismo de resistencia frente al dolor: recorrer morgues, prisiones, hablar con testigos, imprimir carteles y preguntar en cada esquina.

Historias de búsqueda incansable

Sulafa Mustafa es otra madre que no ha dejado de buscar a su hijo, Suleiman Abdalsid, de 18 años, desaparecido tras ir a casa de un amigo. A pesar del sonido intermitente de bombardeos, Sulafa recorrió vecindarios, visitó hospitales y prisiones, y mostró su foto en toda puerta que encontró. Incluso alquiló un micrófono para gritar el nombre de su hijo por las calles: un gesto desesperado que busca transformar el silencio en respuesta. “No he perdido la fe en encontrarte”, declaró en la plaza central donde todavía muestra la foto.

Y hay otros casos en los que las familias sí encuentran restos, pero no pueden darles la ceremonia que la tradición exige. Abubakar Alswai esperó más de un año para trasladar a su hermano de 73 años, Mohamed, desde la tumba improvisada frente a su casa hasta un cementerio público. El hombre había sido asesinado, y la familia solo obtuvo permiso para enterrarlo semanas después, cuando el cuerpo ya estaba en estado de descomposición. En tradiciones islámicas, ampliamente practicadas en Sudán, la sepultura debe realizarse lo antes posible, idealmente dentro de las 24 horas; la imposibilidad de cumplir con ese rito genera un duelo incompleto y un dolor añadido.

Obstáculos técnicos y humanitarios

La reconstrucción de procesos forenses es extremadamente complicada en un país donde la infraestructura médica y legal ha sido golpeada por el conflicto. Laboratorios destruidos, escasez de personal cualificado y acceso limitado a zonas afectadas retrasan la identificación y el registro de fallecidos. Además, las familias que buscan información se enfrentan a una burocracia inestable y, en ocasiones, a la falta de cooperación de parte de actores armados.

Los esfuerzos que se realizan —como la toma y conservación de muestras genéticas— dependen de condiciones de seguridad y de financiación sostenida. En este sentido, la coordinación entre instituciones nacionales y organizaciones humanitarias internacionales es crucial para maximizar las probabilidades de identificación y para restablecer ciertos derechos básicos de las víctimas y sus parientes.

Implicaciones sociales y la necesidad de memoria

Más allá del trauma individual, el fenómeno de las desapariciones masivas y las fosas comunes tiene efectos sociales profundos: erosiona la confianza en las instituciones, fragmenta comunidades y deja heridas intergeneracionales. La ausencia de cifras certeras y la dificultad para documentar lo sucedido alimentan la impunidad y obstaculizan procesos de justicia transicional.

La recuperación de restos y la identificación permiten no solo ofrecer un entierro digno, sino también construir registros que, a futuro, pueden servir en procesos judiciales, reclamos de reparación y en la restauración de la verdad histórica. Guardar y sistematizar información forense es una forma de preservar la memoria colectiva y evitar que las víctimas se conviertan en meros números.

Qué se puede hacer ahora

  1. Garantizar acceso humanitario: las agencias necesitan acceso seguro y sostenido a las zonas afectadas para recolectar pruebas, asistir a familias y localizar fosas.
  2. Fortalecer capacidades forenses: reconstruir laboratorios, formar especialistas y establecer bases de datos de ADN comparables a la comunidad internacional.
  3. Apoyo psicosocial: programas dirigidos a familiares de desaparecidos para abordar la pérdida ambigua y mitigar el impacto psicológico a largo plazo.
  4. Documentación y transparencia: impulsar registros abiertos y verificables que sirvan tanto para la memoria como para eventuales procesos judiciales.
  5. Presión diplomática y recursos: movilizar apoyo internacional que facilite fondos, tecnología y personal experto para acelerar las identificaciones.

Sin respuestas, el sufrimiento persiste. Para familias como la de Azaher Abdallah y Sulafa Mustafa, cada día sin noticias es una herida que se prolonga. Para las instituciones y la comunidad internacional, la tarea es inmensa: restaurar la verdad, permitir el duelo y, en la medida de lo posible, devolver nombres a aquellos que hoy solo figuran como desaparecidos.

Las historias que emergen de Jartum recuerdan que, detrás de cualquier cifra, hay rostros y rituales interrumpidos. La identificación de los miles de desaparecidos no es solo un asunto técnico: es una obligación humanitaria que ayuda a reconstruir tejido social y a reconocer la dignidad de quienes perdieron la vida en el conflicto.

Fuentes citadas en las declaraciones: Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR); declaraciones del departamento de medicina forense del estado de Jartum, dirigidas por Hisham Zienalabdien; testimonios de familiares entrevistados por equipos sobre el terreno.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press