El Niño se fortalece: ¿qué significa para la temporada de huracanes en el Atlántico?

Un fenómeno oceánico que probablemente modere la actividad atlántica, pero no elimina el riesgo: cómo funciona, qué esperar y por qué la preparación sigue siendo crucial

El Niño aparece en los pronósticos como la pieza central que podría cambiar el guion de la temporada ciclónica en el Atlántico: los modelos y las agencias meteorológicas advierten que el evento se ha desarrollado y tiene altas probabilidades de volverse fuerte, lo cual normalmente está asociado con una reducción de la actividad de huracanes en el Atlántico. Sin embargo, ese menor número de tormentas no significa ausencia de riesgo: basta una tormenta para causar destrucción significativa.

¿Qué es El Niño y cómo influye en los huracanes?

El Niño es un fenómeno climático de origen oceánico-atmosférico consistente en el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico central y oriental. Ese calentamiento altera patrones de viento y circulación atmosférica a escala planetaria. Una consecuencia directa para el Atlántico es el aumento del cizallamiento vertical del viento —es decir, la diferencia de viento entre las capas bajas y altas de la atmósfera— que tiende a desarticular las células convectivas que alimentan a los ciclones tropicales.

En palabras de la científica Kristen Corbosiero (University at Albany): "Aun cuando esperamos una temporada menos activa que la reciente, basta una tormenta para provocar devastación en tierra firme" (University at Albany, declaración pública). Esa afirmación resume la idea clave: un conteo menor de tormentas no implica menor peligro para comunidades costeras.

Pronósticos oficiales y promedios de los centros expertos

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) publicó un pronóstico estacional que da un 55% de probabilidad a una temporada por debajo del promedio, con un rango estimado de 8 a 14 tormentas con nombre, de las cuales 3 a 6 podrían convertirse en huracanes y 1 a 3 en grandes huracanes (categoría 3 o superior).

Para situarlo: la temporada típica (promedio 1991-2020) registra 14 tormentas con nombre, 7 huracanes y 3 huracanes mayores. Otras instituciones académicas y privadas que realizan pronósticos estacionales —incluyendo laboratorios universitarios de referencia— presentan proyecciones similares; el promedio de esos pronósticos sugiere aproximadamente una docena de tormentas con nombre, alrededor de 5 huracanes y 2 grandes huracanes.

Colorado State University, pionera en pronósticos estacionales desde 1984, ha señalado que la actividad prevista podría ser la más baja desde 2015, año que coincidió con uno de los El Niños más intensos de las últimas décadas (Phil Klotzbach, Colorado State University, comunicado de prensa).

Datos históricos: El Niño vs La Niña

Un análisis histórico muestra diferencias claras entre años dominados por El Niño y los dominados por La Niña. Según registros científicos compilados entre 1950 y el presente, durante los 15 años con El Niño más intenso se registraron aproximadamente 37 tormentas con nombre, 11 huracanes y 3 grandes huracanes que tocaron la costa continental de Estados Unidos. En contraste, en los 15 años más fríos (La Niña), los impactos costeros fueron mayores: cerca de 61 tormentas con nombre, 31 huracanes y 10 grandes huracanes hicieron impacto en las costas del Golfo y el Atlántico de EE. UU. (estimaciones basadas en análisis de series históricas por Phil Klotzbach).

Estos números ilustran dos cosas: 1) El Niño tiende a reducir la cantidad y la intensidad de ciclones en el Atlántico y 2) las diferencias son estadísticamente relevantes, pero no absolutos: cada temporada es única y puede contener sorpresas.

¿Por qué El Niño “mata” huracanes en el Atlántico?

Los mecanismos físicos son razonablemente bien comprendidos. El Niño modifica la circulación atmosférica, introduciendo vientos más fuertes en capas medias-altas sobre la región principal de desarrollo de huracanes del Atlántico (la franja tropical frente a África hasta el Caribe). Ese cizallamiento vertical corta o inclina las tormentas en formación, inyecta aire seco y reduce la persistencia de la convección necesaria para que las perturbaciones tropican evolucionen hacia ciclones robustos.

Como lo explica el investigador Brian Tang (University at Albany): "Un cizallamiento más fuerte tiende a torcer e introducir aire seco en las tormentas, impidiendo su desarrollo y su intensificación" (declaración científica).

El otro lado del Pacífico: más actividad donde menos interesa

Mientras el Atlántico puede esperar menor actividad, el Pacífico central y oriental suele tornarse más activo durante El Niño. NOAA indica probabilidades elevadas de una temporada por encima del promedio en el Pacífico oriental —región que en años El Niño produce huracanes que a menudo permanecen mar adentro, pero que en ocasiones viran hacia México, la península de Baja California, o incluso se adentran hacia el suroeste de Estados Unidos.

Ejemplos históricos muestran que tormentas del Pacífico que parecían inofensivas pueden tornarse peligrosas: el huracán Otis (2023) fue un caso extremo y sorpresivo de intensificación cerca de la costa de México. Además, huracanes de Pacífico han transportado humedad y lluvias intensas hacia el suroeste de EE. UU., provocando inundaciones y daños fuera de la costa.

Impactos socioeconómicos: por qué importa aunque la temporada sea “débil”

Las pérdidas económicas por ciclones tropicales han aumentado de forma marcada con el tiempo. Un análisis del sector asegurador muestra que el daño promedio ajustado por inflación causado por ciclones ha crecido desde unos $11.4 mil millones anuales en la década de 1980 hasta aproximadamente $109.7 mil millones anuales en la última década, con tres cuartas partes de ese daño concentrado en la región del Atlántico, Golfo de México y Caribe (análisis de Munich Re, sector asegurador).

Ese incremento responde a múltiples factores: mayor concentración de población y activos en zonas costeras, aumento del valor de las infraestructuras, y efectos del cambio climático en niveles del mar y eventos extremos. En consecuencia, aunque el conteo de tormentas baje, la exposición y la vulnerabilidad aumentan, por lo que los costos y consecuencias de un impacto aislado pueden ser catastróficos.

Qué pueden esperar los residentes y autoridades

  • Más probabilidad de temporada por debajo del promedio: pronósticos actuales apuntan a reducciones importantes en la actividad del Atlántico, especialmente si El Niño se fortalece según lo previsto.
  • Riesgo local no desaparece: las comunidades costeras deben mantener planes de emergencia, planes de evacuación y reservas críticas (agua, alimentos, medicinas).
  • Mayor vigilancia en el Pacífico: países como México y regiones del Pacífico deben prepararse para una temporada probablemente activa en esa cuenca.
  • Atención a la variabilidad: la climatología es una guía probabilística; una sola tormenta intensa puede causar daños severos.

Preparación práctica: medidas clave

Independientemente de los pronósticos, la preparación es la mejor inversión en reducción de riesgo. Recomendaciones prácticas:

  1. Actualizar y revisar planes familiares de emergencia y rutas de evacuación.
  2. Verificar seguros de propiedad y resolver dudas con las aseguradoras.
  3. Disponer de un kit de emergencia con agua, alimentos no perecederos, baterías, cargadores portátiles, medicamentos y documentos esenciales.
  4. Seguir fuentes oficiales de información: servicios meteorológicos nacionales, autoridades locales y avisos de protección civil.
  5. Fortalecer infraestructuras críticas y gestionar la vegetación y drenajes urbanos para reducir riesgo de inundación.

Como recordatorio final, la experta Suzana Camargo (Columbia University) señaló que, pese a temporadas previas lentas o activas, siempre puede darse un estallido repentino en la actividad: "El año pasado comenzó lento y terminó con una oleada de huracanes intensos" (Suzana Camargo, declaración pública).

En suma, la llegada de un El Niño fuerte ofrece motivos razonables para esperar una temporada atlántica con menos ciclones en términos numéricos, pero no sustituye la necesidad de preparación comunitaria y personal. La historia climática y la física atmosférica explican por qué la probabilidad cambia, pero la vulnerabilidad humana y el valor de los activos costeros hacen que cada temporada —sea activa o débil— merezca atención y planificación serias.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press