La Iglesia peruana pide perdón por la usurpación de tierras indígenas: gesto simbólico y deuda histórica

Una ceremonia en Catacaos reabre heridas por la actuación del Sodalitium y plantea preguntas sobre justicia, reparación y responsabilidad institucional

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En una ceremonia simbólica celebrada en Catacaos, al norte de Perú, las más altas autoridades eclesiásticas ofrecieron disculpas públicas a la comunidad indígena Tallán por la apropiación de tierras vinculada a una asociación católica ahora disuelta. El acto, cargado de emoción y significado, representa un reconocimiento explícito de daños que, según líderes locales y víctimas, empezó hace más de una década y dejó consecuencias sociales, legales y humanas profundas.

Un reconocimiento largamente postergado

El nuncio apostólico y comisionado encargado del proceso de disolución del Sodalitium Christianae Vitae, Mons. Jordi Bertomeu, pronunció palabras que resonaron en la iglesia abarrotada: "Estamos aquí para pedir su perdón en nombre de la Iglesia". Bertomeu admitió asimismo que la llegada de la jerarquía fue tardía: "Llegamos tarde. Deberíamos haber venido hace 20 años, y realmente lo sentimos".

Ese acto público de contrición no surge en el vacío. El Sodalitium Christianae Vitae, fundado en 1971 como una respuesta conservadora frente a la teología de la liberación, llegó a contar con decenas de miles de miembros en América del Sur y Estados Unidos y tuvo una gran influencia en la vida religiosa peruana. Tras denuncias sostenidas sobre abusos de poder, espirituales, sexuales y financieros, el movimiento fue disuelto por orden del Papa en 2025.

De las denuncias a la investigación y la disolución

Las primeras denuncias formales contra la fundación y su fundador datan de al menos 2011, cuando exmiembros manifestaron ante la arquidiócesis de Lima una serie de irregularidades. Fue necesario, sin embargo, que víctimas y periodistas sacaran a la luz una investigación más amplia para que la Santa Sede tomara medidas decisivas.

Tras una pesquisa encabezada por dos investigadores enviados por el Papa —entre ellos el obispo referenciado por la comunidad como figura clave en la investigación— el informe reveló prácticas descritas como "sectarias" y "sádicas" en el ejercicio de la autoridad espiritual, además de irregularidades financieras y presiones contra quienes denunciaban. Estas revelaciones empujaron a la disolución institucional del Sodalitium en 2025, poniendo punto final a una organización cuyos tentáculos llegaron lejos en la estructura eclesial peruana.

Tierra, conflicto y violencia

El conflicto por la tierra en Catacaos no es solo una disputa legal: ha sido una lucha que combinó transferencias de títulos, litigios de empresas vinculadas al Sodalitium y enfrentamientos con comunidades locales. Según testimonios de agricultores y líderes comunales, la disputa abarcó miles de hectáreas que fueron objeto de procesos de desalojo —acciones que terminaron en acusaciones por "usurpación" contra pobladores y, lo más dramático, en hechos de violencia que incluyeron la pérdida de dos líderes comunitarios.

La situación describe un patrón que se repite en distintas partes de América Latina: cuando entidades con poder económico y respaldo institucional disputan territorios, las comunidades rurales e indígenas suelen quedar en desventaja, enfrentando procesos judiciales, criminalización y, en ocasiones, violencia física.

La ceremonia: gesto simbólico, exigencias concretas

El rito de reparación en Catacaos fue calificado por la secretaria de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Perú, Tania Pariona, como un "gesto histórico" en el que la Iglesia asume un rol que, según ella, el Estado no ha cumplido del todo: la protección de comunidades rurales y la garantía de sus derechos territoriales. Pariona señaló que el acto sitúa a la Iglesia "al frente" de una responsabilidad que debería compartir con las autoridades civiles.

En la ceremonia también fue citada una comunicación del propio Papa dirigida a la comunidad en 2024: "Luchen por sus tierras, yo estoy con ustedes". Ese mensaje —relatado por los obispos presentes— se convirtió en un símbolo del respaldo moral de la máxima autoridad católica, aunque, para muchos, las disculpas deben traducirse en medidas concretas de reparación.

Las demandas de las comunidades afectadas suelen ir más allá de la expresión verbal del arrepentimiento: piden restitución de tierras, garantías legales, procesos de reparación integral, sanciones a los responsables y la devolución de bienes o recursos obtenidos de forma irregular. Sin esos componentes, la disculpa corre el riesgo de quedar como una puesta en escena sin impacto real en la vida de la gente.

¿Por qué importa la restitución de tierras?

El acceso a la tierra es esencial para la supervivencia económica, la identidad cultural y la autonomía de las comunidades indígenas y campesinas. Estudios regionales han demostrado que la inseguridad territorial está estrechamente vinculada a la pobreza rural y a la migración forzada hacia las ciudades. De acuerdo con informes de organismos internacionales, la protección de los derechos territoriales indígenas reduce la deforestación y mejora la seguridad alimentaria en zonas rurales.

Además, las ocupaciones y litigios por la tierra suelen generar un tejido de conflictos que atraviesan lo legal, lo social y lo político: desalojos forzosos, criminalización de protestas, enfrentamientos con fuerzas públicas o privadas y, en el peor de los escenarios, episodios de violencia que dejan víctimas fatales y comunidades traumatizadas.

Responsabilidad eclesial y lecciones para el futuro

El caso del Sodalitium plantea cuestiones difíciles para la Iglesia católica en Perú y la región: ¿cómo prevenir que organizaciones con carácter religioso acumulen poder económico y jurisdiccional sin la debida supervisión? ¿Qué mecanismos internos de rendición de cuentas deben existir para proteger a los fieles y evitar abusos? ¿Cuál es el papel del episcopado cuando se denuncian irregularidades en movimientos o comunidades religiosas?

Una lección clara es la necesidad de mayor transparencia: en finanzas, en formación de liderazgos y en canales seguros para recibir denuncias. Otra es la urgencia de articular la reparación simbólica con procesos jurídicos y sociales que restituyan derechos y garanticen la no repetición. Sin esos pasos, el perdón se corre el riesgo de convertirse en un simple acto ceremonial sin sustento transformador.

Reparación integral: elementos imprescindibles

  1. Restitución o compensación territorial: devolver las tierras cuando sea posible o establecer compensaciones justas y sostenibles.
  2. Justicia y sanciones: investigar y sancionar a quienes cometieron abusos, tanto en el plano civil como en el eclesiástico.
  3. Programas de desarrollo comunitario: inversión en infraestructura, salud, educación y proyectos productivos co-diseñados con las comunidades afectadas.
  4. Mecanismos de garantía: establecer protocolos de supervisión para organizaciones religiosas y sus empresas relacionadas.
  5. Memoria y verdad: facilitar la documentación pública de los hechos, testimonios y responsabilidades para evitar la impunidad histórica.

Sin estas medidas, la percepción entre las comunidades seguirá siendo de desconfianza. El perdón genuino no solo mira al pasado: debe forjar un camino de reparación y seguridad para el futuro.

¿Qué sigue en Perú?

La ceremonia en Catacaos coincide con la posibilidad de una visita papal anunciada por la Conferencia Episcopal Peruana para finales de año, un gesto que podría amplificar la atención internacional sobre estos temas. Para las comunidades Tallán y otras afectadas, la expectativa es que la presencia de la máxima autoridad católica impulse soluciones tangibles.

Mientras tanto, organizaciones de derechos humanos seguirán vigilantes. El reconocimiento público por parte de la Iglesia es un paso valioso, pero la comunidad espera la concreción de acuerdos que incluyan la restitución de territorios, programas de reparación integral y mecanismos que impidan que episodios similares vuelvan a ocurrir.

La historia de Catacaos recuerda que la reconciliación exige verdad, justicia y reparación: si alguna institución quiere sanar heridas, no le bastará con palabras; tendrá que transformar estructuras y procedimientos que en su momento permitieron la vulneración de derechos. Solo así las disculpas podrán convertirse en el inicio de una verdadera reparación.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press