Itamar Ben-Gvir: la normalización de la extrema derecha en la política israelí

Del fringueo juvenil a la cartera de seguridad nacional: cómo la estrategia mediática y el giro del electorado llevaron a un polémico ultranacionalista al centro del poder

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Itamar Ben-Gvir no es un fenómeno pasajero ni una curiosidad política: es el resultado de décadas en las que un sector del electorado israelí fue desplazando al centro del tablero político las ideas de una derecha religiosa y ultranacionalista. Su ascenso, desde la marginalidad hasta ocupar el cargo de ministro de Seguridad Nacional, revela mucho sobre la transformación interna de Israel y las tensiones que esto genera tanto dentro del país como en el escenario internacional.

De la periferia a la visibilidad pública

Ben-Gvir comenzó su trayectoria como figura de los márgenes políticos. Vinculado en su juventud a seguidores del controvertido rabino Meir Kahane, fue considerado demasiado extremista como para cumplir el servicio militar obligatorio, decisión que lo marcó y, en cierto sentido, lo definió políticamente. A partir de esos años, su hoja de vida acumuló episodios que lo catapultaron a notoriedad: confrontaciones públicas, acusaciones y condenas por delitos relacionados con discursos racistas y apoyo a organizaciones extremistas.

Sin embargo, el salto hacia la esfera formal de la política no fue inmediato ni accidental. Ben-Gvir construyó una estrategia consistente en dos frentes: el legal, como abogado defensor de judíos extremistas imputados por violencia contra palestinos; y el mediático, usando la televisión, las redes y actos provocadores para labrar una imagen de combatividad, de “defensor” de ciertos intereses nacionalistas. Esa mezcla le permitió ganar legitimidad entre una base que buscaba representantes más vulnerables a la retórica identitaria y menos permeables a compromisos con la causa palestina.

Un estilo provocador con efectos reales

El estilo político de Ben-Gvir es deliberadamente confrontativo. Sus apariciones públicas y gestos escénicos no sólo buscan notoriedad; buscan reafirmar un marco simbólico: la prioridad absoluta de la seguridad nacional y la exacerbación de identidades colectivas. Ese enfoque le ha valido tanto apoyo ferviente como rechazo internacional. En repetidas ocasiones ha protagonizado episodios que generaron condenas y sanciones por parte de varios gobiernos occidentales.

Desde promover la distribución masiva de armas entre civiles judíos hasta llamar públicamente a medidas drásticas contra quienes protestan o contra palestinos que arrojan piedras, Ben-Gvir ha impulsado políticas y discursos que estrechan los márgenes del debate democrático. Su influencia sobre las fuerzas policiales y cuerpos de seguridad—ámbitos que supervisa desde su cargo ministerial—ha encendido alarmas sobre la militarización de la seguridad interior y la politización de instituciones destinadas a mantener el orden público.

De la ortodoxia ideológica a decisiones de Estado

Que un político formado en la radicalidad entre a un gabinete y controle la policía, la prisión y las fuerzas fronterizas tiene implicaciones prácticas. Durante el conflicto de Gaza que estalló tras el ataque del 7 de octubre de 2023 y en los meses siguientes, Ben-Gvir se posicionó consistentemente en contra de permitir la entrada de ayuda humanitaria en la Franja, aun cuando diversas organizaciones y analistas alertaban sobre riesgos de hambruna y una crisis humanitaria mayor.

A la par, su postura sobre la acción militar y la seguridad ha reducido el espacio para negociaciones y ceses al fuego, posiciones que él defiende en nombre de una seguridad dura. Este enfoque político ha puesto en tensión a aliados internacionales y provocó medidas simbólicas y reales: en 2025, varios países anunciaron sanciones o restricciones en su contra por lo que describieron como incitación a la violencia en territorios ocupados; además, algunos estados le han vetado la entrada a su territorio.

La estrategia política y el electorado

El éxito de Ben-Gvir no puede entenderse sin reconocer un desplazamiento más amplio del electorado israelí. Factores económicos, culturales y de seguridad han hecho que una parte significativa de la sociedad israelí se incline hacia posturas más conservadoras y nacionalistas. La percepción de amenaza, la fatiga por procesos de paz infructuosos y la movilidad demográfica de comunidades religiosas han contribuido a entronizar voces que, hace apenas unas décadas, habrían sido calificadas de marginales.

Los partidos que representan a esa derecha radical han sabido capitalizar la comunicación directa, la teatralidad y la promesa de “mano dura”. En ese contexto, Ben-Gvir emergió no tanto como un síntoma aislado, sino como representante visible de un cambio estructural en la política israelí: la normalización de postulados antes recusados por buena parte del electorado.

Impactos institucionales y democráticos

Cuando actores con un historial de discursos excluyentes obtienen control sobre instituciones clave, se plantea la pregunta sobre la resiliencia democrática. Entre los efectos observables se encuentran:

  • La politización de fuerzas de seguridad: decisiones operativas que pueden responder a agendas partidarias más que a criterios de neutralidad y proporcionalidad.
  • El endurecimiento de la legislación interna: impulsos por reformas judiciales o normativas que modifiquen equilibrios de poder y reduzcan la capacidad de control ciudadano.
  • El aumento de tensiones intercomunitarias: discursos que estigmatizan a minorías o enemigos políticos y que pueden traducirse en episodios de violencia.

Es importante subrayar que la democracia no está geométricamente definida por la presencia de una persona o partido, sino por la calidad de instituciones, la separación de poderes y la protección de derechos individuales y colectivos. En ese sentido, la presencia de Ben-Gvir en el gabinete actúa como prueba de tensión para los mecanismos de compensación institucional: jueces, prensa independiente, sociedad civil y contrapesos administrativos juegan un rol decisivo para que la política no devenga en autoritarismo de facto.

Reacciones externas y diplomacia

El comportamiento público del ministro generó reacciones en múltiples cancillerías y entre organizaciones internacionales. Además de sanciones puntuales, su estilo afectó la percepción internacional de Israel: a ojos de muchos observadores, la línea oficial pareció, en ocasiones, coincidir con discursos nacionalistas que dificultan soluciones negociadas y alimentan la narrativa internacional sobre el carácter expansivo de las políticas de ocupación.

Para la diplomacia israelí, esto supone un desafío: mantener alianzas tradicionales mientras se lidia con decisiones internas que generan condena exterior. La tensión entre la base política nacional y las exigencias de aliados estratégicos se vuelve cada vez más patente cuando voces internas promueven políticas consideradas por otros gobiernos como contrarias al derecho internacional o a estándares de derechos humanos.

¿Qué señales deja su regreso tras renuncias y controversias?

Ben-Gvir renunció temporalmente al gabinete en un momento clave para manifestar su rechazo a un pacto de alto el fuego. Sin embargo, su posterior retorno al Gobierno cuando las hostilidades continuaron demuestra una capacidad de negociación y un cálculo político orientado a mantener influencia. Ese ida y vuelta exhibe algo más que tenacidad personal: revela la fragilidad de coaliciones que dependen de alianzas con sectores extremadamente ideologizados para sostenerse en el poder.

La dinámica sugiere que, mientras el electorado se mantenga inclinado hacia la seguridad como eje central, figuras como Ben-Gvir conservarán su espacio y su poder de incidencia. Si, por el contrario, se produce una reconfiguración de prioridades sociales o una recuperación de moderación en las instituciones, su peso podría menguar.

Reflexión final: los costos y las alternativas

El ascenso de Itamar Ben-Gvir es una invitación a pensar en los costos políticos y sociales que implica normalizar discursos extremos. No se trata únicamente de la personalidad de un ministro, sino del ecosistema que lo permitió: medios que premian la provocación, votantes que priorizan seguridad por sobre negociación y partidos que, en busca de gobernabilidad, incorporan actores radicales al gabinete.

Las alternativas no son triviales. Requieren fortalecer instituciones independientes, revitalizar canales de diálogo con la sociedad palestina y recuperar una narrativa pública que combine seguridad con derechos y perspectivas de largo plazo. Sin esas decisiones, la política correría el riesgo de profundizar dinámicas de polarización que, a la larga, erosionan la cohesión social y aumentan la probabilidad de violencia prolongada.

En última instancia, el caso Ben-Gvir es una lección sobre cómo las democracias deben gestionar la tensión entre representación y responsabilidad institucional: permitir la voz de las minorías ideológicas es parte del pluralismo, pero cuando esas voces obtienen control sobre instrumentos del Estado sin suficientes contrapesos, el resultado puede alejar a una nación de las soluciones políticas y sociales que necesita para una paz sostenible.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press